El atleta

Iba corriendo con una sola pierna por la avenida Duarte mientras los automovilistas y los transeúntes lo miraban perplejos. Además de su ropa deportiva, desgastada por los años de uso, una gran bandera tricolor envolvía su cuerpo cual manto de Turín. El bravo sol de verano lo hacía ver como un espejismo, como si su piel tostada fuera de gas, etérea, y su huella cíclope se materializara por sí sola a lo largo de la gran estepa negra de asfalto. Su solitaria pierna, revestida de puro músculos, lo impulsaba verticalmente como un flamenco saltarín, sin prisa, pero con determinación. Sus ojos fijos en un punto perdido en el horizonte candente.

Al verlo desde mi vehículo sentí admiración e incluso envidia.

Es increíble que los que tenemos dos piernas no nos atrevamos a dar un sólo paso al frente por nuestra bandera. ¡Qué vergüenza! pensé.

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