Los Meakambut

meakambut

El primer ministro de Papúa Nueva Guinea recibió los representantes de los dos grupos. Uno era el enviado del gran consorcio internacional de mineros. El otro, un anciano en taparrabos, con plumas amarillas en la cabeza y florecitas silvestres incrustadas en su arremolinada barba, representante de la última tribu nómada en el mundo, Los Meakambut.

 El primer ministro da la palabra al ejecutivo del consorcio minero.

 – Nuestra industria es la más grande y productiva del país. La inversión de nuestra corporación asciende a miles de millones de dólares, haciendo de esta la mayor inversión extranjera en los últimos cincuenta años. Hemos elevado el producto interno bruto a más de un treinta y ocho por ciento, y los ingresos por concepto de importaciones han aumentado en un cincuenta y cinco por ciento. La economía de Papúa Nueva Guinea ha crecido en total un 13.5 por ciento luego de nuestra gestión en el mercado minero. Por tanto:

1- Solicitamos frenar las protestas de la tribu Meakambut, salvajes al fin que lo único que han hecho es acabar con los animales y los recursos de la selva en sus viajes nómadas.

2- Solicitamos la disminución de los impuestos a las compañías mineras del dieciséis por ciento al dos por ciento anual.

3- Solicitamos que se acepte la firma de contrato para la extracción del cobre y el oro dentro de las demarcaciones de lo que hoy se denomina “Territorio Meakambut”.

 El aplauso dominó todo el salón del palacio de gobierno. Las sonrisas de la mayoría de los delegados y miembros del gabinete, incluyendo la del primer ministro cerraron con broche de oro la intervención del alto ejecutivo. Luego de algunos saludos, aplausos y palmadas en la espalda, el primer ministro señaló al indígena. Ulapunguna, el representante de los Meakambut no reía. Impertérrito, el anciano se mantenía de pié, luego de escuchar con humildad la ponencia del ejecutivo de boca del traductor. Las miradas de saco y corbata se posaron en el hombre del taparrabos. Su anacrónica figura provocó un silencio sepulcral en el salón del palacio.

 Ulapunguna comenzó a hablar en un lenguaje que parecía la misma voz de la selva, una mezcla de sonidos guturales que salían armoniosamente de su boca, acompañados de suaves gestos de sus manos callosas y curtidas. El traductor, un etnógrafo inglés que vivió con la tribu por diez años, y publicó un documental de la vida de los Meakambut, interpretó al anciano.

– En el principio, Api, “el espíritu de la Tierra” llegó al bosque donde habitamos y encontró ríos y peces y cerdos y grandes árboles altos de Sagú. Pero no habían hombres. Entonces Api pensó que ese sería un buen lugar para los hombres. Abrió una grieta en el techo de la cueva Kopao y de ella salieron muchos pueblos de hombres. El último de ellos fue mi pueblo, los Meakambut. Desde entonces este ha sido nuestro hogar. El hombre blanco ha traído grandes animales de hierro para perforar las entrañas de Api. Ha talado los grandes árboles de Sagú y ha envenenadolos ríos. El hombre blanco ha traído las enfermedades a nuestro hogar y ahora morimos fácilmente.

La voz de Ulapunguna retumbaba en la cámara abovedada del recinto, parecía salir de todos lados, grave y musical. Los prohombres del lugar escuchaban embelesados al anciano, como seducidos por su voz milenaria y misteriosa. Ya no les parecía tan fútil.

– El hombre blanco ha hecho mucho daño al “espíritu de la Tierra”. Cada vez que encienden sus grandes animales de hierro, el cuerpo de Api tiembla y su grito se oye en toda la selva. Los Meakambut lloramos cada vez que esto sucede.

Los Meakambut no quieren pelearse con el hombre blanco, los Meakambut quieren paz. Pero los Meakambut quieren vivir.

– Y cómo van a vivir si no permiten que el desarrollo llegue a ustedes – lo interrumpió el ejecutivo – van a seguir cazando y comiéndose lo poco que queda en la selva?

Un murmullo se esparció como un virus en el amplio salón.

– Nuestro pueblo no puede asentarse en un solo lugar porque la comida es cada vez más escasa. Casi no hay cerdos que cazar, ni ríos donde pescar – respondió en su defensa Ulapunguna.

Al directivo empresarial le brillaron los ojos, mientras miraba de soslayo al primer ministro.

– Pero precisamente eso es lo que queremos, ayudarlos. Tenemos los recursos necesarios para que su pueblo no pase hambre y vivan en mejores condiciones.

El autoritario tono de voz del representante del consorcio minero parecía ahora más humano y hasta compasivo.

– Nosotros entendemos que ustedes son un pueblo bueno y que debemos proteger. Ustedes son un pueblo trabajador que necesita el apoyo de la clase superior como nosotros. Además ustedes son parte esencial para la cultura de Papúa Nueva Guinea. Y eso lo valoramos. Pero para cubrir los costos de la inversión que hemos hecho en este país – mirando fijamente al primer ministro – tenemos que seguir extrayendo minerales de las minas. Y eso incluye su bosque. Diga pues, cuál es la necesidad de su pueblo, lo que sea, por más grande que lo considere, nosotros se lo concederemos.

El murmullo cesó. El traductor terminó de traducir la última frase del hombre de saco y corbata con lágrimas en los ojos.

El anciano de la tribu escuchó atentamente y luego permaneció en silencio, un silencio similar al que hubo antes de que nacieran los primeros pueblos de la grieta abierta por Api.

Ulapunguna mantuvo su cabeza hacia el suelo en posición reflexiva. Los prohombres del gobierno se miraban entre sí. Un ligero murmullo iba aumentado como la fiebre que diezmaba el pueblo de Meakambut. El ejecutivo sonreía al primer ministro. El etnógrafo inglés, a su vez, lo fulminaba con una mirada.

Finalmente, Ulapunguna levantó la cabeza, miró a su alrededor, como tratando de encontrar a Api entre los presentes, y llenándose de orgullo habló.

– “Nosotros, el pueblo de Meakambut, dejaremos de cazar y de movernos siempre y de vivir en las cuevas de las montañas, si el gobierno nos da una clínica de salud y una escuela y dos palas y dos hachas, de modo que podamos construir casas”.

El ejecutivo del consorcio minero sonrió satisfecho mientras animaba al primer ministro a contestar la petición. El primer ministro, al principio un poco confundido, luego conminado por la mirada amenazante del alto funcionario extranjero, pronunció dos palabras casi inaudibles a uno de los más nobles hijos de su pueblo.

– Considérelo hecho.

El etnógrafo inglés no se dio cuenta de lo que había traducido hasta escuchar la última palabra del primer ministro. Entonces se llevó las manos a la boca y lloró. Los había sentenciado.

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