Golpe de Estado

En un gobierno cualquiera, como el nuestro, un Presidente comienza a verse amenazado por un conjunto de cartas de origen desconocido. Las cartas llegan de forma misteriosa y el equipo de investigación del S.S. las analiza cuidadosamente. Están escritas a mano, con una caligrafía y ortografía excelente y el mensaje siempre es uno: “El Presidente será asesinado”. Las cartas son cada vez más seguidas y la intranquilidad que reina en la casa presidencial es cada vez mayor. Una de esas noches, la guardia presidencial apresa un hombre que estaba colocando un sobre debajo del limpiavidrios del carro presidencial que estaba estacionado en un restaurante conocido de la capital del país. Dos días después del apresamiento, las investigaciones determinan que las cartas provienen de un conocido profesor de Literatura de la universidad estatal que devino en loco.

Después de un extenso interrogatorio el hombre finalmente explica el origen de las cartas. Según él, un carro con placa militar le hace entrega de las cartas, todas las noches, en un lugar específico, para que él las haga llegar a la casa presidencial. Si no lo hace, lo matan. En sus locas explicaciones, solicita la presencia de la Primera Dama y como le es negada, argumenta teorías locas sobre su idilio con ella que terminan en discursos políticos y todo cuanto le pasa por su filosófica y casi genial mente desquiciada.

El gobierno no se atreve a enjuiciarlo por la simpatía que había creado en el pueblo y es enviado a un sanatorio bajo estricta vigilancia.

Unas semanas después, la Primera Dama visita al demente acompañada del Asistente del Presidente y una fuerte escolta.

Cuando la vio quedó enmudecido y se limitó sólo a responder sus preguntas muy sinceramente.

– ¿Por qué haces esto?

– Porque creo que usted es Minerva que encarnó en el cuerpo de Afrodita.

– ¿Por qué inmiscuyes al Presidente en una historia así?

– Para llegar a usted.

– ¿Quién te ordenó que hicieras esto?

– El amor.

La Primera Dama se siente desnuda ante las palabras infrarrojas de su interlocutor.

– ¿Sabes algo más?

El demente se sobresaltó y comenzó a divariar sobre cuestiones políticas y pasionales. Frente a su actitud agresiva el asistente del Presidente decide terminar la visita.

La noche antes de la última manifestación del partido del Presidente para su reelección, el demente escapa del sanatorio misteriosamente. La noticia llega a oídos de la presidencia pero por órdenes del mismo Presidente el discurso no se cancela y continúan los preparativos.

Ya en el discurso, frente a una guardia más celosa que nunca, en medio de fanáticos seguidores, se respira más tensión que oxígeno. Unos ojos espían calladamente mientras los de la Primera Dama parecen buscarlos. Súbitamente, un hombre con barba y desaliñado se ve corriendo hacia el Presidente y luego se ven caer ambos al piso. Cuando la guardia presidencial logra asirlo, notan que está herido de muerte y que el Presidente está bien; detrás del Presidente, la Primera Dama queda sosteniendo una pistola en manos viendo paralizada cómo ha fallado a su objetivo. En medio del tumulto el asistente del Presidente toma la pistola de las manos de la Primera Dama y apunta al Presidente. Un francotirador de la escolta presidencial lo intercepta y le hace un disparo mortal.

Las miradas del Presidente, la Primera Dama, la escolta y los miembros del gabinete estaban ahora reposando confusas sobre el loco que yacía moribundo. La Primera Dama se acerca un poco y con el rostro lleno de confusión le pregunta:

– ¿Cómo lo supiste?

El la mira satisfecho y le contesta:

– El amor es un estado fallido.

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