No te sonrojes, mi dulce guardiana.

Para mi nunca has crecido, por más dientes que hayas echado, por más grave que sea tu gruñido, sigues siendo la misma perra inmadura de siempre, la misma juguetona, inquieta, cariñosa y leal compañera de siempre. Hoy salí a pasearte y caminabas con todo tu donaire y tu madurez a mi lado, sin adelantarte a mis pasos, observando el entorno, alerta, protectora, los transeúntes bajando a la calle o cambiando de acera cuando te divisaban a lo lejos, temerosos de tu porte señorial de bestia salvaje y peligrosa. Para mi sigues siendo la misma bola de pelos que hace más de diez años llegó a nuestras vidas, tú, mi amada Prieta, dulce guardián, siempre te estaré agradecido por tu compañía y celo desinteresado.

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