Cuando penetré en el barrio, me di cuenta que era uno exlucusivamente de ricos, por el ladrido incesante de los perros.

Él la miró por largo rato mientras dormía desnuda en la cama, y luego concluyó, «en verdad la amo».

Y cuando el forense le abrió el estómago, encontró la mano con el anillo que había perdido en aquel extraño accidente.

Y cuando despertó, la mujer estaba con el pene en sus manos.

El director vociferó «CUT» por enésima vez, fulminando con una mirada a la actriz con el cuchillo en sus manos.

Lo último que leyó en su vida, fue la palabra Mistsubishi en la parte trasera del camión.

El embalsamador lo metió en el féretro y le cruzó los dedos índice y anular sobre su pecho, como hacía por costumbre con todos sus muertos.

La arena intentó cubrir el crimen, pero el viento la delató, dejando entrever unos finos y blancos dedos de mujer a la orilla de la playa.