La lluvia me moja hasta el alma – le dijo el poeta a su mujer.

A mi también me moja – contestó ella con la mirada perdida.

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El mosquito (porqué puse la foto de una araña en la entrada? porque la del mosquito es disgusting.)

Las dos de la mañana, no puedo dormir, estoy tratando de leer un libro de Roberto Bolaños, 2666 para ser exacto, la parte que corresponde a los asesinatos en serie de mujeres obreras de las zonas francas de Santa Teresa, en el estado de Sonora. Sus páginas me mantienen cautivado, absorto, asqueado y al mismo tiempo excitado, cientos de mujeres aparecen apuñaladas, desmembradas, ahorcadas, violadas, en medio de un mar de sangre que parece inundar el reseco desierto de Sonora. Digo que estoy tratando de leer, porque el zumbido de un mosquito que tiene la noche entera rondado cada centímetro de mi cuerpo insomne, me saca de concentración a cada instante, subiéndome la sangre a la cabeza (su objetivo) y chupándome hasta la saciedad como un maldito vampiro de la saga de Crepúsculo; bajo estas condiciones no puedo leer y mucho menos soñar con soñar. Me decido entonces a acabar con el insecto, cierro cuidadosamente el voluminoso tomo 2666, entrecierro los ojos, me quedo quieto como una estatua de ketchup congelado, bombeando toda la sangre que puedo con mi corazón homicida, escuchando, sintiendo el más mínimo movimiento de mi enemigo alado, esperando que se pose sobre mi piel bullente de plasma, así duro unos cuantos minutos, el sudor corre por mi frente, por la falta de sueño me siento un poco mareado, pero no importa, estoy decidido a soportar estoicamente lo que fuere necesario para acabar con ese invertebrado, hasta que por fin escucho el sonido límpido y puro de sus alitas, revoloteando en el pabellón de mi oído izquierdo, lo dejo tranquilo, mi corazón bombea más rápido, sí más sangre me digo, acércate más maldito, luego lo veo, va volando con reticencia justo delante de mi nariz, mis ojos lo siguen como dos lunas llenas ensangrentadas y lo observo bajar con cautela haciendo estúpidos cortes en el aire hasta una de mis piernas, me preparo, él se posa suavemente, apenas perceptible en mi muslo y yo lo dejo, comienza a chupar y veo cómo su abdomen se infla poco a poco y cambia de color gris inmundo a rojo sangre, de mi sangre, y siento la picazón pero no importa, lo tengo todo planeado, matemáticamente calculado, cuando no puede más saca su ponzoña de mi piel taladrada y despega lentamente, pesadamente, con el abdomen repleto de mi sangre, felizmente harto, lo que yo esperaba, entonces aprieto el tomo de Roberto Bolaños fuertemente en mi mano derecha y desde el espaldar del sillón bajo mi brazo violentamente asestándole un golpe mortal. Cuando retiro cuidadosamente el tomo de mi pierna, lentamente, embebido por un morbo y una curiosidad, una perversidad insospechada ante la posibilidad del crimen, vislumbro sólo una minúscula mancha de sangre en mi piel erizada pero no veo su exiguo cuerpo de invertebrado por ninguna parte, entonces como por inercia miro el libro y ahí estaba, arrastrándose por la portada, el abdomen destrozado dejando una estela de sangre en el precioso cartón satinado. A pesar de estar prácticamente desecho, sus pequeñas vísceras desparramas detrás de él, seguía por instinto remolcando con sus patas delanteras la mitad de su cuerpo mientras el hilo de sangre dibujaba curiosamente algo que parecía un signo. Estaba disfrutando extasiado el regicidio vampiresco, me sentía pleno, de hecho comenzaba a identificarme con el asesino en serie de la novela de Bolaño, aunque el mío fuera un crimen en miniatura, el minicrimen de un simple insecto. Me sentía libidinosamente realizado. Entonces el mosquito se detuvo, había muerto, y pude notar con incredulidad que la estela de sangre mezclada con sus intestinos había dibujado un perfecto signo de interrogación, justo al final del nombre del autor, en la portada del libro donde yacía asesinado.

Reflexión de un hombre de dos años

“Hoy, bajo este cielo azul radiante, aquí sentado en la terraza de mi penthouse, a los dos años de mi larga existencia en este mundo tan complicado pero hermoso, he pasado revista a lo que he hecho en esta larga trayectoria. Los grandes logros, como aquel día que a pesar del vértigo di mis primeros pasitos, o cuando aprendí a decir “mira” o “kayi”, para no hablar cuando me salió el primer diente o cuando me gradué de médico con uniforme y todo, ¡Ahhhh! esos fueron GRANDES años. Pero, no sólo los momentos gloriosos han recurrido a mi mente de hombre experimentado, también he recordado  las tragedias y vicisitudes, los peluches desaparecidos, las nalguitas irritadas, la falta que me hace la lechita de mi mami, los chichones, las solitarias e interminables noches donde lloraba por cinco segundos hasta quedar exhausto y ser entonces socorrido por mi papi, el hambre y la sed que llegué a experimentar hasta por dos segundos hasta que otra vez mi mami me tomaba en sus brazos y me daba una panzada, las pesadillas donde un payaso gigante no paraba de reír, los juguetes prohibidos de mi hermana, los pescozones de mi hermana. Luego de recordar con melancolía y miedo esos momentos de mi vida, hoy, sentado en este balcón de mis sueños, CONFIESO QUE HE VIVIDO, como diría el poeta. Mis ojos se pierden en la inmensidad de este teatro de la vida y no puedo dejar de agradecer lo mucho que he vivido, SOY UN HOMBRE REALIZADO. Pero lo que ha llamado mi atención en esta profunda reflexión, lo que considero el eje y la conclusión final de mi existir, es lo siguiente: a pesar de que soy un hombre rico, poderoso y lleno de fama, al punto de que los hombres y las mujeres se abalanzan sobre mí al verme en cualquier esquina y las bebas de mi edad caen sin sentido sólo de verme sonreír, a pesar de que lo tengo todo, que soy el hombre más codiciado del mundo, me he dado cuenta de que eso no significa nada. Eso no es lo verdaderamente importante en mi vida. La riqueza, la fama y el poder son pura trivialidad, cosas efímeras, sentimientos frívolos. Lo que realmente importa en mi vida es el amor, ¡OHHH! el amor, el amor y el placer incondicional que me ha brindado mi dedo por todos estos años. Hoy lo he visto claro y te pido perdón por usarte sin agradecértelo. DEDO: todo lo que soy lo debo a ti. Sin ti no hubiera sido el gran hombre que todos admiran. Gracias, nunca más te olvidaré”.

Autoanálisis de una metamorfosis

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”.

Su vientre había crecido grotescamente y se desparramaba por el suelo. Al intentar mover una de sus piernas se percató de que no tenía una, sino ocho extremidades. Se sentía absurdo. No podía colegir la realidad de su estado.

Es un castigo, pensó. Karma.

Mientras observaba con náuseas su cuerpo rastrero, cientos de imágenes de una lejana vida pasada, se sucedían confusamente en el minúsculo cerebro de invertebrado que ahora ostentaba.

Luego de algunas horas de angustia, de planteamientos moralistas, filosóficos y religiosos, concluyó con absoluta resignación, que esa era la reencarnación más justa que le había tocado. 

Fábula

I

De un mundo donde los hombres son perseguidos por las mujeres. En este mundo los hombres viven aterrorizados por las mujeres que los rastrean, los acosan, los violan y se alimentan de ellos.

II

Todo comenzó una noche cuando del pene erecto de un hombre salió chocolate a borbotones.

III

El sexo femenino se adueña del mundo y nuevas guerras se llevan a cabo por el dominio de los hombres.

IV

Ningún hombre, excepto los que no habían llegado a la pubertad, se salva del poder succionador de las hembras depredadoras, que casi siempre se valen del señuelo del amor para atraparlos en sus voraces fauces, ávidas del esperma dulce y oscuro.

V

Las mujeres comienzan a cosechar a los hombres. Los experimentos en los niños para acelerar su crecimiento termina diezmando en su totalidad a la población infantil.

VI

El hombre comienza a escasearse y los conflictos entre las mandatarias de los diferentes países se agravan. El mundo está al borde de una catástrofe nuclear.

VII

El hombre desaparece de la faz de la tierra y la mujer muere de hambre.

VIII

El calentamiento global disminuye drásticamente y se restablece el orden ecológico del mundo.


El atleta

Iba corriendo con una sola pierna por la avenida Duarte mientras los automovilistas y los transeúntes lo miraban perplejos. Además de su ropa deportiva, desgastada por los años de uso, una gran bandera tricolor envolvía su cuerpo cual manto de Turín. El bravo sol de verano lo hacía ver como un espejismo, como si su piel tostada fuera de gas, etérea, y su huella cíclope se materializara por sí sola a lo largo de la gran estepa negra de asfalto. Su solitaria pierna, revestida de puro músculos, lo impulsaba verticalmente como un flamenco saltarín, sin prisa, pero con determinación. Sus ojos fijos en un punto perdido en el horizonte candente.

Al verlo desde mi vehículo sentí admiración e incluso envidia.

Es increíble que los que tenemos dos piernas no nos atrevamos a dar un sólo paso al frente por nuestra bandera. ¡Qué vergüenza! pensé.