El mosquito (porqué puse la foto de una araña en la entrada? porque la del mosquito es disgusting.)

Las dos de la mañana, no puedo dormir, estoy tratando de leer un libro de Roberto Bolaños, 2666 para ser exacto, la parte que corresponde a los asesinatos en serie de mujeres obreras de las zonas francas de Santa Teresa, en el estado de Sonora. Sus páginas me mantienen cautivado, absorto, asqueado y al mismo tiempo excitado, cientos de mujeres aparecen apuñaladas, desmembradas, ahorcadas, violadas, en medio de un mar de sangre que parece inundar el reseco desierto de Sonora. Digo que estoy tratando de leer, porque el zumbido de un mosquito que tiene la noche entera rondado cada centímetro de mi cuerpo insomne, me saca de concentración a cada instante, subiéndome la sangre a la cabeza (su objetivo) y chupándome hasta la saciedad como un maldito vampiro de la saga de Crepúsculo; bajo estas condiciones no puedo leer y mucho menos soñar con soñar. Me decido entonces a acabar con el insecto, cierro cuidadosamente el voluminoso tomo 2666, entrecierro los ojos, me quedo quieto como una estatua de ketchup congelado, bombeando toda la sangre que puedo con mi corazón homicida, escuchando, sintiendo el más mínimo movimiento de mi enemigo alado, esperando que se pose sobre mi piel bullente de plasma, así duro unos cuantos minutos, el sudor corre por mi frente, por la falta de sueño me siento un poco mareado, pero no importa, estoy decidido a soportar estoicamente lo que fuere necesario para acabar con ese invertebrado, hasta que por fin escucho el sonido límpido y puro de sus alitas, revoloteando en el pabellón de mi oído izquierdo, lo dejo tranquilo, mi corazón bombea más rápido, sí más sangre me digo, acércate más maldito, luego lo veo, va volando con reticencia justo delante de mi nariz, mis ojos lo siguen como dos lunas llenas ensangrentadas y lo observo bajar con cautela haciendo estúpidos cortes en el aire hasta una de mis piernas, me preparo, él se posa suavemente, apenas perceptible en mi muslo y yo lo dejo, comienza a chupar y veo cómo su abdomen se infla poco a poco y cambia de color gris inmundo a rojo sangre, de mi sangre, y siento la picazón pero no importa, lo tengo todo planeado, matemáticamente calculado, cuando no puede más saca su ponzoña de mi piel taladrada y despega lentamente, pesadamente, con el abdomen repleto de mi sangre, felizmente harto, lo que yo esperaba, entonces aprieto el tomo de Roberto Bolaños fuertemente en mi mano derecha y desde el espaldar del sillón bajo mi brazo violentamente asestándole un golpe mortal. Cuando retiro cuidadosamente el tomo de mi pierna, lentamente, embebido por un morbo y una curiosidad, una perversidad insospechada ante la posibilidad del crimen, vislumbro sólo una minúscula mancha de sangre en mi piel erizada pero no veo su exiguo cuerpo de invertebrado por ninguna parte, entonces como por inercia miro el libro y ahí estaba, arrastrándose por la portada, el abdomen destrozado dejando una estela de sangre en el precioso cartón satinado. A pesar de estar prácticamente desecho, sus pequeñas vísceras desparramas detrás de él, seguía por instinto remolcando con sus patas delanteras la mitad de su cuerpo mientras el hilo de sangre dibujaba curiosamente algo que parecía un signo. Estaba disfrutando extasiado el regicidio vampiresco, me sentía pleno, de hecho comenzaba a identificarme con el asesino en serie de la novela de Bolaño, aunque el mío fuera un crimen en miniatura, el minicrimen de un simple insecto. Me sentía libidinosamente realizado. Entonces el mosquito se detuvo, había muerto, y pude notar con incredulidad que la estela de sangre mezclada con sus intestinos había dibujado un perfecto signo de interrogación, justo al final del nombre del autor, en la portada del libro donde yacía asesinado.

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Nuevo Parto en el corral

Por fin sale a la luz mi nueva prole literaria, se llama “Cuentos mundanos”, y por lo que veo, va a ser travieso.

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Sala de espera

 

1:30 de la tarde. Estoy en la sala de espera de uno de esos atestados laboratorios médicos de la ciudad. No he comido y se me ha llenado el estómago de gases. Tengo un pique del diablo. A pesar de mi irritante condición, sólo para aumentar mi incomodidad, todo el que me rodea parece tener una necesidad insaciable de buscarme la cara, de sonreírme o de ponerme algún tema de conversación inútil (esta parecería ser una ley inherente al pique) y por eso mantengo la mirada hacia los impecables mosaicos del piso, concentrado en los retorcijones de mis tripas.

He sido diagnosticado con SII, es decir, Síndrome del Intestino Irritable. Una enfermedad que afecta a aquel último reducto del sistema digestivo que resguarda celosamente nuestros desdeñados desechos y que está próximo al tercer ojo ciego de nuestra anatomía.

El médico me ha indicado algunos análisis para descartar cualquier otra patología y confirmar su diagnóstico. Cuando le pregunté qué me había provocado la enfermedad, me dijo que posiblemente el estrés. No era para menos, en los últimos días, semanas, meses, me estaba volviendo loco por la cantidad de trabajo en la oficina y mi vida sentimental había colapsado por la inesperada decisión de mi prometida de abandonarme por nuestra mejor amiga. Típico cuadro de un perdedor y por supuesto, de un enfermo de SII.

Los síntomas coincidían a la perfección con mis dolencias: mala digestión, cólicos abdominales, cambios en los hábitos intestinales y sobretodo flatulencia y muchos gases. Sigo en el laboratorio con la vista hacia abajo para no chocarme con los sagaces ojos de algún feliz interlocutor. El estómago casi por reventar. Miro la neverita con el botellón y pienso en tomar un vaso de agua, pero el solo hecho de pararme me cuesta, y prefiero quedarme sentado y esperar pacientemente. Veo como entran y salen los pacientes con la curita redonda en el brazo. Los ensordecedores gritos de un niño que acaba de entrar a la sala de análisis retumban en todo el laboratorio y me ponen más nervioso. Nunca me ha gustado eso de las agujas.

Los síntomas que dijo el doctor se manifiestan en todo su esplendor. Siento ganas de defecar pero no me atrevo a ir al baño para no perder el turno.

Llevo esperando casi dos horas y media en esta repugnante sala de espera, y para rematar tengo que sostener indecorosamente este frasco lleno de mierda en mis manos.

Echo una ojeada al papelito arrugado que sostengo con el número de turno y no puedo evitar una lamentable sonrisa: 69. El señor de al lado aprovecha mi desliz y me murmura con sarcasmo – ¡’ta lejo’ usted! – mostrándome como un trofeo su ticket con el número 66. Lo fulmino con un mirada llena de hastío e incomodidad y miro de inmediato el reloj que indica el paciente número 62.

Hasta ahora he soportado estoicamente la hinchazón estomacal provocada por los gases pero los malestares han empeorado y siento la necesidad inminente de desacoplar.

Se que no puedo hacerlo en la sala de espera. A parte de que no podría dosificar la salida de aire por la inmensa presión que siento en el estómago, si pudiera hacerlo, la potente y asquerosa flatulencia de mis gases (que ya los conoció mi novia), atacaría inclementemente las narices de los demás pacientes, obligándolos a buscar un culpable, que por supuesto, sería el antipático hombre del frasco de mierda en las manos, es decir, yo.

La espera es insoportable. Me muevo en la silla tratando de desviar el indeseable éter a través de mis entrañas, pero no hago más que incrementar el deseo. Comienzo a sudar frío y una anciana enfrente me dice riendo “Ay pero miren, con el frío que hace aquí y el pobre está sudando”. No tengo fuerzas ni para mirarla. Ahora soy el centro de atención de la sala de espera.

El reloj marca el número 66. No es para menos, pienso en medio de mi situación, otro seis más y es el número del diablo. El hombre de al lado se levanta orondo y me mira con desdén. Estoy desesperado. Todos mis sentidos están ahora concentrados en constreñir ese fuerza irrefrenable que lucha por salir. Me siento desfallecer. En un intento por buscar la salida, pienso en una posible, o mejor aún, una única solución: debo esperar a que llegue mi turno para ir de inmediato al baño de la sala de análisis, ahí dejaré escapar al monstruo. Ahora no veo el reloj, sino la puerta del baño abriéndose y…libre finalmente.

Pero mi enemigo no quiere esperar.

67. Ya no puedo más, siento que si pestañara el mundo entero explotaría. Mi cuerpo está tratando de mantener cerrado el ojo ciego, pero sus parpados se abren sigilosamente en busca de luz.

Mi mente se nubla.

68. La secretaria repite varias veces el número sesenta y ocho. Por suerte para mi, el paciente con ese número se ha marchado y es mi turno. La espera ha terminado. Pero en ese preciso momento, el señor de al lado mueve bruscamente su codo dándome un ligero golpe en el estómago y ocurre lo inminente.

El reloj marca el número sesenta y nueve, pero ya es tarde.


Preludio Inesperado

Lo tenías todo preparado para esa noche. Las de antes habían sido buenas, muy buenas de hecho, pero esta debía ser demencialmente increíble, más real sin duda, tenía que ser extrema, como tu vida misma, como los deportes que practicabas, tus movimientos audaces en el mundo de los negocios, como todo lo que tú hacías, extremo, casi como caminar en el filo de una navaja gigante, así tenía que ser la de esta noche. Tu mujer te había seguido el juego durante los quince años que tenían de casados, solidaria, amorosa y llena de paciencia, muchas veces te lo dijo, “vas muy rápido”, y en realidad así ibas por la vida, a millón. Precisamente por esa impaciencia habías incorporado las fantasías sexuales a tu vida íntima con ella, te habías dado cuenta que la urgencia pueril con que llegabas al punto, no rendía muy buenos resultados, por eso tú, hombre de éxitos, te habías propuesto darle un giro a esta situación inventando una serie de ficciones noveladas, que como el mejor director/actor del cine independiente, escenificabas dentro de los límites del plató conyugal, en la habitación, la cocina, el piso, el baño o las escaleras. Aunque tu mujer lo agradecía y eso se podía medir por lo fluido de las relaciones, te decía que no siempre era necesario, que sólo necesitaba que la acariciaras un buen rato, que la mimaras, que le dijeras que la amabas, que la abrazaras, que fueras tú con ella, y a veces lo hacías, pero la verdad era que te habías hecho adicto a las fantasías sexuales. El infinito mundo de las posibilidades, lo que pudo ser y no fue, la ensoñación extrema. Ella, que te amaba más, aceptaba sus papeles y jugaba a jugar ser la mejor actriz.

Esa noche serías un jefe acosador. Ella sería tu secretaria acosada. Habías comprado una corbata nueva y un maletín de piel para ejecutivos, porque sabías que los detalles inesperados constituían la clave para el éxito de la fantasía. Acomodaste los muebles de la habitación para que se pareciera lo más posible a una oficina, luz tenue, algunos libros y la labtop sobre tu pequeño escritorio de lectura. Según lo acordado comenzarían el acto cuando los muchachos se durmieran. A las diez en punto ella recibiría una llamada a su celular donde se le solicitaba lo más pronto posible en el despacho del jefe. Todo comenzaría con cuestiones elementales de trabajo, citas, llamadas, firma de documentos, hasta ir cayendo en galanterías fuera de lugar, merodeos, propuestas de aumento de salario y el descorche de una botella de champagne que previamente se había puesto a enfriar en la champañera de cristal que habías comprado para la ocasión. En ese momento la secretaria, ya incómoda, pondría alguna excusa para retirarse, lo que sería rotundamente negado por su jefe mientras le convidaba a una “sola” copa. Esa era la parte que más te gustaba, la de desangrar a tu presa lentamente, con todos estos años de práctica habías aprendido a ser paciente dentro de la impaciencia, a demorar lo inevitable. Ya con el alcohol flotando en el ambiente, te quitarías el saco, te aflojarías la corbata y comenzarías el ataque recto y conciso. Las manos en los cabellos, ella lo evade. Una pérfida risita entre dientes. Un suave soplo en sus oídos, ella se levanta. Tú la interceptas, ella te dice que debe marcharse. Tú la tomas por la cintura, ella te retira las manos y marcha hacia la puerta. Otra sonrisa entre labios mientras le dices que la puerta está cerrada con llave. Ella te dice llena de miedo que no es correcto, que ella tiene su pareja, que lo respeta mucho y no puede hacer…

¿Hacer qué? Le dices tú. Ella te pide que abras la puerta y lo discutan mañana. Tú le dices que es demasiado tarde mientras te acercas a ella, la tomas por la cintura y la besas a la fuerza. De ahí en adelante lo que sigue es relativamente fácil, poca actuación y mucha acción. Es cuando le rompes la ropa, la tiras al escritorio y la violas en medio de súplicas y lamentos. Al final de todo ese preludio, retorna la calma, se abrazan y vuelven a ser. Pero esa noche las cosas no saldrían como lo planeaste. La llamada la recibiste tú mientras te acomodabas en el escritorio. Hay una mujer sola en la cocina de su casa preparando la cena para su marido y un ladrón entra y la viola, te dice ella. Tú le dices que deben seguir el guión según lo acordado. Ella te dice que no importa, que de todas formas la fantasía del jefe acosador es repetida y que la del ladrón que viola a la mujer casada no. Tú le dices que sí, que esa también la han escenificado. Pero no si la mujer lo desea, te responde ella. Una fantasía dentro de otra fantasía, ¿no te parece increíble? No podías negar que la idea era buena, la fantasía de un ladrón que entra a una casa donde una mujer solitaria prepara la cena para su marido y a la vez fantasea entre el aroma de sus platos con un ladrón que la viola salvajemente. Silencio de este lado del teléfono. No te agradaba que tú mujer llevara la iniciativa en los asuntos de la irrealidad erótica, que fuera ella la que planteara efusivamente la idea de una realidad ficcionada, mucho menos que fuera ella la que gozara del resultado de esa fantasía desgarradora y que fueras tú el que la hiciera feliz mientras era violada por un ladrón, en tu ausencia. Espérame, le dijiste resignado. Cerraste el teléfono, pasaste revista al triste escenario que habías montado, mediocre en comparación con el que había creado ella, destapaste la botella de champagne, como brindando por tu ineptitud y bebiste la mitad de un par de tragos mientras se sucedían las imágenes de tu mujer siendo violada por un ladrón desconocido, o conocido, quién sabe, y ella gimiendo de placer. Bajaste las escaleras con la botella en la mano y una media panty ridículamente puesta en la cabeza. Los detalles son importantes. Entraste sigilosamente en la cocina donde una mujer de espaldas esperaba a su marido, dejaste la botella en una esquina de la meseta de mármol y tomaste uno de los cuchillos de deshuese del estuche, te acercaste, la tomaste repentinamente por la cintura y pusiste el filo de acero sobre su garganta. ¡No te muevas! Le susurraste al oído. Lentamente lamiste su cuello y dejaste caer la mano libre por sus pechos, ella se estremeció y tú apretaste el cuchillo contra su piel nuevamente. Siempre quise hacer esto, le dijiste al oído, una mujer hermosa, sola en su casa, sin su marido. Tu mano se resbaló a su entrepierna y pudiste comprobar lo fluido de la situación. Ella estaba terriblemente excitada. ¡No por favor, no haga esto, suélteme! la oíste decir falazmente. Sabías que mentía, esa mujer quería ser violada por un vil ladrón. Entonces le diste la vuelta y la miraste a través de la malla que cubría tu cara, una sonrisa imperceptible para el ladrón, pero no para ti, se asomó en sus labios. Dejaste resbalar el cuchillo entre sus pechos cortando la tela de su bata de seda, ella se resistió y trató de liberarse, tu soltaste el cuchillo y le diste una bofetada, ella se sorprendió como en otras ocasiones y te rogó que la soltaras, recordaste la entrepierna y entonces lo decidiste, sería tu fantasía contra la de ella, cumplirías su deseo pero a tu manera, entonces la jalaste por los cabellos y volviste a abofetearla, ella te miró confundida; si quieres que te viole un extraño a mis espaldas eso tendrás, le dijiste. Ella sonrió nerviosa. Entonces terminaste de rasgar su bata, la tiraste al piso y apretándole sin piedad con una mano el cuello, con la otra rompías su ropa interior buscando la prueba irrefutable de su traición. La fantasía estaba fluyendo. Los fluidos estaban fluyendo. Esta vez no pudiste demorar más lo inevitable. Mientras lo hacías, ella apenas pudo moverse, emitir un gemido, parecía disfrutarlo más que nunca, a solas, como si no estuvieras, así tan inmersa estaba en su fantasía.

Te aferraste a ella como nunca, le atravesaste hasta el alma. Siempre al extremo, ¿recuerdas?

¿Querías gozar? Pues goza, le gritaste, pero ella no contestó, la podías ver con los ojos en blanco, sin hacerte caso, ajena a tus amenazas, en paz total. Apretaste más, la oprimiste contra el suelo con más ganas, hasta que finalmente llegaste a donde querías llegar.

Jadeante todavía te quitaste la media de la cabeza, la miraste ahí tirada en el suelo, los jirones de tela en su cuerpo, extasiada, más bella que nunca al finalizar el último acto de ese preludio inesperado.

¿Eso es lo que querías? ¿Lo disfrutaste? ¡Habla! Le gritaste.

La cocina de tu casa se fue materializando poco a poco, primero los mosaicos españoles, los gabinetes de roble, la meseta de mármol y luego ella, luego la viste a ella, la mujer de tus vidas, tu fiel compañera de fantasías.

Deja de fingir, le dijiste trémulamente, mientras veías la marca roja de tu mano en su cuello inerte.

Allá


El olor a vómito y a orín humano se ha adueñado del aire y me asfixia. La grasa corporal envejecida de los indigentes miserables se ha encostrado en las paredes, y hacen que las gomas de mascar pegadas en ellas por los amos de la chatarra, resbalen mucilaginosamente como mocos de una especie nueva de gripe. Pero ninguna persona, si acaso así pueden llamarse, parece percibirlo. Mientras camino, una masa de gente vacía se apresura en una carrera que no parece tener ni comienzo ni final, apretujándose unos a otros como vacas guiadas al corral, sin el más mínimo atisbo de humanidad. Gruñidos, cortes de ojos, codazos, empujones, parecen ser el lenguaje de esta civilización de topos sin modales que no pueden hablar.

Allá, por el contrario, la gente es gente. Con permiso, pase usted, a su orden, gracias, buenos días, adiós. Cuánta falta me hace la cortesía y los buenos modales.

El ruido es ensordecedor. Cuando se aguza el oído se puede oír por separado. En primer plano, un estridente tono alto de motores y mecánica hidráulica que crece con las horas pico, luego, más acompasadamente, un martilleo constante de sonidos metódicos que marca el ritmo seguido de una escala de tonos eclécticos o eléctricos que erizan, y por último, en último plano, el inconfundible y tormentoso zumbido de fondo que nunca cesa y le da forma a la infernal sinfonía. Todos los días, sin el ademán de ningún nervioso director y su batuta, la orquesta comienza puntual su concierto justo antes de que el sol levante, y continúa in crescendo durante todo el día hasta taladrarme los oídos, obligándome a gritar, o a gruñir, para comunicarme, como si comenzara a parecerme a ellos.

Tan diferente allá, donde te acuestas con los grillos y te levantas con los pájaros, o con el sonido de las olas, o donde simplemente no hay sonido excepto el de la naturaleza, o el de los niños jugando, o el de tu mujer susurrándote al oído que te ama.

Subo las escaleras y nadie me mira a los ojos, nadie parece reconocerme ya. Las pseudogentes caminan apesadumbradas con la quijada pegada del pecho, cara a cara al suelo, tratando de penetrarlo, como si quisieran encontrar en él la respuesta a sus ansias y sus sueños. Nadie mira hacia delante y mucho menos a mí. A veces pienso que alguien me ha reconocido cuando la vista levantada de algún extraviado choca con la mía, sólo para caer en la realidad. No me buscaba a mí, sino a la mirada fría e inquisidora de un letrero que lo guiara en su camino. Cuando no soporto más la soledad, dirijo mi vista al suelo para ver si encuentro lo que aquellos, y por fin una mirada. Pero no es de empatía, sino de locura, de unos de esos lunáticos que se han desterrado a los subway huyendo de la realidad superficial de este mundo maldito. Entonces vuelvo mis ojos llenos de terror al suelo. Ya los entiendo. No se puede mirar.

Allá no. Allá me conocen por mi nombre. José. Y para los amigos Chepe. Allá las miradas te sobran y las manos se te cansan de tanto responder los saludos de la gente que te conoce y no te conoce. Si por casualidad te concentras por un rato en el suelo, sientes a tu alrededor cientos de ojos fulgurantes que esperan impacientes el sorteo de tu atención. Y nunca falta aquel intrépido interlocutor que entabla conversaciones infinitas sin motivo aparente y que al final resulta ser primo lejano o hijo de un compadre.

Sigo subiendo y comienzo a ver ese cielo gris, frío y seco como todo lo de aquí. Y sólo pienso en aquel pedazo de bóveda azulada que respira fresca por encima de mí y me guarda de todo lo malo. Cuando termino de salir, como escupido de esa boca oscura y fétida, de ese submundo incomprensible, me ahoga el vértigo. El dantesco exterior es aún más sombrío. Un mar de gentes sin cara, inmersos en un mutismo absoluto se debaten entre sí en medio de una sierra de ladrillos y acero que no duerme. Ni hablan, ni ríen, ni lloran, y tampoco miran o te conocen en este inframundo donde no hay identidad. Sigo caminando, con la mirada clavada en mi tierra, y poco a poco se me comienza a borrar la cara y ya el frío no me molesta, ni el hedor de las catacumbas, ni las gentes sin nombres, y me quedo sin nombre y sin ausencia.

Tan diferente que es todo allá. Allá todo el mundo te conoce y la gente sabe hablar y ríe a cantaros y hasta llora. Allá somos gentes.

Allá yo soy José, cariñosamente Chepe.

Este cuento va dedicado al libro…en su día

¿Dónde estarás autora de mis desgracias? Es cierto que por ti conocí a los más grandes de la literatura, a quienes no quiero siquiera mencionar para no reavivar mi eterno dilema de quién es el mejor, quién es universal y quién no, o cuál es más puro o más original, quién ha influido más en los intentos que he hecho por escribir, en fin, no es el momento de caer en esas tontas discusiones internas que al fin y al cabo me llevan a Melville, Cervantes, Fuentes, Neruda y porqué no, a Márquez, a Kundera o a Suskind, y hasta a Zazo, a Gil o a Messón, que creo no los conoce mucha gente pero que para mí son muy buenos. Pero sigamos con lo nuestro. Decía, ¿Dónde estarás autora de mis desgracias? Aunque también de mis alegrías y de mis logros; de mis pasiones y mis desenfrenos; de mis sueños. Es imposible pensar en ti sin caer en las mismas reflexiones de siempre: y es que realmente por ti soy lo que soy. Recuerdo aquel día que te conocí. En ese momento comenzó mi carrera loca por la erudición sin ningún fin, sólo para perseguirte y demostrarte (demostrarme) que no eras más que una simple larva de las letras. O ¿qué te crees, que no puedo vivir sin tus descabellados caminos de palabras entrecortadas y sin ninguna esencia literaria? ¿Que tu arte para desmenuzar las grandes obras de los grandes escritores y hacer de sus despojos un montón de disparates, de basura literaria sin ningún sentido, es lo mejor que me ha pasado? Para nada, sabes que te aborrezco y si te tuviera en mis manos te aplastaría como a otro bicho cualquiera con mis brillosos zapatos; sí, ya sé que por ti los tengo también; bueno, a fin de cuentas para ser bibliotecario tengo que vestir bien y poner el ejemplo. Esta es la casa del conocimiento y yo soy su representante, ni modo que ande por ahí mal vestido y mugriento como tú. Yo no. Yo soy un intelectual. Según lo que leí en una enciclopedia virtual (si, ya sé que no sabes qué es), “el intelectual medita, reflexiona, discurre, se inspira, goza, busca, investiga, analiza, discierne, desmenuza, razona, contrapone conceptos, filosofa, organiza las ideas, proyecta, imagina, especula, atribuye causas a los efectos y efectos a las causas, interconecta fenómenos, en fin, hace uso de las limitadas, pero a la vez, vastas capacidades de la mente humana”. Eso es lo que yo hago y he hecho después de que te conocí. Sin embargo, tú no. Tú ni siquiera te acercas a ese término tan profundo y selecto. Quizás podrías llamarte una outelectual.

Pero, ¿Dónde estás mal nacida? Te he buscado entre todos los estantes de esta inmensa biblioteca, en todos los archivos, en todas las gavetas, en todas las cajas, en el piso, en el falso piso, entre las paredes, en todos los rincones de este salón del saber y no sé de ti. Y pensar que todo empezó con ese insignificante librito. Ese día estaba desempolvando los estantes de la segunda planta cuando me encontré con ese pequeño tomo escrito por ti. En esos tiempos todavía no era “El Bibliotecario” de la más grande biblioteca de la ciudad. Era un simple amo de llaves (porque siempre me han gustado los títulos) y nadie me tomaba en cuenta. Antes de abrirlo, en la portada, ya había sido cautivado por la huella imborrable de tus trabajos. Luego pasé página por página, siguiendo con cuidado y una curiosidad enfermiza el trazo de tus ideas y me fue imposible detenerme hasta que llegué a la última, esa que dice fin. A partir de ese momento me convertí en tu cazador. Hace ya más de treinta años que ocurrió ese encuentro contigo y hace ya más de treinta años que dejé de barrer para leer. Pero hace treinta años que no te encuentro.

Recuerdo el día en que el director, al verme pasar más tiempo con un libro en las manos que con la escoba, me ofreció el cargo de asistente. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Pero no por el hecho de tener otro tipo de empleo, o de ganar más dinero, sino por estar más cerca de ti. Ahora tenía licencia para cazarte.

Desde ese día te he buscado sin ningún resultado. He pasado y repasado las páginas de cada uno de los volúmenes de este sagrado recinto y no he podido encontrarte. He recorrido cada una de las librerías, bibliotecas y compra ventas de libros tratando de dar contigo pero he fallado. Me he topado con tu trazado en muchos de los libros que he devorado ávidamente. Tus rastros se ven por todos lados en cualquiera de los grandes clásicos, en los contemporáneos y hasta en los inéditos, pero aunque es tu firma, no eres tú, no es tu nombre. ¿O será que no quiero entenderte cuando me hablas? Como aquel día (aquella vez) cuando leía “Las mil y una noches” y siguiéndote de cerca en cada una de sus palabras, en cada una de sus páginas, como si hubiesen sido escritas por ti, me encontré con esas palabras interrumpidas en las últimas páginas del libro.

En la página ochocientos treinta y cinco del primer volumen de la primera edición de mil novecientos setenta y dos, en la oración que comienza con “Oh madre de Abdalah”, faltaba la letra h. En la página ochocientos treinta y siete, en la misma ubicación anterior, donde se lee “Azogue dijo”, faltaba la letra u. Luego en la página ochocientos treinta y nueve, de igual forma, en el mismo lugar de las palabras anteriores (como si hubieses atravesado con tu lengua de carpintero simétricamente cada una de ellas a propósito) en la palabra “mago”, faltaban las letras m y a. En la próxima, la ochocientos cuarenta y uno, en la continuación de la palabra “desenvainó”, la letra n y la o no estaban. En la página ochocientos cuarenta y tres, en la palabra “contemplaciones” no se veía bien la letra o. En las últimas dos páginas, en la ochocientos cuarenta y cinco y ochocientos cuarenta y siete no faltaba ninguna letra, pero un pequeño agujero parecía señalar dos palabras que terminaban la oración junto a las otras letras puestas en orden: estas palabras eran amaestrados y mono. Con los años de lectura había desarrollado una habilidad única para formar palabras con letras de diferentes oraciones sin darme cuenta, como si tuviera otro par de ojos siempre atentos a este inútil juego, y al ver estas me asusté tanto que cerré el libro y no volví a leer por una semana. Juntas decían “humanó o amaestrados mono”. Pero mi rigor crítico me permitió leer “humano o mono amaestrado”.

Ese incidente fortuito no hizo más que agravar mi locura por encontrarte, perdido entre las páginas de un libro, periódico, revista o cualquier documento que contuviera letras y papel. En todos encontraba tu rastro, tu estilo único de escribir, tu influencia, tu firma, pero en ninguno estabas tú. Sólo tu olor.

Aunque no te conozca, eres mi autora más admirada, la más universal, la más genial. Creo que nadie te ha admirado ni deseado más que yo, aunque sólo sea para aplastar tu cabeza de insecto y ver toda tu materia gris desparramada entre las páginas de tus propios libros.

¿Dónde estarás, autora de tantos crímenes literarios, de tanto genocidio intelectual? ¿Dónde estarás maldita larva come libros?

La alcantarilla

Estaba completamente desnuda, por lo menos eso fue lo que vi de su cuerpo mientras me acercaba a la alcantarilla donde estaba clavada como una flecha mostrando esos enormes glúteos circundantes, perfectamente alineados con su prodigioso derrier, el hilo dental recorría toda su circunferencia mostrando inequívocamente su desenfado, sus curvas completamente armonizadas con la cintura, un stradivarius originalmente tallado en la oscuridad de mis pensamientos sórdidos que contrastaba suspicazmente con la rugosidad de la acera, evocando mis últimos recuerdos húmedos, como aquella noche lluviosa que caía como un block de ocho pulgadas sobre mi y me recordaba que era un fracasado, un losser, un maldito enfermo hijo de nadie que nunca tendría la más mínima oportunidad para demostrar que podía hacer algo valioso en la vida, ser alguien, así era la noche y así me sentía hasta que la vi con mis propios ojos de lagarto verde petrificado, me detuve, di un par de pasos hacia ella decidido a verificar los detalles de mi hallazgo, sus poros, todavía, se manifestaban en una exquisita piel de gallina que denotaban el correcto funcionamiento del musculus erector pili o bien, su facilidad para congraciarse con la vanidad y el erotismo, me acerqué, me saqué los ojos y los fijé en aquel paisaje surreal que había encontrado, me ruboricé igual que ella, noté el fino bordado de su ropa interior, tal y como lo había visto en las revistas pornográficas, un noventa y un por ciento de seda y un nueve por ciento de spandex, los bordes estampados adheridos a la piel como un parásito, delineando lo indescifrable, iba a tocarla, pero entonces analicé el contorno de sus muslos, perfectos, dignos del espejo o de Velásquez, no pude hacerlo, como otras tantas veces en mi vida que no pude hacerlo, que me acobardé, pero coño ahora era diferente, un bella mujer yacía bajo mis pies, semidesnuda, apacible, indefensa, quizás muerta, y sólo yo estaba ahí para atestiguar el magnicidio, tenía que hacerlo, era el momento de reivindicar mi poca hombría, me incorporé de nuevo, me pasé las manos por los ojos nublados y la frente sudada, saqué mi celular y busqué desesperadamente el marcado rápido que correspondía al número de la policía, no hay señal, maldición, será este mi destino, pero recuerdo el bbchat, por suerte tengo un blackberry, entro al menú y me dispongo a enviar un mensaje, pero a quién, la miro de nuevo, se ve tan desvalida, tan inerme, tan…tan hermosa, siento un cosquilleo en el área del bolsillo izquierdo, vislumbro un imperceptible bulto entre las dos piernas de las prominentes nalgas en la alcantarilla, lo interpreto carnoso, delicado, suculento, meto mi mano izquierda en el bolsillo izquierdo, la miro, es como una diosa dormida, la bella durmiente pero con hilo dental, lo siento duro como un roble, guardo el blackberry en el bolsillo trasero derecho, me desabrocho el pantalón, bajo el zipper, no tengo ropa interior, típico en mi, me lo saco, comienzo a masturbarme, mirándola, imaginándome penetrando en aquel diminuto bulto, en la alcantarilla de mis sueños, en mi mediocridad, entonces veo las luces de la sirena de la policía reflejadas en sus nalgas, no me dio el tiempo, he fallado de nuevo.