En esta mañana lluviosa

Todo está inerte en esta mañana lluviosa. Las plantas no mueven sus hojas, sus ramas están frisadas en un tiempo lúgubre y frío. El sol parece haberse congelado en una palidez absoluta y se consume lenta y tristemente en su apagada nostalgia. Los pájaros callan, sus cuerpos se han convertido en pequeñas bolas de plumas engrifadas.  La tierra está entumecida. Esta mañana al despertar, sentí mi cama como un frígido bloque de hielo, y al asomarme por la ventana me hallé irremediablemente contagiado por este tiempo. Llevo varios minutos mirando el luctuoso escenario sin poder distinguir un ligero movimiento que anuncie vida en este mundo. Todo permanece lloroso y afligido.

Tomo mi manta y me envuelvo en ella como una crisálida. Mi piel responde al suave y cálido roce de la mullida tela sintética. Así pasa un minuto, dos. Mi vista se mantiene fija en el escenario y percibo a este como una extensión de mi propio cuerpo. Las ramas de los árboles son mis dedos, sus troncos el mío, sus hojas mis oídos, los pájaros mi mirada. Ha desaparecido la ventana. Estoy fuera de mi fría habitación y soy parte del bosque. Una paz inesperada inunda mi ser etéreo, siento que estoy flotando, que soy aire, tierra y agua. Ya no tengo frío, no hay tristeza, el sol baña serenamente mi cuerpo de corteza y savia. Experimento una armonía total con todo lo que me rodea. Calma absoluta. Sosiego. Quietud. Miro hacia la ventana y veo a un hombre retraído observándome. Se le nota lloroso y afligido. Me da lástima. No puedo comprender su pena. Mucho menos en esta apacible mañana lluviosa.

La ruta anhelada


El sol todavía tenía las nubes pegadas a su cuerpo celestial cuando desperté esa madrugada, como siempre lo hago cuando vamos a hacer una ruta larga y difícil. La cama estaba tibia por el calor de mi cuerpo transmitido durante toda la noche a la tela blanca de algodón. La habitación, por el contrario, estaba oscura y fría por las bajas temperaturas de enero. Haciendo un gran esfuerzo arranqué las sábanas de mi cuerpo febril y me incorporé lentamente hasta que quedé sentado en el borde del colchón, con extremo cuidado para no despertar el otro cuerpo que hervía plácidamente bajo el amparo de aquellas sábanas que ahora me habían abandonado al frío inclemente de la habitación. Me quedé sentado unos segundos con los ojos cerrados, los brazos cruzados y las piernas engurruñadas, en un momento de franca debilidad, evaluando la posibilidad de volver a la posición anterior por lo menos unos cuantos minutos más, sólo unos cuantos minutos más, pensé incluso en adelantar la alarma del reloj diez minutos para no quedarme dormido, a fin de cuentas eran sólo diez minutitos más de sueño apacible y cálido para luego despertar como nuevo, con el ímpetu y la determinación que caracteriza a un ciclista de montaña. Mientras seguía inmerso en estas cavilaciones oníricas, la imagen de los muchachos pedaleando por trillos y senderos en medio de los espectaculares paisajes de montañas y valles de la ruta de ese día, me cayeron de repente como un balde de agua fría y me despertaron de la amodorrada vacilación en la que me encontraba.
Me levanté de un salto de la cama, como para no sufrir otro ataque de sueño y me dirigí al baño. Me cepillé los dientes, los ojos cerrados, pero ahora haciendo un recorrido mental de la maravillosa ruta que nos esperaba. Destapé el frasco de Vaselina para untarme las entrepiernas, como me recomendó alguna vez un amigo ciclista de alta competición y de inmediato me enfundé en las licras marca Zerie, con el logo de nuestro club impreso por todos lados:

Club Manatí MTB”.

Salí con cuidado de la habitación, no sin antes dar un vistazo casi nostálgico a la cama, como evocando viejos recuerdos. El cuerpo que yacía a mi lado todavía descansaba tibio en medio de su lujurioso amorío con las sábanas blancas. Aceleré el paso para no caer de nuevo en mordaces tentaciones y finalmente me vi al otro lado del umbral de la puerta. Salí a la terraza donde la noche anterior había dado mantenimiento a mi bicicleta Giant Anthem con doble suspensión Fox y componentes XT. Ahí la encontré fría y solitaria esperando por mí. Sentí alegría de verla, a mi incondicional compañera de viajes, la que nunca me había fallado, me acerqué a ella, la acaricié, observé que la cadena estuviera bien engrasada, tenté las gomas para confirmar que la cantidad de aire fuera la adecuada para la ruta, apreté las manecillas de los frenos para confirmar el ajuste que había hecho la noche anterior, y casi con ternura acaricié el sillín nuevo modelo Avatar de Gel con abertura prostática, que había comprado unas semanas antes y que estaba ansioso por probar. Llené la funda plástica del camelback con agua fría, con la previsión de no llenarlo completo para no agregar mucho peso a la montada, además de que conocía la ruta y sabía que había varios colmados donde reabastecerme de agua fresca, me puse las medias y abriendo con cuidado los pestillos de la puerta principal, dejé en la marquesina el casco, los guantes, el camelback y las zapatillas. Por experiencia sabía que tenía que ponerme las zapatillas de último para no despertar a nadie con el repiqueteo de los clips en el piso. Fui a la cocina de nuevo, pelé un guineo y lo hice desaparecer en mi boca. Luego llené un vaso con agua templada del bebedero y lo apresuré a mi estómago que ya comenzaba a emitir sus primeros cantos mañaneros. Comer y mantenerse hidratado, norma número uno de un mountain biker. Por último abracé mi bicicleta y la llevé con cuidado, sin tocar el suelo, para no hacer ruido con el sonido de maraca de los piñones y la deposité en la marquesina junto al resto del equipo. Entré de nuevo, me ajusté el IPod que había dejado junto a la llave de la casa en la mesa del vestíbulo, tomé la llave, cerré la puerta y cuando estaba colocando el cerrojo recordé que la noche anterior había limpiado los lentes de montar y estaban todavía en la mesita de noche de la habitación. Me volvió el frío, recordé la cama y las sábanas tibias, el cuerpo dormido. Abrí de nuevo la puerta de entrada y me dirigí con decisión al dormitorio. En el camino evoqué uno de los tramos más espectaculares de la ruta: un trillo estrecho copado de árboles centenarios en lo alto de una loma que luego desemboca en una de las vistas más hermosas del océano atlántico. Surreal sin duda.

Se me estaba haciendo tarde, los muchachos debían estar llegando al punto de encuentro. Los imaginé remontando el lomo de aquella loma salvaje, sin mí, y sentí envidia de ellos. Si no hubiera sido por los lentes ya estaría montado, pensé.

Abrí cuidadosamente la puerta de la habitación y un hálito de somnolencia abofeteó mi cara. Entré tanteando hasta que llegue a la cama. Me senté. Palpé con mis dedos la superficie de la mesita en busca de los lentes sin ningún resultado. Lo intenté varias veces de igual manera hasta que decidí encender la lámpara para no hacer más ruido. La luz del bombillo me deslumbró por unos instantes pero luego pude reconocer un pequeño bulto tirado en el suelo, los lentes. Los recogí y justo cuando iba a apagar de nuevo la lámpara, la vi. Era ella, mi verdadera compañera de toda la vida, mi amante incondicional, aquella que nunca me había fallado, estaba ahí, cálida y tierna, las sábanas, que antes la cubrían por completo, se habían corrido un poco y dejaban entrever algunos de sus componentes, su piel ámbar ahora brillaba por encima del blanco inmaculado del lecho, sus curvas, su derrier, su… pude incluso notar cómo el frío de enero actuaba sobre su epidermis, en sus piernas de bailarina, en su pecho. Sentí celos del frío. Me acerqué para cubrirla de nuevo con la manta de mis sueños, su cuerpo estaba caliente, hervía, la acaricié sutilmente para comprobarlo, mis dedos lo sentían ígneo, ardiente, abrasador, me pegué como por inercia para sentir en mi piel fría y desvelada el calor de sus miembros, levanté la sábana y la dejé caer sobre ambos, la abracé, poco a poco fui entrando en calor, ella se movió suavemente y me abrazó también, sentí arder la vaselina en mi entrepierna.

El sol comenzaba a despegarse las nubes de su rostro soñoliento, cuando aturdido por el placer que experimentaba en aquel momento, recordé vanamente en medio del ensueño, un trillo estrecho copado de árboles centenarios en lo alto de una loma que luego desembocaba en una de las vistas más hermosas del océano atlántico, y visualicé a los muchachos pedaleando en éxtasis total.

Apagué la luz y me acurruqué en su pecho.

Esa mañana no montaría…con los muchachos.

Los Bonsai y la literatura

Esta mañana estaba contemplando uno de mis bonsai, su pequeñas ramas, sus hojitas, sus delicadas raíces, y como siempre, en un momento dado sentí que estaba completamente absorto de lo que me rodeaba, enfocado solamente en el pequeño árbol, inmerso en una profunda meditación que se sustentaba en mi respiración y la contemplación de aquella caprichosa miniatura llena de vida. Dentro de mi profundo aislamiento puede apreciar aún más las bondades de mi criatura: su aspecto de árbol grande, su verdor, la rugosidad de sus ramas, la tozuda verticalidad de su tallo, su sinuosidad, las diminutas hojas caídas sobre la insignificante parcela de tierra, el moho alrededor de sus raíces, la perfecta armonía de sus partes; al mismo tiempo sentí la impresión de estar frente a una inmensa planta longeva, una gran Secuoya, o un robusto Drago, que lo ha visto todo, llena de poder y sabiduría, un pequeño Yoda salido de Star Wars. Su gracia para incorporarse a todo lo que lo rodea, al resto del jardín, en unidad total, pero al mismo tiempo el grado de exclusividad que ostenta su presencia, una omnipresencia de la que es muy dificil escapar cuando se le observa. Pero lo que más me afecta es su minimalismo, su brevedad, esa condición de ser grande en lo pequeño, de estar completo. Esta cualidad es lo que define a un verdadero bonsai. Al llegar a este punto saltó a mi mente abstraída, como por ósmosis,  los géneros narrativos de cuento, minificción y novela. Mientras observaba ensimismado mi bonsai no pude dejar de establecer un link entre estas miniaturas y lo que escribo. Y es aquí que llegamos al punto alfa de mi meditación en esta mañana lluviosa. Aunque me gusta la idea de hacer de esto un ensayo, voy a tratar de mudar las percepciones que experimenté en ese momento sin hacer muy extensa mi entrada de hoy, voy a tratar de aplicar lo que vi, de ser un bonsai. Un verdadero bonsai debe ser considerablemente reducido, lo que no quiere decir insignificante. Un verdadero bonsai debe ser conciso, breve, preciso, lacónico si se quiere. En un verdadero bonsai no puede haber ripios de más, sólo lo estrictamente necesario, su naturaleza nace en función de su brevedad. Lo que tampoco quiere decir que su existencia sea efímera. La belleza de un verdadero bonsai radica en el ahorro de los elementos ornamentales, en la erradicación de los bultos innecesarios. Lo mismo ocurre con la buena literatura. Tanto el cuento como la novela deben cumplir con esta inviolable regla estructural. Decir lo que se quiere con las palabras exactas. Ya se sabe que el cuento es la narración de un sólo hecho, nada más. El argumento, los personajes, el final, es sólo la maceta en la que debe crecer este vegetal literario. Por eso la concisión es parte esencial en todo cuento. Esta característica fundamental es lo que lo diferencia de otros géneros, como la novela. En esta podemos ser más extensos, podemos experimentar, improvisar, salir y entrar, abundar por el mero placer estético, siempre y cuando lo que escribamos tenga una justificación para pertenecer al todo. La minificción e incluso géneros más líricos como los Haiku, no escapan a esta realidad. En estos, a parte de la concisión de lo narrado, es indispensable la brevedad. Estos microgéneros son de hecho la más viva encarnación de lo que debe ser un verdadero bonsai. Al observar a mi bonsai esta mañana, comprendí la estrecha relación entre esta soberbia manifestación de la naturaleza y la buena literatura . Un buen cuento, minificción e incluso una novela, debe ser como un bonsai. No debe sobrar nada. Así como en un verdadero bonsai no deben haber ramas innesarias, ornamentos inútiles, en el caso de la literatura no debemos caer en lo reiterativo, no debemos permitirnos el lujo de dejar ripios sueltos. Un bonsai es armonía, es balance, es belleza, sin residuos. Un cuento, una minificción o una novela es lo mismo. Si la exprimimos no debería salir ni una sola palabra de más. Al igual que la literatura, el bonsai no se debe a un hecho fortuito de la madre naturaleza, la mano creadora de un hombre o mujer es imprescindible para su crecimiento. Así como amarramos un alambre al tallo y a las ramas principales de un bonsai para moldear la forma y el tamaño que queremos, así en la confección de una pieza narrativa tenemos que asirnos del argumento principal, del leitmotiv que nos mueve. Así como podamos, picamos y abonamos nuestro bonsai para que crezca como tal, así tenemos que hacer indefectiblemente con nuestra narrativa para poder llegar a la tan codiciada palabra «fin». La pasión vertida en ambas creaciones es inherente al hecho creador en sí. Esto no es cuestionable.

Podría seguir estableciendo similitudes entre los bonsai y los géneros narrativos que he mencionado, pero caería en el fatal error de hacer esta entrada más larga de lo debido, de adornarla demasiado, y ese no es el objetivo. Prefiero seguir contemplando mis bonsai,  o quizás regarlos con agua fresca, ya les toca. A propósito, creo que tengo que podar algunas ramas