Prieta

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Hoy domingo 9 de noviembre del 2014, aproximadamente a las once de la noche, se despidió con su dolor y con el nuestro, leal, amorosa y protectora, nuestra inolvidable Prieta.

Llegaste a nuestras vidas como una indefensa bola de pelos, negra y con olor a leche, y desde ese instante nos adoptaste bajo tu manto protector, impregnando nuestro hogar de ti, de tu juguetona personalidad, de tu inocencia, de tu humildad.

No exigiste mucho, como mucho un plato de comida al día y caricias, esas con el tiempo se hicieron menos frecuentes y que tú, paciente y resignada añorabas cada día.

Hoy te fuiste, vieja y desgastada, adolorida también, a pesar de que mi mano trataba en vano de anestesiarte. Te fuiste sin reclamar, sin molestar, como lo hiciste siempre; te fuiste tranquila con la satisfacción del deber cumplido, de haber amado.

Cuánto extrañaré tu nobleza, tu eterna sonrisa, tu cola inquieta buscando incesantemente aprobación, contacto, amor.

Cuánto extrañaré lanzarte el palo y verte correr ágil y hermosa en aquél solar que ahora es tu última morada.

Amada Prieta, Prietura, qué pura y blanca es tu alma; sí, tu alma, esa en la que cabe la humanidad entera.

Leal Prieta. Generosa Prieta. Guardiana Prieta.

Qué ejemplo nos has dejado. Ya quisiéramos ser tú y así finalmente poder desprendernos de este pellejo de humanidad fría y egoísta.

Perdóname por no estar ahí cuando me necesitaste. Perdóname por no jugar más contigo, perdóname por no acariciarte más, por no cuidar más de ti, perdóname por abandonarte en ese rincón de mi alma. Perdóname pero estoy muy lejos de ser como tú.

Gracias Prieta querida, gracias por amarnos incondicionalmente, por tu ejemplo, gracias por tu lealtad y valentía, gracias por dejar marcada tu huella en nuestro corazón humano y endeble. Gracias por perdonarnos.

Hoy te fuiste para siempre, con dignidad y estoicismo, tu cuerpo afectado por el dolor y la pena, echado sobre las frías baldosas del gazebo, rincón aquél donde te exiliaste para no molestar. Y aún así, no dejaste de amar.

¿Quizás no sea demasiado tarde para un último paseo?

Y llevarte a la playa y verte retozar en la arena y correr libremente mientras intentas morder las olas. Un último paseo en la camioneta para ver tu cara realizada y sonriente, la lengua a un lado y el viento abultando graciosamente tu hocico. O quizás un último paseo para ir al campo que nunca conociste y llevarte al río y bañarnos juntos, yo cargando tu pesado cuerpo de Pastor, tú nerviosa y temblorosa. Luego podrías echarte a dormir bajo el cálido sol del mediodía, el arrullo de los pájaros en el fondo, ahí en la terraza de la cabaña del campo que no llegaste a conocer.

Quizás no sea demasiado tarde para dar un paseo por el barrio y verte caminar con gracia, sin tirar de la correa, justo a mi lado. Quizás podamos simplemente cruzar al solar donde ahora duermes con placidez para jugar a buscar el palo y ver tus ojos juguetones, atentos mientras lo sostengo en el aire y luego verte correr majestuosamente y olfatearlo y morderlo y traerlo de vuelta con orgullo.

¿Quizás no sea demasiado tarde para un último paseo? ¿Quieres?

Premio de cuento en el Concurso Internacional Casa de Teatro 2013

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Mi cuento A ritmo de blues

fue publicado en la entrada de febrero del 2014,

cuando todavía no había sido galardonado jijiji.

El paquidermo sonriente

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Segundos antes de disparar, el monarca cazador de elefantes se sintió sobrecogido por la serena mirada del animal. Luego observó incrédulo, cómo se dibujaba una casi imperceptible sonrisa en los labios del paquidermo. Retumbó la explosión en la estepa. El gigante mamífero cayó pesadamente al suelo mientras todos observaban impertérritos al coloso dormido, ya no resultaba tan peligroso, de hecho, parecía inofensivo y pacífico. Todos menos el rey, que también había caído desde su montura y yacía con la cadera hecha pedazos, tratando de descifrar la inexplicable sonrisa de su extinta víctima.