No te sonrojes, mi dulce guardiana.

Para mi nunca has crecido, por más dientes que hayas echado, por más grave que sea tu gruñido, sigues siendo la misma perra inmadura de siempre, la misma juguetona, inquieta, cariñosa y leal compañera de siempre. Hoy salí a pasearte y caminabas con todo tu donaire y tu madurez a mi lado, sin adelantarte a mis pasos, observando el entorno, alerta, protectora, los transeúntes bajando a la calle o cambiando de acera cuando te divisaban a lo lejos, temerosos de tu porte señorial de bestia salvaje y peligrosa. Para mi sigues siendo la misma bola de pelos que hace más de diez años llegó a nuestras vidas, tú, mi amada Prieta, dulce guardián, siempre te estaré agradecido por tu compañía y celo desinteresado.

Este cuento va dedicado al libro…en su día

¿Dónde estarás autora de mis desgracias? Es cierto que por ti conocí a los más grandes de la literatura, a quienes no quiero siquiera mencionar para no reavivar mi eterno dilema de quién es el mejor, quién es universal y quién no, o cuál es más puro o más original, quién ha influido más en los intentos que he hecho por escribir, en fin, no es el momento de caer en esas tontas discusiones internas que al fin y al cabo me llevan a Melville, Cervantes, Fuentes, Neruda y porqué no, a Márquez, a Kundera o a Suskind, y hasta a Zazo, a Gil o a Messón, que creo no los conoce mucha gente pero que para mí son muy buenos. Pero sigamos con lo nuestro. Decía, ¿Dónde estarás autora de mis desgracias? Aunque también de mis alegrías y de mis logros; de mis pasiones y mis desenfrenos; de mis sueños. Es imposible pensar en ti sin caer en las mismas reflexiones de siempre: y es que realmente por ti soy lo que soy. Recuerdo aquel día que te conocí. En ese momento comenzó mi carrera loca por la erudición sin ningún fin, sólo para perseguirte y demostrarte (demostrarme) que no eras más que una simple larva de las letras. O ¿qué te crees, que no puedo vivir sin tus descabellados caminos de palabras entrecortadas y sin ninguna esencia literaria? ¿Que tu arte para desmenuzar las grandes obras de los grandes escritores y hacer de sus despojos un montón de disparates, de basura literaria sin ningún sentido, es lo mejor que me ha pasado? Para nada, sabes que te aborrezco y si te tuviera en mis manos te aplastaría como a otro bicho cualquiera con mis brillosos zapatos; sí, ya sé que por ti los tengo también; bueno, a fin de cuentas para ser bibliotecario tengo que vestir bien y poner el ejemplo. Esta es la casa del conocimiento y yo soy su representante, ni modo que ande por ahí mal vestido y mugriento como tú. Yo no. Yo soy un intelectual. Según lo que leí en una enciclopedia virtual (si, ya sé que no sabes qué es), “el intelectual medita, reflexiona, discurre, se inspira, goza, busca, investiga, analiza, discierne, desmenuza, razona, contrapone conceptos, filosofa, organiza las ideas, proyecta, imagina, especula, atribuye causas a los efectos y efectos a las causas, interconecta fenómenos, en fin, hace uso de las limitadas, pero a la vez, vastas capacidades de la mente humana”. Eso es lo que yo hago y he hecho después de que te conocí. Sin embargo, tú no. Tú ni siquiera te acercas a ese término tan profundo y selecto. Quizás podrías llamarte una outelectual.

Pero, ¿Dónde estás mal nacida? Te he buscado entre todos los estantes de esta inmensa biblioteca, en todos los archivos, en todas las gavetas, en todas las cajas, en el piso, en el falso piso, entre las paredes, en todos los rincones de este salón del saber y no sé de ti. Y pensar que todo empezó con ese insignificante librito. Ese día estaba desempolvando los estantes de la segunda planta cuando me encontré con ese pequeño tomo escrito por ti. En esos tiempos todavía no era “El Bibliotecario” de la más grande biblioteca de la ciudad. Era un simple amo de llaves (porque siempre me han gustado los títulos) y nadie me tomaba en cuenta. Antes de abrirlo, en la portada, ya había sido cautivado por la huella imborrable de tus trabajos. Luego pasé página por página, siguiendo con cuidado y una curiosidad enfermiza el trazo de tus ideas y me fue imposible detenerme hasta que llegué a la última, esa que dice fin. A partir de ese momento me convertí en tu cazador. Hace ya más de treinta años que ocurrió ese encuentro contigo y hace ya más de treinta años que dejé de barrer para leer. Pero hace treinta años que no te encuentro.

Recuerdo el día en que el director, al verme pasar más tiempo con un libro en las manos que con la escoba, me ofreció el cargo de asistente. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Pero no por el hecho de tener otro tipo de empleo, o de ganar más dinero, sino por estar más cerca de ti. Ahora tenía licencia para cazarte.

Desde ese día te he buscado sin ningún resultado. He pasado y repasado las páginas de cada uno de los volúmenes de este sagrado recinto y no he podido encontrarte. He recorrido cada una de las librerías, bibliotecas y compra ventas de libros tratando de dar contigo pero he fallado. Me he topado con tu trazado en muchos de los libros que he devorado ávidamente. Tus rastros se ven por todos lados en cualquiera de los grandes clásicos, en los contemporáneos y hasta en los inéditos, pero aunque es tu firma, no eres tú, no es tu nombre. ¿O será que no quiero entenderte cuando me hablas? Como aquel día (aquella vez) cuando leía “Las mil y una noches” y siguiéndote de cerca en cada una de sus palabras, en cada una de sus páginas, como si hubiesen sido escritas por ti, me encontré con esas palabras interrumpidas en las últimas páginas del libro.

En la página ochocientos treinta y cinco del primer volumen de la primera edición de mil novecientos setenta y dos, en la oración que comienza con “Oh madre de Abdalah”, faltaba la letra h. En la página ochocientos treinta y siete, en la misma ubicación anterior, donde se lee “Azogue dijo”, faltaba la letra u. Luego en la página ochocientos treinta y nueve, de igual forma, en el mismo lugar de las palabras anteriores (como si hubieses atravesado con tu lengua de carpintero simétricamente cada una de ellas a propósito) en la palabra “mago”, faltaban las letras m y a. En la próxima, la ochocientos cuarenta y uno, en la continuación de la palabra “desenvainó”, la letra n y la o no estaban. En la página ochocientos cuarenta y tres, en la palabra “contemplaciones” no se veía bien la letra o. En las últimas dos páginas, en la ochocientos cuarenta y cinco y ochocientos cuarenta y siete no faltaba ninguna letra, pero un pequeño agujero parecía señalar dos palabras que terminaban la oración junto a las otras letras puestas en orden: estas palabras eran amaestrados y mono. Con los años de lectura había desarrollado una habilidad única para formar palabras con letras de diferentes oraciones sin darme cuenta, como si tuviera otro par de ojos siempre atentos a este inútil juego, y al ver estas me asusté tanto que cerré el libro y no volví a leer por una semana. Juntas decían “humanó o amaestrados mono”. Pero mi rigor crítico me permitió leer “humano o mono amaestrado”.

Ese incidente fortuito no hizo más que agravar mi locura por encontrarte, perdido entre las páginas de un libro, periódico, revista o cualquier documento que contuviera letras y papel. En todos encontraba tu rastro, tu estilo único de escribir, tu influencia, tu firma, pero en ninguno estabas tú. Sólo tu olor.

Aunque no te conozca, eres mi autora más admirada, la más universal, la más genial. Creo que nadie te ha admirado ni deseado más que yo, aunque sólo sea para aplastar tu cabeza de insecto y ver toda tu materia gris desparramada entre las páginas de tus propios libros.

¿Dónde estarás, autora de tantos crímenes literarios, de tanto genocidio intelectual? ¿Dónde estarás maldita larva come libros?

Buena apreciación de un español sobre autores en español, no necesariamente de España. Valga la redundancia…hablando en español.

Avatar de jsmerchanCafé y Letras

Los matices de la lengua española son alargados, como la sombra del ciprés de Miguel Delibes. En el último mes dos han sido las obras que han entretenido mis momentos de lectura: la primera, Los Detectives Salvajes del chileno Roberto Bolaño; la segunda, Los Girasoles Ciegos del español Alberto Méndez. En común, una profusión de estilos dentro del mismo libro, una variedad de voces en un mismo capítulo, personajes sacrificados y sufridores, ambos suenan a biografías, ambos tratan la derrota…Demasiadas similitudes entre libros que podrían ser uno la antípoda del otro. ¿Y cuál es a mi juicio la gran diferencia? El tono y el lenguaje.

Tomemos como referencia al libro de Méndez, bien es cierto que es un libro impregnado de muerte, derrota y la tragedia de la guerra; igual, Bolaño vierte, en las cerca de 600 páginas, muerte, derrota y la tragedia de la vida. A Méndez, como a…

Ver la entrada original 280 palabras más

La alcantarilla

Estaba completamente desnuda, por lo menos eso fue lo que vi de su cuerpo mientras me acercaba a la alcantarilla donde estaba clavada como una flecha mostrando esos enormes glúteos circundantes, perfectamente alineados con su prodigioso derrier, el hilo dental recorría toda su circunferencia mostrando inequívocamente su desenfado, sus curvas completamente armonizadas con la cintura, un stradivarius originalmente tallado en la oscuridad de mis pensamientos sórdidos que contrastaba suspicazmente con la rugosidad de la acera, evocando mis últimos recuerdos húmedos, como aquella noche lluviosa que caía como un block de ocho pulgadas sobre mi y me recordaba que era un fracasado, un losser, un maldito enfermo hijo de nadie que nunca tendría la más mínima oportunidad para demostrar que podía hacer algo valioso en la vida, ser alguien, así era la noche y así me sentía hasta que la vi con mis propios ojos de lagarto verde petrificado, me detuve, di un par de pasos hacia ella decidido a verificar los detalles de mi hallazgo, sus poros, todavía, se manifestaban en una exquisita piel de gallina que denotaban el correcto funcionamiento del musculus erector pili o bien, su facilidad para congraciarse con la vanidad y el erotismo, me acerqué, me saqué los ojos y los fijé en aquel paisaje surreal que había encontrado, me ruboricé igual que ella, noté el fino bordado de su ropa interior, tal y como lo había visto en las revistas pornográficas, un noventa y un por ciento de seda y un nueve por ciento de spandex, los bordes estampados adheridos a la piel como un parásito, delineando lo indescifrable, iba a tocarla, pero entonces analicé el contorno de sus muslos, perfectos, dignos del espejo o de Velásquez, no pude hacerlo, como otras tantas veces en mi vida que no pude hacerlo, que me acobardé, pero coño ahora era diferente, un bella mujer yacía bajo mis pies, semidesnuda, apacible, indefensa, quizás muerta, y sólo yo estaba ahí para atestiguar el magnicidio, tenía que hacerlo, era el momento de reivindicar mi poca hombría, me incorporé de nuevo, me pasé las manos por los ojos nublados y la frente sudada, saqué mi celular y busqué desesperadamente el marcado rápido que correspondía al número de la policía, no hay señal, maldición, será este mi destino, pero recuerdo el bbchat, por suerte tengo un blackberry, entro al menú y me dispongo a enviar un mensaje, pero a quién, la miro de nuevo, se ve tan desvalida, tan inerme, tan…tan hermosa, siento un cosquilleo en el área del bolsillo izquierdo, vislumbro un imperceptible bulto entre las dos piernas de las prominentes nalgas en la alcantarilla, lo interpreto carnoso, delicado, suculento, meto mi mano izquierda en el bolsillo izquierdo, la miro, es como una diosa dormida, la bella durmiente pero con hilo dental, lo siento duro como un roble, guardo el blackberry en el bolsillo trasero derecho, me desabrocho el pantalón, bajo el zipper, no tengo ropa interior, típico en mi, me lo saco, comienzo a masturbarme, mirándola, imaginándome penetrando en aquel diminuto bulto, en la alcantarilla de mis sueños, en mi mediocridad, entonces veo las luces de la sirena de la policía reflejadas en sus nalgas, no me dio el tiempo, he fallado de nuevo.


Golpe de Estado

En un gobierno cualquiera, como el nuestro, un Presidente comienza a verse amenazado por un conjunto de cartas de origen desconocido. Las cartas llegan de forma misteriosa y el equipo de investigación del S.S. las analiza cuidadosamente. Están escritas a mano, con una caligrafía y ortografía excelente y el mensaje siempre es uno: “El Presidente será asesinado”. Las cartas son cada vez más seguidas y la intranquilidad que reina en la casa presidencial es cada vez mayor. Una de esas noches, la guardia presidencial apresa un hombre que estaba colocando un sobre debajo del limpiavidrios del carro presidencial que estaba estacionado en un restaurante conocido de la capital del país. Dos días después del apresamiento, las investigaciones determinan que las cartas provienen de un conocido profesor de Literatura de la universidad estatal que devino en loco.

Después de un extenso interrogatorio el hombre finalmente explica el origen de las cartas. Según él, un carro con placa militar le hace entrega de las cartas, todas las noches, en un lugar específico, para que él las haga llegar a la casa presidencial. Si no lo hace, lo matan. En sus locas explicaciones, solicita la presencia de la Primera Dama y como le es negada, argumenta teorías locas sobre su idilio con ella que terminan en discursos políticos y todo cuanto le pasa por su filosófica y casi genial mente desquiciada.

El gobierno no se atreve a enjuiciarlo por la simpatía que había creado en el pueblo y es enviado a un sanatorio bajo estricta vigilancia.

Unas semanas después, la Primera Dama visita al demente acompañada del Asistente del Presidente y una fuerte escolta.

Cuando la vio quedó enmudecido y se limitó sólo a responder sus preguntas muy sinceramente.

– ¿Por qué haces esto?

– Porque creo que usted es Minerva que encarnó en el cuerpo de Afrodita.

– ¿Por qué inmiscuyes al Presidente en una historia así?

– Para llegar a usted.

– ¿Quién te ordenó que hicieras esto?

– El amor.

La Primera Dama se siente desnuda ante las palabras infrarrojas de su interlocutor.

– ¿Sabes algo más?

El demente se sobresaltó y comenzó a divariar sobre cuestiones políticas y pasionales. Frente a su actitud agresiva el asistente del Presidente decide terminar la visita.

La noche antes de la última manifestación del partido del Presidente para su reelección, el demente escapa del sanatorio misteriosamente. La noticia llega a oídos de la presidencia pero por órdenes del mismo Presidente el discurso no se cancela y continúan los preparativos.

Ya en el discurso, frente a una guardia más celosa que nunca, en medio de fanáticos seguidores, se respira más tensión que oxígeno. Unos ojos espían calladamente mientras los de la Primera Dama parecen buscarlos. Súbitamente, un hombre con barba y desaliñado se ve corriendo hacia el Presidente y luego se ven caer ambos al piso. Cuando la guardia presidencial logra asirlo, notan que está herido de muerte y que el Presidente está bien; detrás del Presidente, la Primera Dama queda sosteniendo una pistola en manos viendo paralizada cómo ha fallado a su objetivo. En medio del tumulto el asistente del Presidente toma la pistola de las manos de la Primera Dama y apunta al Presidente. Un francotirador de la escolta presidencial lo intercepta y le hace un disparo mortal.

Las miradas del Presidente, la Primera Dama, la escolta y los miembros del gabinete estaban ahora reposando confusas sobre el loco que yacía moribundo. La Primera Dama se acerca un poco y con el rostro lleno de confusión le pregunta:

– ¿Cómo lo supiste?

El la mira satisfecho y le contesta:

– El amor es un estado fallido.