Allá


El olor a vómito y a orín humano se ha adueñado del aire y me asfixia. La grasa corporal envejecida de los indigentes miserables se ha encostrado en las paredes, y hacen que las gomas de mascar pegadas en ellas por los amos de la chatarra, resbalen mucilaginosamente como mocos de una especie nueva de gripe. Pero ninguna persona, si acaso así pueden llamarse, parece percibirlo. Mientras camino, una masa de gente vacía se apresura en una carrera que no parece tener ni comienzo ni final, apretujándose unos a otros como vacas guiadas al corral, sin el más mínimo atisbo de humanidad. Gruñidos, cortes de ojos, codazos, empujones, parecen ser el lenguaje de esta civilización de topos sin modales que no pueden hablar.

Allá, por el contrario, la gente es gente. Con permiso, pase usted, a su orden, gracias, buenos días, adiós. Cuánta falta me hace la cortesía y los buenos modales.

El ruido es ensordecedor. Cuando se aguza el oído se puede oír por separado. En primer plano, un estridente tono alto de motores y mecánica hidráulica que crece con las horas pico, luego, más acompasadamente, un martilleo constante de sonidos metódicos que marca el ritmo seguido de una escala de tonos eclécticos o eléctricos que erizan, y por último, en último plano, el inconfundible y tormentoso zumbido de fondo que nunca cesa y le da forma a la infernal sinfonía. Todos los días, sin el ademán de ningún nervioso director y su batuta, la orquesta comienza puntual su concierto justo antes de que el sol levante, y continúa in crescendo durante todo el día hasta taladrarme los oídos, obligándome a gritar, o a gruñir, para comunicarme, como si comenzara a parecerme a ellos.

Tan diferente allá, donde te acuestas con los grillos y te levantas con los pájaros, o con el sonido de las olas, o donde simplemente no hay sonido excepto el de la naturaleza, o el de los niños jugando, o el de tu mujer susurrándote al oído que te ama.

Subo las escaleras y nadie me mira a los ojos, nadie parece reconocerme ya. Las pseudogentes caminan apesadumbradas con la quijada pegada del pecho, cara a cara al suelo, tratando de penetrarlo, como si quisieran encontrar en él la respuesta a sus ansias y sus sueños. Nadie mira hacia delante y mucho menos a mí. A veces pienso que alguien me ha reconocido cuando la vista levantada de algún extraviado choca con la mía, sólo para caer en la realidad. No me buscaba a mí, sino a la mirada fría e inquisidora de un letrero que lo guiara en su camino. Cuando no soporto más la soledad, dirijo mi vista al suelo para ver si encuentro lo que aquellos, y por fin una mirada. Pero no es de empatía, sino de locura, de unos de esos lunáticos que se han desterrado a los subway huyendo de la realidad superficial de este mundo maldito. Entonces vuelvo mis ojos llenos de terror al suelo. Ya los entiendo. No se puede mirar.

Allá no. Allá me conocen por mi nombre. José. Y para los amigos Chepe. Allá las miradas te sobran y las manos se te cansan de tanto responder los saludos de la gente que te conoce y no te conoce. Si por casualidad te concentras por un rato en el suelo, sientes a tu alrededor cientos de ojos fulgurantes que esperan impacientes el sorteo de tu atención. Y nunca falta aquel intrépido interlocutor que entabla conversaciones infinitas sin motivo aparente y que al final resulta ser primo lejano o hijo de un compadre.

Sigo subiendo y comienzo a ver ese cielo gris, frío y seco como todo lo de aquí. Y sólo pienso en aquel pedazo de bóveda azulada que respira fresca por encima de mí y me guarda de todo lo malo. Cuando termino de salir, como escupido de esa boca oscura y fétida, de ese submundo incomprensible, me ahoga el vértigo. El dantesco exterior es aún más sombrío. Un mar de gentes sin cara, inmersos en un mutismo absoluto se debaten entre sí en medio de una sierra de ladrillos y acero que no duerme. Ni hablan, ni ríen, ni lloran, y tampoco miran o te conocen en este inframundo donde no hay identidad. Sigo caminando, con la mirada clavada en mi tierra, y poco a poco se me comienza a borrar la cara y ya el frío no me molesta, ni el hedor de las catacumbas, ni las gentes sin nombres, y me quedo sin nombre y sin ausencia.

Tan diferente que es todo allá. Allá todo el mundo te conoce y la gente sabe hablar y ríe a cantaros y hasta llora. Allá somos gentes.

Allá yo soy José, cariñosamente Chepe.

Este cuento va dedicado al libro…en su día

¿Dónde estarás autora de mis desgracias? Es cierto que por ti conocí a los más grandes de la literatura, a quienes no quiero siquiera mencionar para no reavivar mi eterno dilema de quién es el mejor, quién es universal y quién no, o cuál es más puro o más original, quién ha influido más en los intentos que he hecho por escribir, en fin, no es el momento de caer en esas tontas discusiones internas que al fin y al cabo me llevan a Melville, Cervantes, Fuentes, Neruda y porqué no, a Márquez, a Kundera o a Suskind, y hasta a Zazo, a Gil o a Messón, que creo no los conoce mucha gente pero que para mí son muy buenos. Pero sigamos con lo nuestro. Decía, ¿Dónde estarás autora de mis desgracias? Aunque también de mis alegrías y de mis logros; de mis pasiones y mis desenfrenos; de mis sueños. Es imposible pensar en ti sin caer en las mismas reflexiones de siempre: y es que realmente por ti soy lo que soy. Recuerdo aquel día que te conocí. En ese momento comenzó mi carrera loca por la erudición sin ningún fin, sólo para perseguirte y demostrarte (demostrarme) que no eras más que una simple larva de las letras. O ¿qué te crees, que no puedo vivir sin tus descabellados caminos de palabras entrecortadas y sin ninguna esencia literaria? ¿Que tu arte para desmenuzar las grandes obras de los grandes escritores y hacer de sus despojos un montón de disparates, de basura literaria sin ningún sentido, es lo mejor que me ha pasado? Para nada, sabes que te aborrezco y si te tuviera en mis manos te aplastaría como a otro bicho cualquiera con mis brillosos zapatos; sí, ya sé que por ti los tengo también; bueno, a fin de cuentas para ser bibliotecario tengo que vestir bien y poner el ejemplo. Esta es la casa del conocimiento y yo soy su representante, ni modo que ande por ahí mal vestido y mugriento como tú. Yo no. Yo soy un intelectual. Según lo que leí en una enciclopedia virtual (si, ya sé que no sabes qué es), “el intelectual medita, reflexiona, discurre, se inspira, goza, busca, investiga, analiza, discierne, desmenuza, razona, contrapone conceptos, filosofa, organiza las ideas, proyecta, imagina, especula, atribuye causas a los efectos y efectos a las causas, interconecta fenómenos, en fin, hace uso de las limitadas, pero a la vez, vastas capacidades de la mente humana”. Eso es lo que yo hago y he hecho después de que te conocí. Sin embargo, tú no. Tú ni siquiera te acercas a ese término tan profundo y selecto. Quizás podrías llamarte una outelectual.

Pero, ¿Dónde estás mal nacida? Te he buscado entre todos los estantes de esta inmensa biblioteca, en todos los archivos, en todas las gavetas, en todas las cajas, en el piso, en el falso piso, entre las paredes, en todos los rincones de este salón del saber y no sé de ti. Y pensar que todo empezó con ese insignificante librito. Ese día estaba desempolvando los estantes de la segunda planta cuando me encontré con ese pequeño tomo escrito por ti. En esos tiempos todavía no era “El Bibliotecario” de la más grande biblioteca de la ciudad. Era un simple amo de llaves (porque siempre me han gustado los títulos) y nadie me tomaba en cuenta. Antes de abrirlo, en la portada, ya había sido cautivado por la huella imborrable de tus trabajos. Luego pasé página por página, siguiendo con cuidado y una curiosidad enfermiza el trazo de tus ideas y me fue imposible detenerme hasta que llegué a la última, esa que dice fin. A partir de ese momento me convertí en tu cazador. Hace ya más de treinta años que ocurrió ese encuentro contigo y hace ya más de treinta años que dejé de barrer para leer. Pero hace treinta años que no te encuentro.

Recuerdo el día en que el director, al verme pasar más tiempo con un libro en las manos que con la escoba, me ofreció el cargo de asistente. Fue uno de los momentos más felices de mi vida. Pero no por el hecho de tener otro tipo de empleo, o de ganar más dinero, sino por estar más cerca de ti. Ahora tenía licencia para cazarte.

Desde ese día te he buscado sin ningún resultado. He pasado y repasado las páginas de cada uno de los volúmenes de este sagrado recinto y no he podido encontrarte. He recorrido cada una de las librerías, bibliotecas y compra ventas de libros tratando de dar contigo pero he fallado. Me he topado con tu trazado en muchos de los libros que he devorado ávidamente. Tus rastros se ven por todos lados en cualquiera de los grandes clásicos, en los contemporáneos y hasta en los inéditos, pero aunque es tu firma, no eres tú, no es tu nombre. ¿O será que no quiero entenderte cuando me hablas? Como aquel día (aquella vez) cuando leía “Las mil y una noches” y siguiéndote de cerca en cada una de sus palabras, en cada una de sus páginas, como si hubiesen sido escritas por ti, me encontré con esas palabras interrumpidas en las últimas páginas del libro.

En la página ochocientos treinta y cinco del primer volumen de la primera edición de mil novecientos setenta y dos, en la oración que comienza con “Oh madre de Abdalah”, faltaba la letra h. En la página ochocientos treinta y siete, en la misma ubicación anterior, donde se lee “Azogue dijo”, faltaba la letra u. Luego en la página ochocientos treinta y nueve, de igual forma, en el mismo lugar de las palabras anteriores (como si hubieses atravesado con tu lengua de carpintero simétricamente cada una de ellas a propósito) en la palabra “mago”, faltaban las letras m y a. En la próxima, la ochocientos cuarenta y uno, en la continuación de la palabra “desenvainó”, la letra n y la o no estaban. En la página ochocientos cuarenta y tres, en la palabra “contemplaciones” no se veía bien la letra o. En las últimas dos páginas, en la ochocientos cuarenta y cinco y ochocientos cuarenta y siete no faltaba ninguna letra, pero un pequeño agujero parecía señalar dos palabras que terminaban la oración junto a las otras letras puestas en orden: estas palabras eran amaestrados y mono. Con los años de lectura había desarrollado una habilidad única para formar palabras con letras de diferentes oraciones sin darme cuenta, como si tuviera otro par de ojos siempre atentos a este inútil juego, y al ver estas me asusté tanto que cerré el libro y no volví a leer por una semana. Juntas decían “humanó o amaestrados mono”. Pero mi rigor crítico me permitió leer “humano o mono amaestrado”.

Ese incidente fortuito no hizo más que agravar mi locura por encontrarte, perdido entre las páginas de un libro, periódico, revista o cualquier documento que contuviera letras y papel. En todos encontraba tu rastro, tu estilo único de escribir, tu influencia, tu firma, pero en ninguno estabas tú. Sólo tu olor.

Aunque no te conozca, eres mi autora más admirada, la más universal, la más genial. Creo que nadie te ha admirado ni deseado más que yo, aunque sólo sea para aplastar tu cabeza de insecto y ver toda tu materia gris desparramada entre las páginas de tus propios libros.

¿Dónde estarás, autora de tantos crímenes literarios, de tanto genocidio intelectual? ¿Dónde estarás maldita larva come libros?

La alcantarilla

Estaba completamente desnuda, por lo menos eso fue lo que vi de su cuerpo mientras me acercaba a la alcantarilla donde estaba clavada como una flecha mostrando esos enormes glúteos circundantes, perfectamente alineados con su prodigioso derrier, el hilo dental recorría toda su circunferencia mostrando inequívocamente su desenfado, sus curvas completamente armonizadas con la cintura, un stradivarius originalmente tallado en la oscuridad de mis pensamientos sórdidos que contrastaba suspicazmente con la rugosidad de la acera, evocando mis últimos recuerdos húmedos, como aquella noche lluviosa que caía como un block de ocho pulgadas sobre mi y me recordaba que era un fracasado, un losser, un maldito enfermo hijo de nadie que nunca tendría la más mínima oportunidad para demostrar que podía hacer algo valioso en la vida, ser alguien, así era la noche y así me sentía hasta que la vi con mis propios ojos de lagarto verde petrificado, me detuve, di un par de pasos hacia ella decidido a verificar los detalles de mi hallazgo, sus poros, todavía, se manifestaban en una exquisita piel de gallina que denotaban el correcto funcionamiento del musculus erector pili o bien, su facilidad para congraciarse con la vanidad y el erotismo, me acerqué, me saqué los ojos y los fijé en aquel paisaje surreal que había encontrado, me ruboricé igual que ella, noté el fino bordado de su ropa interior, tal y como lo había visto en las revistas pornográficas, un noventa y un por ciento de seda y un nueve por ciento de spandex, los bordes estampados adheridos a la piel como un parásito, delineando lo indescifrable, iba a tocarla, pero entonces analicé el contorno de sus muslos, perfectos, dignos del espejo o de Velásquez, no pude hacerlo, como otras tantas veces en mi vida que no pude hacerlo, que me acobardé, pero coño ahora era diferente, un bella mujer yacía bajo mis pies, semidesnuda, apacible, indefensa, quizás muerta, y sólo yo estaba ahí para atestiguar el magnicidio, tenía que hacerlo, era el momento de reivindicar mi poca hombría, me incorporé de nuevo, me pasé las manos por los ojos nublados y la frente sudada, saqué mi celular y busqué desesperadamente el marcado rápido que correspondía al número de la policía, no hay señal, maldición, será este mi destino, pero recuerdo el bbchat, por suerte tengo un blackberry, entro al menú y me dispongo a enviar un mensaje, pero a quién, la miro de nuevo, se ve tan desvalida, tan inerme, tan…tan hermosa, siento un cosquilleo en el área del bolsillo izquierdo, vislumbro un imperceptible bulto entre las dos piernas de las prominentes nalgas en la alcantarilla, lo interpreto carnoso, delicado, suculento, meto mi mano izquierda en el bolsillo izquierdo, la miro, es como una diosa dormida, la bella durmiente pero con hilo dental, lo siento duro como un roble, guardo el blackberry en el bolsillo trasero derecho, me desabrocho el pantalón, bajo el zipper, no tengo ropa interior, típico en mi, me lo saco, comienzo a masturbarme, mirándola, imaginándome penetrando en aquel diminuto bulto, en la alcantarilla de mis sueños, en mi mediocridad, entonces veo las luces de la sirena de la policía reflejadas en sus nalgas, no me dio el tiempo, he fallado de nuevo.


Golpe de Estado

En un gobierno cualquiera, como el nuestro, un Presidente comienza a verse amenazado por un conjunto de cartas de origen desconocido. Las cartas llegan de forma misteriosa y el equipo de investigación del S.S. las analiza cuidadosamente. Están escritas a mano, con una caligrafía y ortografía excelente y el mensaje siempre es uno: “El Presidente será asesinado”. Las cartas son cada vez más seguidas y la intranquilidad que reina en la casa presidencial es cada vez mayor. Una de esas noches, la guardia presidencial apresa un hombre que estaba colocando un sobre debajo del limpiavidrios del carro presidencial que estaba estacionado en un restaurante conocido de la capital del país. Dos días después del apresamiento, las investigaciones determinan que las cartas provienen de un conocido profesor de Literatura de la universidad estatal que devino en loco.

Después de un extenso interrogatorio el hombre finalmente explica el origen de las cartas. Según él, un carro con placa militar le hace entrega de las cartas, todas las noches, en un lugar específico, para que él las haga llegar a la casa presidencial. Si no lo hace, lo matan. En sus locas explicaciones, solicita la presencia de la Primera Dama y como le es negada, argumenta teorías locas sobre su idilio con ella que terminan en discursos políticos y todo cuanto le pasa por su filosófica y casi genial mente desquiciada.

El gobierno no se atreve a enjuiciarlo por la simpatía que había creado en el pueblo y es enviado a un sanatorio bajo estricta vigilancia.

Unas semanas después, la Primera Dama visita al demente acompañada del Asistente del Presidente y una fuerte escolta.

Cuando la vio quedó enmudecido y se limitó sólo a responder sus preguntas muy sinceramente.

– ¿Por qué haces esto?

– Porque creo que usted es Minerva que encarnó en el cuerpo de Afrodita.

– ¿Por qué inmiscuyes al Presidente en una historia así?

– Para llegar a usted.

– ¿Quién te ordenó que hicieras esto?

– El amor.

La Primera Dama se siente desnuda ante las palabras infrarrojas de su interlocutor.

– ¿Sabes algo más?

El demente se sobresaltó y comenzó a divariar sobre cuestiones políticas y pasionales. Frente a su actitud agresiva el asistente del Presidente decide terminar la visita.

La noche antes de la última manifestación del partido del Presidente para su reelección, el demente escapa del sanatorio misteriosamente. La noticia llega a oídos de la presidencia pero por órdenes del mismo Presidente el discurso no se cancela y continúan los preparativos.

Ya en el discurso, frente a una guardia más celosa que nunca, en medio de fanáticos seguidores, se respira más tensión que oxígeno. Unos ojos espían calladamente mientras los de la Primera Dama parecen buscarlos. Súbitamente, un hombre con barba y desaliñado se ve corriendo hacia el Presidente y luego se ven caer ambos al piso. Cuando la guardia presidencial logra asirlo, notan que está herido de muerte y que el Presidente está bien; detrás del Presidente, la Primera Dama queda sosteniendo una pistola en manos viendo paralizada cómo ha fallado a su objetivo. En medio del tumulto el asistente del Presidente toma la pistola de las manos de la Primera Dama y apunta al Presidente. Un francotirador de la escolta presidencial lo intercepta y le hace un disparo mortal.

Las miradas del Presidente, la Primera Dama, la escolta y los miembros del gabinete estaban ahora reposando confusas sobre el loco que yacía moribundo. La Primera Dama se acerca un poco y con el rostro lleno de confusión le pregunta:

– ¿Cómo lo supiste?

El la mira satisfecho y le contesta:

– El amor es un estado fallido.

La ruta anhelada


El sol todavía tenía las nubes pegadas a su cuerpo celestial cuando desperté esa madrugada, como siempre lo hago cuando vamos a hacer una ruta larga y difícil. La cama estaba tibia por el calor de mi cuerpo transmitido durante toda la noche a la tela blanca de algodón. La habitación, por el contrario, estaba oscura y fría por las bajas temperaturas de enero. Haciendo un gran esfuerzo arranqué las sábanas de mi cuerpo febril y me incorporé lentamente hasta que quedé sentado en el borde del colchón, con extremo cuidado para no despertar el otro cuerpo que hervía plácidamente bajo el amparo de aquellas sábanas que ahora me habían abandonado al frío inclemente de la habitación. Me quedé sentado unos segundos con los ojos cerrados, los brazos cruzados y las piernas engurruñadas, en un momento de franca debilidad, evaluando la posibilidad de volver a la posición anterior por lo menos unos cuantos minutos más, sólo unos cuantos minutos más, pensé incluso en adelantar la alarma del reloj diez minutos para no quedarme dormido, a fin de cuentas eran sólo diez minutitos más de sueño apacible y cálido para luego despertar como nuevo, con el ímpetu y la determinación que caracteriza a un ciclista de montaña. Mientras seguía inmerso en estas cavilaciones oníricas, la imagen de los muchachos pedaleando por trillos y senderos en medio de los espectaculares paisajes de montañas y valles de la ruta de ese día, me cayeron de repente como un balde de agua fría y me despertaron de la amodorrada vacilación en la que me encontraba.
Me levanté de un salto de la cama, como para no sufrir otro ataque de sueño y me dirigí al baño. Me cepillé los dientes, los ojos cerrados, pero ahora haciendo un recorrido mental de la maravillosa ruta que nos esperaba. Destapé el frasco de Vaselina para untarme las entrepiernas, como me recomendó alguna vez un amigo ciclista de alta competición y de inmediato me enfundé en las licras marca Zerie, con el logo de nuestro club impreso por todos lados:

Club Manatí MTB”.

Salí con cuidado de la habitación, no sin antes dar un vistazo casi nostálgico a la cama, como evocando viejos recuerdos. El cuerpo que yacía a mi lado todavía descansaba tibio en medio de su lujurioso amorío con las sábanas blancas. Aceleré el paso para no caer de nuevo en mordaces tentaciones y finalmente me vi al otro lado del umbral de la puerta. Salí a la terraza donde la noche anterior había dado mantenimiento a mi bicicleta Giant Anthem con doble suspensión Fox y componentes XT. Ahí la encontré fría y solitaria esperando por mí. Sentí alegría de verla, a mi incondicional compañera de viajes, la que nunca me había fallado, me acerqué a ella, la acaricié, observé que la cadena estuviera bien engrasada, tenté las gomas para confirmar que la cantidad de aire fuera la adecuada para la ruta, apreté las manecillas de los frenos para confirmar el ajuste que había hecho la noche anterior, y casi con ternura acaricié el sillín nuevo modelo Avatar de Gel con abertura prostática, que había comprado unas semanas antes y que estaba ansioso por probar. Llené la funda plástica del camelback con agua fría, con la previsión de no llenarlo completo para no agregar mucho peso a la montada, además de que conocía la ruta y sabía que había varios colmados donde reabastecerme de agua fresca, me puse las medias y abriendo con cuidado los pestillos de la puerta principal, dejé en la marquesina el casco, los guantes, el camelback y las zapatillas. Por experiencia sabía que tenía que ponerme las zapatillas de último para no despertar a nadie con el repiqueteo de los clips en el piso. Fui a la cocina de nuevo, pelé un guineo y lo hice desaparecer en mi boca. Luego llené un vaso con agua templada del bebedero y lo apresuré a mi estómago que ya comenzaba a emitir sus primeros cantos mañaneros. Comer y mantenerse hidratado, norma número uno de un mountain biker. Por último abracé mi bicicleta y la llevé con cuidado, sin tocar el suelo, para no hacer ruido con el sonido de maraca de los piñones y la deposité en la marquesina junto al resto del equipo. Entré de nuevo, me ajusté el IPod que había dejado junto a la llave de la casa en la mesa del vestíbulo, tomé la llave, cerré la puerta y cuando estaba colocando el cerrojo recordé que la noche anterior había limpiado los lentes de montar y estaban todavía en la mesita de noche de la habitación. Me volvió el frío, recordé la cama y las sábanas tibias, el cuerpo dormido. Abrí de nuevo la puerta de entrada y me dirigí con decisión al dormitorio. En el camino evoqué uno de los tramos más espectaculares de la ruta: un trillo estrecho copado de árboles centenarios en lo alto de una loma que luego desemboca en una de las vistas más hermosas del océano atlántico. Surreal sin duda.

Se me estaba haciendo tarde, los muchachos debían estar llegando al punto de encuentro. Los imaginé remontando el lomo de aquella loma salvaje, sin mí, y sentí envidia de ellos. Si no hubiera sido por los lentes ya estaría montado, pensé.

Abrí cuidadosamente la puerta de la habitación y un hálito de somnolencia abofeteó mi cara. Entré tanteando hasta que llegue a la cama. Me senté. Palpé con mis dedos la superficie de la mesita en busca de los lentes sin ningún resultado. Lo intenté varias veces de igual manera hasta que decidí encender la lámpara para no hacer más ruido. La luz del bombillo me deslumbró por unos instantes pero luego pude reconocer un pequeño bulto tirado en el suelo, los lentes. Los recogí y justo cuando iba a apagar de nuevo la lámpara, la vi. Era ella, mi verdadera compañera de toda la vida, mi amante incondicional, aquella que nunca me había fallado, estaba ahí, cálida y tierna, las sábanas, que antes la cubrían por completo, se habían corrido un poco y dejaban entrever algunos de sus componentes, su piel ámbar ahora brillaba por encima del blanco inmaculado del lecho, sus curvas, su derrier, su… pude incluso notar cómo el frío de enero actuaba sobre su epidermis, en sus piernas de bailarina, en su pecho. Sentí celos del frío. Me acerqué para cubrirla de nuevo con la manta de mis sueños, su cuerpo estaba caliente, hervía, la acaricié sutilmente para comprobarlo, mis dedos lo sentían ígneo, ardiente, abrasador, me pegué como por inercia para sentir en mi piel fría y desvelada el calor de sus miembros, levanté la sábana y la dejé caer sobre ambos, la abracé, poco a poco fui entrando en calor, ella se movió suavemente y me abrazó también, sentí arder la vaselina en mi entrepierna.

El sol comenzaba a despegarse las nubes de su rostro soñoliento, cuando aturdido por el placer que experimentaba en aquel momento, recordé vanamente en medio del ensueño, un trillo estrecho copado de árboles centenarios en lo alto de una loma que luego desembocaba en una de las vistas más hermosas del océano atlántico, y visualicé a los muchachos pedaleando en éxtasis total.

Apagué la luz y me acurruqué en su pecho.

Esa mañana no montaría…con los muchachos.

Los Bonsai y la literatura

Esta mañana estaba contemplando uno de mis bonsai, su pequeñas ramas, sus hojitas, sus delicadas raíces, y como siempre, en un momento dado sentí que estaba completamente absorto de lo que me rodeaba, enfocado solamente en el pequeño árbol, inmerso en una profunda meditación que se sustentaba en mi respiración y la contemplación de aquella caprichosa miniatura llena de vida. Dentro de mi profundo aislamiento puede apreciar aún más las bondades de mi criatura: su aspecto de árbol grande, su verdor, la rugosidad de sus ramas, la tozuda verticalidad de su tallo, su sinuosidad, las diminutas hojas caídas sobre la insignificante parcela de tierra, el moho alrededor de sus raíces, la perfecta armonía de sus partes; al mismo tiempo sentí la impresión de estar frente a una inmensa planta longeva, una gran Secuoya, o un robusto Drago, que lo ha visto todo, llena de poder y sabiduría, un pequeño Yoda salido de Star Wars. Su gracia para incorporarse a todo lo que lo rodea, al resto del jardín, en unidad total, pero al mismo tiempo el grado de exclusividad que ostenta su presencia, una omnipresencia de la que es muy dificil escapar cuando se le observa. Pero lo que más me afecta es su minimalismo, su brevedad, esa condición de ser grande en lo pequeño, de estar completo. Esta cualidad es lo que define a un verdadero bonsai. Al llegar a este punto saltó a mi mente abstraída, como por ósmosis,  los géneros narrativos de cuento, minificción y novela. Mientras observaba ensimismado mi bonsai no pude dejar de establecer un link entre estas miniaturas y lo que escribo. Y es aquí que llegamos al punto alfa de mi meditación en esta mañana lluviosa. Aunque me gusta la idea de hacer de esto un ensayo, voy a tratar de mudar las percepciones que experimenté en ese momento sin hacer muy extensa mi entrada de hoy, voy a tratar de aplicar lo que vi, de ser un bonsai. Un verdadero bonsai debe ser considerablemente reducido, lo que no quiere decir insignificante. Un verdadero bonsai debe ser conciso, breve, preciso, lacónico si se quiere. En un verdadero bonsai no puede haber ripios de más, sólo lo estrictamente necesario, su naturaleza nace en función de su brevedad. Lo que tampoco quiere decir que su existencia sea efímera. La belleza de un verdadero bonsai radica en el ahorro de los elementos ornamentales, en la erradicación de los bultos innecesarios. Lo mismo ocurre con la buena literatura. Tanto el cuento como la novela deben cumplir con esta inviolable regla estructural. Decir lo que se quiere con las palabras exactas. Ya se sabe que el cuento es la narración de un sólo hecho, nada más. El argumento, los personajes, el final, es sólo la maceta en la que debe crecer este vegetal literario. Por eso la concisión es parte esencial en todo cuento. Esta característica fundamental es lo que lo diferencia de otros géneros, como la novela. En esta podemos ser más extensos, podemos experimentar, improvisar, salir y entrar, abundar por el mero placer estético, siempre y cuando lo que escribamos tenga una justificación para pertenecer al todo. La minificción e incluso géneros más líricos como los Haiku, no escapan a esta realidad. En estos, a parte de la concisión de lo narrado, es indispensable la brevedad. Estos microgéneros son de hecho la más viva encarnación de lo que debe ser un verdadero bonsai. Al observar a mi bonsai esta mañana, comprendí la estrecha relación entre esta soberbia manifestación de la naturaleza y la buena literatura . Un buen cuento, minificción e incluso una novela, debe ser como un bonsai. No debe sobrar nada. Así como en un verdadero bonsai no deben haber ramas innesarias, ornamentos inútiles, en el caso de la literatura no debemos caer en lo reiterativo, no debemos permitirnos el lujo de dejar ripios sueltos. Un bonsai es armonía, es balance, es belleza, sin residuos. Un cuento, una minificción o una novela es lo mismo. Si la exprimimos no debería salir ni una sola palabra de más. Al igual que la literatura, el bonsai no se debe a un hecho fortuito de la madre naturaleza, la mano creadora de un hombre o mujer es imprescindible para su crecimiento. Así como amarramos un alambre al tallo y a las ramas principales de un bonsai para moldear la forma y el tamaño que queremos, así en la confección de una pieza narrativa tenemos que asirnos del argumento principal, del leitmotiv que nos mueve. Así como podamos, picamos y abonamos nuestro bonsai para que crezca como tal, así tenemos que hacer indefectiblemente con nuestra narrativa para poder llegar a la tan codiciada palabra «fin». La pasión vertida en ambas creaciones es inherente al hecho creador en sí. Esto no es cuestionable.

Podría seguir estableciendo similitudes entre los bonsai y los géneros narrativos que he mencionado, pero caería en el fatal error de hacer esta entrada más larga de lo debido, de adornarla demasiado, y ese no es el objetivo. Prefiero seguir contemplando mis bonsai,  o quizás regarlos con agua fresca, ya les toca. A propósito, creo que tengo que podar algunas ramas

Fábula

I

De un mundo donde los hombres son perseguidos por las mujeres. En este mundo los hombres viven aterrorizados por las mujeres que los rastrean, los acosan, los violan y se alimentan de ellos.

II

Todo comenzó una noche cuando del pene erecto de un hombre salió chocolate a borbotones.

III

El sexo femenino se adueña del mundo y nuevas guerras se llevan a cabo por el dominio de los hombres.

IV

Ningún hombre, excepto los que no habían llegado a la pubertad, se salva del poder succionador de las hembras depredadoras, que casi siempre se valen del señuelo del amor para atraparlos en sus voraces fauces, ávidas del esperma dulce y oscuro.

V

Las mujeres comienzan a cosechar a los hombres. Los experimentos en los niños para acelerar su crecimiento termina diezmando en su totalidad a la población infantil.

VI

El hombre comienza a escasearse y los conflictos entre las mandatarias de los diferentes países se agravan. El mundo está al borde de una catástrofe nuclear.

VII

El hombre desaparece de la faz de la tierra y la mujer muere de hambre.

VIII

El calentamiento global disminuye drásticamente y se restablece el orden ecológico del mundo.


El atleta

Iba corriendo con una sola pierna por la avenida Duarte mientras los automovilistas y los transeúntes lo miraban perplejos. Además de su ropa deportiva, desgastada por los años de uso, una gran bandera tricolor envolvía su cuerpo cual manto de Turín. El bravo sol de verano lo hacía ver como un espejismo, como si su piel tostada fuera de gas, etérea, y su huella cíclope se materializara por sí sola a lo largo de la gran estepa negra de asfalto. Su solitaria pierna, revestida de puro músculos, lo impulsaba verticalmente como un flamenco saltarín, sin prisa, pero con determinación. Sus ojos fijos en un punto perdido en el horizonte candente.

Al verlo desde mi vehículo sentí admiración e incluso envidia.

Es increíble que los que tenemos dos piernas no nos atrevamos a dar un sólo paso al frente por nuestra bandera. ¡Qué vergüenza! pensé.

Esa mañana, luego de pasar revista a todas las flores de su jardín, advirtió que la única flor que se había marchitado era su mujer.

El hombre tomó un pétalo en sus manos para golpear a la mujer, pero se marchitó