Autoanálisis de una metamorfosis

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto”.

Su vientre había crecido grotescamente y se desparramaba por el suelo. Al intentar mover una de sus piernas se percató de que no tenía una, sino ocho extremidades. Se sentía absurdo. No podía colegir la realidad de su estado.

Es un castigo, pensó. Karma.

Mientras observaba con náuseas su cuerpo rastrero, cientos de imágenes de una lejana vida pasada, se sucedían confusamente en el minúsculo cerebro de invertebrado que ahora ostentaba.

Luego de algunas horas de angustia, de planteamientos moralistas, filosóficos y religiosos, concluyó con absoluta resignación, que esa era la reencarnación más justa que le había tocado. 

Y tú te crees que trabajas mucho?

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Puntualidad Urbana

Estacionó su auto, se acomodó los harapos, se jorobó lo más que pudo, puso cara de tragedia y necesidad acuciante, y comenzó a trabajar.

Preludio Inesperado

Lo tenías todo preparado para esa noche. Las de antes habían sido buenas, muy buenas de hecho, pero esta debía ser demencialmente increíble, más real sin duda, tenía que ser extrema, como tu vida misma, como los deportes que practicabas, tus movimientos audaces en el mundo de los negocios, como todo lo que tú hacías, extremo, casi como caminar en el filo de una navaja gigante, así tenía que ser la de esta noche. Tu mujer te había seguido el juego durante los quince años que tenían de casados, solidaria, amorosa y llena de paciencia, muchas veces te lo dijo, “vas muy rápido”, y en realidad así ibas por la vida, a millón. Precisamente por esa impaciencia habías incorporado las fantasías sexuales a tu vida íntima con ella, te habías dado cuenta que la urgencia pueril con que llegabas al punto, no rendía muy buenos resultados, por eso tú, hombre de éxitos, te habías propuesto darle un giro a esta situación inventando una serie de ficciones noveladas, que como el mejor director/actor del cine independiente, escenificabas dentro de los límites del plató conyugal, en la habitación, la cocina, el piso, el baño o las escaleras. Aunque tu mujer lo agradecía y eso se podía medir por lo fluido de las relaciones, te decía que no siempre era necesario, que sólo necesitaba que la acariciaras un buen rato, que la mimaras, que le dijeras que la amabas, que la abrazaras, que fueras tú con ella, y a veces lo hacías, pero la verdad era que te habías hecho adicto a las fantasías sexuales. El infinito mundo de las posibilidades, lo que pudo ser y no fue, la ensoñación extrema. Ella, que te amaba más, aceptaba sus papeles y jugaba a jugar ser la mejor actriz.

Esa noche serías un jefe acosador. Ella sería tu secretaria acosada. Habías comprado una corbata nueva y un maletín de piel para ejecutivos, porque sabías que los detalles inesperados constituían la clave para el éxito de la fantasía. Acomodaste los muebles de la habitación para que se pareciera lo más posible a una oficina, luz tenue, algunos libros y la labtop sobre tu pequeño escritorio de lectura. Según lo acordado comenzarían el acto cuando los muchachos se durmieran. A las diez en punto ella recibiría una llamada a su celular donde se le solicitaba lo más pronto posible en el despacho del jefe. Todo comenzaría con cuestiones elementales de trabajo, citas, llamadas, firma de documentos, hasta ir cayendo en galanterías fuera de lugar, merodeos, propuestas de aumento de salario y el descorche de una botella de champagne que previamente se había puesto a enfriar en la champañera de cristal que habías comprado para la ocasión. En ese momento la secretaria, ya incómoda, pondría alguna excusa para retirarse, lo que sería rotundamente negado por su jefe mientras le convidaba a una “sola” copa. Esa era la parte que más te gustaba, la de desangrar a tu presa lentamente, con todos estos años de práctica habías aprendido a ser paciente dentro de la impaciencia, a demorar lo inevitable. Ya con el alcohol flotando en el ambiente, te quitarías el saco, te aflojarías la corbata y comenzarías el ataque recto y conciso. Las manos en los cabellos, ella lo evade. Una pérfida risita entre dientes. Un suave soplo en sus oídos, ella se levanta. Tú la interceptas, ella te dice que debe marcharse. Tú la tomas por la cintura, ella te retira las manos y marcha hacia la puerta. Otra sonrisa entre labios mientras le dices que la puerta está cerrada con llave. Ella te dice llena de miedo que no es correcto, que ella tiene su pareja, que lo respeta mucho y no puede hacer…

¿Hacer qué? Le dices tú. Ella te pide que abras la puerta y lo discutan mañana. Tú le dices que es demasiado tarde mientras te acercas a ella, la tomas por la cintura y la besas a la fuerza. De ahí en adelante lo que sigue es relativamente fácil, poca actuación y mucha acción. Es cuando le rompes la ropa, la tiras al escritorio y la violas en medio de súplicas y lamentos. Al final de todo ese preludio, retorna la calma, se abrazan y vuelven a ser. Pero esa noche las cosas no saldrían como lo planeaste. La llamada la recibiste tú mientras te acomodabas en el escritorio. Hay una mujer sola en la cocina de su casa preparando la cena para su marido y un ladrón entra y la viola, te dice ella. Tú le dices que deben seguir el guión según lo acordado. Ella te dice que no importa, que de todas formas la fantasía del jefe acosador es repetida y que la del ladrón que viola a la mujer casada no. Tú le dices que sí, que esa también la han escenificado. Pero no si la mujer lo desea, te responde ella. Una fantasía dentro de otra fantasía, ¿no te parece increíble? No podías negar que la idea era buena, la fantasía de un ladrón que entra a una casa donde una mujer solitaria prepara la cena para su marido y a la vez fantasea entre el aroma de sus platos con un ladrón que la viola salvajemente. Silencio de este lado del teléfono. No te agradaba que tú mujer llevara la iniciativa en los asuntos de la irrealidad erótica, que fuera ella la que planteara efusivamente la idea de una realidad ficcionada, mucho menos que fuera ella la que gozara del resultado de esa fantasía desgarradora y que fueras tú el que la hiciera feliz mientras era violada por un ladrón, en tu ausencia. Espérame, le dijiste resignado. Cerraste el teléfono, pasaste revista al triste escenario que habías montado, mediocre en comparación con el que había creado ella, destapaste la botella de champagne, como brindando por tu ineptitud y bebiste la mitad de un par de tragos mientras se sucedían las imágenes de tu mujer siendo violada por un ladrón desconocido, o conocido, quién sabe, y ella gimiendo de placer. Bajaste las escaleras con la botella en la mano y una media panty ridículamente puesta en la cabeza. Los detalles son importantes. Entraste sigilosamente en la cocina donde una mujer de espaldas esperaba a su marido, dejaste la botella en una esquina de la meseta de mármol y tomaste uno de los cuchillos de deshuese del estuche, te acercaste, la tomaste repentinamente por la cintura y pusiste el filo de acero sobre su garganta. ¡No te muevas! Le susurraste al oído. Lentamente lamiste su cuello y dejaste caer la mano libre por sus pechos, ella se estremeció y tú apretaste el cuchillo contra su piel nuevamente. Siempre quise hacer esto, le dijiste al oído, una mujer hermosa, sola en su casa, sin su marido. Tu mano se resbaló a su entrepierna y pudiste comprobar lo fluido de la situación. Ella estaba terriblemente excitada. ¡No por favor, no haga esto, suélteme! la oíste decir falazmente. Sabías que mentía, esa mujer quería ser violada por un vil ladrón. Entonces le diste la vuelta y la miraste a través de la malla que cubría tu cara, una sonrisa imperceptible para el ladrón, pero no para ti, se asomó en sus labios. Dejaste resbalar el cuchillo entre sus pechos cortando la tela de su bata de seda, ella se resistió y trató de liberarse, tu soltaste el cuchillo y le diste una bofetada, ella se sorprendió como en otras ocasiones y te rogó que la soltaras, recordaste la entrepierna y entonces lo decidiste, sería tu fantasía contra la de ella, cumplirías su deseo pero a tu manera, entonces la jalaste por los cabellos y volviste a abofetearla, ella te miró confundida; si quieres que te viole un extraño a mis espaldas eso tendrás, le dijiste. Ella sonrió nerviosa. Entonces terminaste de rasgar su bata, la tiraste al piso y apretándole sin piedad con una mano el cuello, con la otra rompías su ropa interior buscando la prueba irrefutable de su traición. La fantasía estaba fluyendo. Los fluidos estaban fluyendo. Esta vez no pudiste demorar más lo inevitable. Mientras lo hacías, ella apenas pudo moverse, emitir un gemido, parecía disfrutarlo más que nunca, a solas, como si no estuvieras, así tan inmersa estaba en su fantasía.

Te aferraste a ella como nunca, le atravesaste hasta el alma. Siempre al extremo, ¿recuerdas?

¿Querías gozar? Pues goza, le gritaste, pero ella no contestó, la podías ver con los ojos en blanco, sin hacerte caso, ajena a tus amenazas, en paz total. Apretaste más, la oprimiste contra el suelo con más ganas, hasta que finalmente llegaste a donde querías llegar.

Jadeante todavía te quitaste la media de la cabeza, la miraste ahí tirada en el suelo, los jirones de tela en su cuerpo, extasiada, más bella que nunca al finalizar el último acto de ese preludio inesperado.

¿Eso es lo que querías? ¿Lo disfrutaste? ¡Habla! Le gritaste.

La cocina de tu casa se fue materializando poco a poco, primero los mosaicos españoles, los gabinetes de roble, la meseta de mármol y luego ella, luego la viste a ella, la mujer de tus vidas, tu fiel compañera de fantasías.

Deja de fingir, le dijiste trémulamente, mientras veías la marca roja de tu mano en su cuello inerte.

El ojo del pueblo nunca duerme.

 

 

Ya quisiera yo poder navegar en la tierra y no en el mar.

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Allá


El olor a vómito y a orín humano se ha adueñado del aire y me asfixia. La grasa corporal envejecida de los indigentes miserables se ha encostrado en las paredes, y hacen que las gomas de mascar pegadas en ellas por los amos de la chatarra, resbalen mucilaginosamente como mocos de una especie nueva de gripe. Pero ninguna persona, si acaso así pueden llamarse, parece percibirlo. Mientras camino, una masa de gente vacía se apresura en una carrera que no parece tener ni comienzo ni final, apretujándose unos a otros como vacas guiadas al corral, sin el más mínimo atisbo de humanidad. Gruñidos, cortes de ojos, codazos, empujones, parecen ser el lenguaje de esta civilización de topos sin modales que no pueden hablar.

Allá, por el contrario, la gente es gente. Con permiso, pase usted, a su orden, gracias, buenos días, adiós. Cuánta falta me hace la cortesía y los buenos modales.

El ruido es ensordecedor. Cuando se aguza el oído se puede oír por separado. En primer plano, un estridente tono alto de motores y mecánica hidráulica que crece con las horas pico, luego, más acompasadamente, un martilleo constante de sonidos metódicos que marca el ritmo seguido de una escala de tonos eclécticos o eléctricos que erizan, y por último, en último plano, el inconfundible y tormentoso zumbido de fondo que nunca cesa y le da forma a la infernal sinfonía. Todos los días, sin el ademán de ningún nervioso director y su batuta, la orquesta comienza puntual su concierto justo antes de que el sol levante, y continúa in crescendo durante todo el día hasta taladrarme los oídos, obligándome a gritar, o a gruñir, para comunicarme, como si comenzara a parecerme a ellos.

Tan diferente allá, donde te acuestas con los grillos y te levantas con los pájaros, o con el sonido de las olas, o donde simplemente no hay sonido excepto el de la naturaleza, o el de los niños jugando, o el de tu mujer susurrándote al oído que te ama.

Subo las escaleras y nadie me mira a los ojos, nadie parece reconocerme ya. Las pseudogentes caminan apesadumbradas con la quijada pegada del pecho, cara a cara al suelo, tratando de penetrarlo, como si quisieran encontrar en él la respuesta a sus ansias y sus sueños. Nadie mira hacia delante y mucho menos a mí. A veces pienso que alguien me ha reconocido cuando la vista levantada de algún extraviado choca con la mía, sólo para caer en la realidad. No me buscaba a mí, sino a la mirada fría e inquisidora de un letrero que lo guiara en su camino. Cuando no soporto más la soledad, dirijo mi vista al suelo para ver si encuentro lo que aquellos, y por fin una mirada. Pero no es de empatía, sino de locura, de unos de esos lunáticos que se han desterrado a los subway huyendo de la realidad superficial de este mundo maldito. Entonces vuelvo mis ojos llenos de terror al suelo. Ya los entiendo. No se puede mirar.

Allá no. Allá me conocen por mi nombre. José. Y para los amigos Chepe. Allá las miradas te sobran y las manos se te cansan de tanto responder los saludos de la gente que te conoce y no te conoce. Si por casualidad te concentras por un rato en el suelo, sientes a tu alrededor cientos de ojos fulgurantes que esperan impacientes el sorteo de tu atención. Y nunca falta aquel intrépido interlocutor que entabla conversaciones infinitas sin motivo aparente y que al final resulta ser primo lejano o hijo de un compadre.

Sigo subiendo y comienzo a ver ese cielo gris, frío y seco como todo lo de aquí. Y sólo pienso en aquel pedazo de bóveda azulada que respira fresca por encima de mí y me guarda de todo lo malo. Cuando termino de salir, como escupido de esa boca oscura y fétida, de ese submundo incomprensible, me ahoga el vértigo. El dantesco exterior es aún más sombrío. Un mar de gentes sin cara, inmersos en un mutismo absoluto se debaten entre sí en medio de una sierra de ladrillos y acero que no duerme. Ni hablan, ni ríen, ni lloran, y tampoco miran o te conocen en este inframundo donde no hay identidad. Sigo caminando, con la mirada clavada en mi tierra, y poco a poco se me comienza a borrar la cara y ya el frío no me molesta, ni el hedor de las catacumbas, ni las gentes sin nombres, y me quedo sin nombre y sin ausencia.

Tan diferente que es todo allá. Allá todo el mundo te conoce y la gente sabe hablar y ríe a cantaros y hasta llora. Allá somos gentes.

Allá yo soy José, cariñosamente Chepe.

Twist

Imagen

Twist

Detrás de una imagen en blanco y negro se esconde siempre un historia full color.

La imagen y la palabra, mis dos aliadas inseparables.

Cuando se nace artista, no se puede hacer otra cosa que expresar lo que se tiene adentro, sacarlo, como si se tratara de un espíritu, un ánima que quiere hablarle al mundo en su lenguaje de ultratumba y demostrar que hay vida después de la vida.

No time to write?

Viendo esta fotografía que hice unos días atrás en mi oficina (by the way, no está hecha con una cámara SLR ni con nada parecido, la hice con mi Iphone 4s y el nuevo lente OlloClip con angular, una maravilla, de hecho ya no soy photographer, sino, Iphoneographer… pero bueno, eso es tema para otra entrada), volví a reflexionar sobre un tema muy recurrente en los escritores que como yo, no son escritores a tiempo completo. Ese tema es precisamente, la falta de tiempo para escribir. Es raro encontrar un escritor, ya sea novel o consagrado, que no haya experimentado frustración en ese sentido, que no haya maldecido el trabajo o al jefe, a la universidad o a los profesores, o en general al esquema de vida preconcebido al que se le obliga a pertenecer y cumplir como una máquina programada para eso. Sólo tenemos que hacer algo de memoria para recordar una, dos, decenas de discusiones con nuestros amigos escritores, en grupos literarios, en puestas en circulación de libros (casi siempre de escritores reconocidos), en charlas (sobre todo cuando los conferencistas son escritores a tiempo completo), discusiones que más bien podrían encasillarse dentro de lo que llamaremos «infelices sueños de escritores que no pueden escribir a tiempo completo». Por supuesto, lector empedernido al fin, no tuve que investigar mucho para dar con un libro que trata precisamente este incómodo tema. Alguien como yo, o como tú, que estás interesad@ por este asunto y que para colmo estás sacando del poco tiempo que te queda para leer esta entrada, cosa que agradezco infinitamente, se dignó en sacar los trapos al sol y escribir un tomo que aunque trata muchos otros temas, tiene dedicado todo un capítulo al objeto de mi reflexión. Se trata de «The five-minute writer» de Margret Geraghty. Aunque el libro en cuestión no ha merecido todavía el privilegio de pertenecer a mi colección personal de estudio o consulta recurrente, se podría decir que plantea muchos elementos interesantes, herramientas, y sugerencias que ayudarían a cualquier escritor, sobre todo a los aspirantes a robarles el tiempo al tiempo para escribir. Sin más, aquí les va un segmento de ese capítulo en cuestión: «¿No time to write?» Lean, desmenucen, critiquen y saquen sus propias conclusiones. En mi caso, he hecho lo propio, aprovechándolo para…para sacar tiempo y escribir esta entrada, por ejemplo.

«A student in my writer’s workshop recently complained that although she desperately wanted to write, she always found herself doing something else instead. ‘It’s finding the time,’ she said. ‘There just doesn’t seem to be enough of it.’

This is a common problem. It’s also a block. Successful writers are not usually people with time to fill. Successful writers are people whose need to write is greater than – or at least as great as – their need to do other things. Scott Turow was an attorney in a big-city law firm when he decided his urge to be a writer was too great to ignore. He wrote his first published novel, Presumed Innocent, as he commuted to his office every morning on the 7.39 a.m. Chicago and North Western train.

Consequently, when aspiring writers use lack of time as an excuse, it often suggests that there’s another deeper reason underlying their problem. This may be something of which the writers themselves may be unaware.

If you have this problem, try asking yourself what you have to gain from not writing. Everything we do in life has a pay-off on some level. This even applies to destructive or self-defeating behaviour. Take, for example, a woman – we’ll call her Brenda – who blames her husband and family for curtailing her ambitions. If only she hadn’t married a dominating man and had five children, she’d have been able to pursue her dream of becoming a marketing executive. It might be reasonable to ask here why, if Brenda was so keen to be a career woman, she married a man who told her what to do. All becomes clear when the children grow up, and a friend persuades Brenda to look for a job where she can work her way up. Unfortunately, Brenda now discovers she’s agoraphobic and can’t leave the house.

This exposes the root of Brenda’s problem. Contrary to her protestations, marriage and children actually protected her from getting into situations with which she couldn’t cope. Once that ‘restriction’ was removed, she was forced to invent another. Now, apply this to writing. Some people may be ‘too busy’ because what they really enjoy about writing is the idea of it. Thus, not writing relieves them of the need to face reality. Others may simply be afraid of failure. This is a reasonable fear. Dreams are precious and none of us want to have our dreams destroyed. If we can preserve the dream, fondly imagining that we, too, could be Stephen King or J. K. Rowling (if only we had the time) that’s the pay-off.

For my student, the underlying reason for not writing – which she discovered by doing the exercise which follows – was her feeling of guilt at doing something for her own enjoyment. In her childhood, she’d been taught that she must finish her work before indulging in pleasure. As a result, she had what practitioners in transactional analysis call an ‘until’ script:

‘After I retire, then I’ll be able to travel’.
‘OK, I’ll come out for a drink, but first I have to finish the washing-up.’ «