El presidente más pequeño de la historia de USA

En esta entrega comparto con ustedes un cañonazo de artículo del maestro José Saramago, en torno a la mentira que rodea, rodeó y rodeará (verbo que encaja perfectamente tratándose de un Ranger) a Geroge W. Bush, una mentira que, como bien señala el maestro, «circula impunemente por todas partes», y «se ha erigido en una especie de otra verdad».  Es precisamente por esta frase que publico el artículo en mi blog, quizás con el falso anhelo de que a través de ella, de la mentira, podamos llegar a la verdad de uno de los males más grandes de la humanidad: la política de los grandes imperios.

Articulos literarios.

La lluvia me moja hasta el alma – le dijo el poeta a su mujer.

A mi también me moja – contestó ella con la mirada perdida.

El mosquito (porqué puse la foto de una araña en la entrada? porque la del mosquito es disgusting.)

Las dos de la mañana, no puedo dormir, estoy tratando de leer un libro de Roberto Bolaños, 2666 para ser exacto, la parte que corresponde a los asesinatos en serie de mujeres obreras de las zonas francas de Santa Teresa, en el estado de Sonora. Sus páginas me mantienen cautivado, absorto, asqueado y al mismo tiempo excitado, cientos de mujeres aparecen apuñaladas, desmembradas, ahorcadas, violadas, en medio de un mar de sangre que parece inundar el reseco desierto de Sonora. Digo que estoy tratando de leer, porque el zumbido de un mosquito que tiene la noche entera rondado cada centímetro de mi cuerpo insomne, me saca de concentración a cada instante, subiéndome la sangre a la cabeza (su objetivo) y chupándome hasta la saciedad como un maldito vampiro de la saga de Crepúsculo; bajo estas condiciones no puedo leer y mucho menos soñar con soñar. Me decido entonces a acabar con el insecto, cierro cuidadosamente el voluminoso tomo 2666, entrecierro los ojos, me quedo quieto como una estatua de ketchup congelado, bombeando toda la sangre que puedo con mi corazón homicida, escuchando, sintiendo el más mínimo movimiento de mi enemigo alado, esperando que se pose sobre mi piel bullente de plasma, así duro unos cuantos minutos, el sudor corre por mi frente, por la falta de sueño me siento un poco mareado, pero no importa, estoy decidido a soportar estoicamente lo que fuere necesario para acabar con ese invertebrado, hasta que por fin escucho el sonido límpido y puro de sus alitas, revoloteando en el pabellón de mi oído izquierdo, lo dejo tranquilo, mi corazón bombea más rápido, sí más sangre me digo, acércate más maldito, luego lo veo, va volando con reticencia justo delante de mi nariz, mis ojos lo siguen como dos lunas llenas ensangrentadas y lo observo bajar con cautela haciendo estúpidos cortes en el aire hasta una de mis piernas, me preparo, él se posa suavemente, apenas perceptible en mi muslo y yo lo dejo, comienza a chupar y veo cómo su abdomen se infla poco a poco y cambia de color gris inmundo a rojo sangre, de mi sangre, y siento la picazón pero no importa, lo tengo todo planeado, matemáticamente calculado, cuando no puede más saca su ponzoña de mi piel taladrada y despega lentamente, pesadamente, con el abdomen repleto de mi sangre, felizmente harto, lo que yo esperaba, entonces aprieto el tomo de Roberto Bolaños fuertemente en mi mano derecha y desde el espaldar del sillón bajo mi brazo violentamente asestándole un golpe mortal. Cuando retiro cuidadosamente el tomo de mi pierna, lentamente, embebido por un morbo y una curiosidad, una perversidad insospechada ante la posibilidad del crimen, vislumbro sólo una minúscula mancha de sangre en mi piel erizada pero no veo su exiguo cuerpo de invertebrado por ninguna parte, entonces como por inercia miro el libro y ahí estaba, arrastrándose por la portada, el abdomen destrozado dejando una estela de sangre en el precioso cartón satinado. A pesar de estar prácticamente desecho, sus pequeñas vísceras desparramas detrás de él, seguía por instinto remolcando con sus patas delanteras la mitad de su cuerpo mientras el hilo de sangre dibujaba curiosamente algo que parecía un signo. Estaba disfrutando extasiado el regicidio vampiresco, me sentía pleno, de hecho comenzaba a identificarme con el asesino en serie de la novela de Bolaño, aunque el mío fuera un crimen en miniatura, el minicrimen de un simple insecto. Me sentía libidinosamente realizado. Entonces el mosquito se detuvo, había muerto, y pude notar con incredulidad que la estela de sangre mezclada con sus intestinos había dibujado un perfecto signo de interrogación, justo al final del nombre del autor, en la portada del libro donde yacía asesinado.

Nuevo Parto en el corral

Por fin sale a la luz mi nueva prole literaria, se llama «Cuentos mundanos», y por lo que veo, va a ser travieso.

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Reflexión de un hombre de dos años

«Hoy, bajo este cielo azul radiante, aquí sentado en la terraza de mi penthouse, a los dos años de mi larga existencia en este mundo tan complicado pero hermoso, he pasado revista a lo que he hecho en esta larga trayectoria. Los grandes logros, como aquel día que a pesar del vértigo di mis primeros pasitos, o cuando aprendí a decir «mira» o «kayi», para no hablar cuando me salió el primer diente o cuando me gradué de médico con uniforme y todo, ¡Ahhhh! esos fueron GRANDES años. Pero, no sólo los momentos gloriosos han recurrido a mi mente de hombre experimentado, también he recordado  las tragedias y vicisitudes, los peluches desaparecidos, las nalguitas irritadas, la falta que me hace la lechita de mi mami, los chichones, las solitarias e interminables noches donde lloraba por cinco segundos hasta quedar exhausto y ser entonces socorrido por mi papi, el hambre y la sed que llegué a experimentar hasta por dos segundos hasta que otra vez mi mami me tomaba en sus brazos y me daba una panzada, las pesadillas donde un payaso gigante no paraba de reír, los juguetes prohibidos de mi hermana, los pescozones de mi hermana. Luego de recordar con melancolía y miedo esos momentos de mi vida, hoy, sentado en este balcón de mis sueños, CONFIESO QUE HE VIVIDO, como diría el poeta. Mis ojos se pierden en la inmensidad de este teatro de la vida y no puedo dejar de agradecer lo mucho que he vivido, SOY UN HOMBRE REALIZADO. Pero lo que ha llamado mi atención en esta profunda reflexión, lo que considero el eje y la conclusión final de mi existir, es lo siguiente: a pesar de que soy un hombre rico, poderoso y lleno de fama, al punto de que los hombres y las mujeres se abalanzan sobre mí al verme en cualquier esquina y las bebas de mi edad caen sin sentido sólo de verme sonreír, a pesar de que lo tengo todo, que soy el hombre más codiciado del mundo, me he dado cuenta de que eso no significa nada. Eso no es lo verdaderamente importante en mi vida. La riqueza, la fama y el poder son pura trivialidad, cosas efímeras, sentimientos frívolos. Lo que realmente importa en mi vida es el amor, ¡OHHH! el amor, el amor y el placer incondicional que me ha brindado mi dedo por todos estos años. Hoy lo he visto claro y te pido perdón por usarte sin agradecértelo. DEDO: todo lo que soy lo debo a ti. Sin ti no hubiera sido el gran hombre que todos admiran. Gracias, nunca más te olvidaré».

El de la izquierda es Danilo … pero, y el de la derecha quién será?

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Una tacita de café para acompañar la próxima entrada en mi blog.

Negra

Negra es la creencia

el alma de los hombres

la noche cuando se acuesta

negra la belleza cuando es frívola

negra es la libertad que se priva

negra es la luz

el comienzo y el fin

negra es la historia

la nada

negras nuestras raíces

negra nuestra música

negra es la magia

negras son mis intenciones cuando te veo desnuda

mi negra.

Meneando el arroz en fogón de campo

Sala de espera

 

1:30 de la tarde. Estoy en la sala de espera de uno de esos atestados laboratorios médicos de la ciudad. No he comido y se me ha llenado el estómago de gases. Tengo un pique del diablo. A pesar de mi irritante condición, sólo para aumentar mi incomodidad, todo el que me rodea parece tener una necesidad insaciable de buscarme la cara, de sonreírme o de ponerme algún tema de conversación inútil (esta parecería ser una ley inherente al pique) y por eso mantengo la mirada hacia los impecables mosaicos del piso, concentrado en los retorcijones de mis tripas.

He sido diagnosticado con SII, es decir, Síndrome del Intestino Irritable. Una enfermedad que afecta a aquel último reducto del sistema digestivo que resguarda celosamente nuestros desdeñados desechos y que está próximo al tercer ojo ciego de nuestra anatomía.

El médico me ha indicado algunos análisis para descartar cualquier otra patología y confirmar su diagnóstico. Cuando le pregunté qué me había provocado la enfermedad, me dijo que posiblemente el estrés. No era para menos, en los últimos días, semanas, meses, me estaba volviendo loco por la cantidad de trabajo en la oficina y mi vida sentimental había colapsado por la inesperada decisión de mi prometida de abandonarme por nuestra mejor amiga. Típico cuadro de un perdedor y por supuesto, de un enfermo de SII.

Los síntomas coincidían a la perfección con mis dolencias: mala digestión, cólicos abdominales, cambios en los hábitos intestinales y sobretodo flatulencia y muchos gases. Sigo en el laboratorio con la vista hacia abajo para no chocarme con los sagaces ojos de algún feliz interlocutor. El estómago casi por reventar. Miro la neverita con el botellón y pienso en tomar un vaso de agua, pero el solo hecho de pararme me cuesta, y prefiero quedarme sentado y esperar pacientemente. Veo como entran y salen los pacientes con la curita redonda en el brazo. Los ensordecedores gritos de un niño que acaba de entrar a la sala de análisis retumban en todo el laboratorio y me ponen más nervioso. Nunca me ha gustado eso de las agujas.

Los síntomas que dijo el doctor se manifiestan en todo su esplendor. Siento ganas de defecar pero no me atrevo a ir al baño para no perder el turno.

Llevo esperando casi dos horas y media en esta repugnante sala de espera, y para rematar tengo que sostener indecorosamente este frasco lleno de mierda en mis manos.

Echo una ojeada al papelito arrugado que sostengo con el número de turno y no puedo evitar una lamentable sonrisa: 69. El señor de al lado aprovecha mi desliz y me murmura con sarcasmo – ¡’ta lejo’ usted! – mostrándome como un trofeo su ticket con el número 66. Lo fulmino con un mirada llena de hastío e incomodidad y miro de inmediato el reloj que indica el paciente número 62.

Hasta ahora he soportado estoicamente la hinchazón estomacal provocada por los gases pero los malestares han empeorado y siento la necesidad inminente de desacoplar.

Se que no puedo hacerlo en la sala de espera. A parte de que no podría dosificar la salida de aire por la inmensa presión que siento en el estómago, si pudiera hacerlo, la potente y asquerosa flatulencia de mis gases (que ya los conoció mi novia), atacaría inclementemente las narices de los demás pacientes, obligándolos a buscar un culpable, que por supuesto, sería el antipático hombre del frasco de mierda en las manos, es decir, yo.

La espera es insoportable. Me muevo en la silla tratando de desviar el indeseable éter a través de mis entrañas, pero no hago más que incrementar el deseo. Comienzo a sudar frío y una anciana enfrente me dice riendo “Ay pero miren, con el frío que hace aquí y el pobre está sudando”. No tengo fuerzas ni para mirarla. Ahora soy el centro de atención de la sala de espera.

El reloj marca el número 66. No es para menos, pienso en medio de mi situación, otro seis más y es el número del diablo. El hombre de al lado se levanta orondo y me mira con desdén. Estoy desesperado. Todos mis sentidos están ahora concentrados en constreñir ese fuerza irrefrenable que lucha por salir. Me siento desfallecer. En un intento por buscar la salida, pienso en una posible, o mejor aún, una única solución: debo esperar a que llegue mi turno para ir de inmediato al baño de la sala de análisis, ahí dejaré escapar al monstruo. Ahora no veo el reloj, sino la puerta del baño abriéndose y…libre finalmente.

Pero mi enemigo no quiere esperar.

67. Ya no puedo más, siento que si pestañara el mundo entero explotaría. Mi cuerpo está tratando de mantener cerrado el ojo ciego, pero sus parpados se abren sigilosamente en busca de luz.

Mi mente se nubla.

68. La secretaria repite varias veces el número sesenta y ocho. Por suerte para mi, el paciente con ese número se ha marchado y es mi turno. La espera ha terminado. Pero en ese preciso momento, el señor de al lado mueve bruscamente su codo dándome un ligero golpe en el estómago y ocurre lo inminente.

El reloj marca el número sesenta y nueve, pero ya es tarde.