Los Meakambut

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El primer ministro de Papúa Nueva Guinea recibió los representantes de los dos grupos. Uno era el enviado del gran consorcio internacional de mineros. El otro, un anciano en taparrabos, con plumas amarillas en la cabeza y florecitas silvestres incrustadas en su arremolinada barba, representante de la última tribu nómada en el mundo, Los Meakambut.

 El primer ministro da la palabra al ejecutivo del consorcio minero.

 – Nuestra industria es la más grande y productiva del país. La inversión de nuestra corporación asciende a miles de millones de dólares, haciendo de esta la mayor inversión extranjera en los últimos cincuenta años. Hemos elevado el producto interno bruto a más de un treinta y ocho por ciento, y los ingresos por concepto de importaciones han aumentado en un cincuenta y cinco por ciento. La economía de Papúa Nueva Guinea ha crecido en total un 13.5 por ciento luego de nuestra gestión en el mercado minero. Por tanto:

1- Solicitamos frenar las protestas de la tribu Meakambut, salvajes al fin que lo único que han hecho es acabar con los animales y los recursos de la selva en sus viajes nómadas.

2- Solicitamos la disminución de los impuestos a las compañías mineras del dieciséis por ciento al dos por ciento anual.

3- Solicitamos que se acepte la firma de contrato para la extracción del cobre y el oro dentro de las demarcaciones de lo que hoy se denomina “Territorio Meakambut”.

 El aplauso dominó todo el salón del palacio de gobierno. Las sonrisas de la mayoría de los delegados y miembros del gabinete, incluyendo la del primer ministro cerraron con broche de oro la intervención del alto ejecutivo. Luego de algunos saludos, aplausos y palmadas en la espalda, el primer ministro señaló al indígena. Ulapunguna, el representante de los Meakambut no reía. Impertérrito, el anciano se mantenía de pié, luego de escuchar con humildad la ponencia del ejecutivo de boca del traductor. Las miradas de saco y corbata se posaron en el hombre del taparrabos. Su anacrónica figura provocó un silencio sepulcral en el salón del palacio.

 Ulapunguna comenzó a hablar en un lenguaje que parecía la misma voz de la selva, una mezcla de sonidos guturales que salían armoniosamente de su boca, acompañados de suaves gestos de sus manos callosas y curtidas. El traductor, un etnógrafo inglés que vivió con la tribu por diez años, y publicó un documental de la vida de los Meakambut, interpretó al anciano.

– En el principio, Api, “el espíritu de la Tierra” llegó al bosque donde habitamos y encontró ríos y peces y cerdos y grandes árboles altos de Sagú. Pero no habían hombres. Entonces Api pensó que ese sería un buen lugar para los hombres. Abrió una grieta en el techo de la cueva Kopao y de ella salieron muchos pueblos de hombres. El último de ellos fue mi pueblo, los Meakambut. Desde entonces este ha sido nuestro hogar. El hombre blanco ha traído grandes animales de hierro para perforar las entrañas de Api. Ha talado los grandes árboles de Sagú y ha envenenadolos ríos. El hombre blanco ha traído las enfermedades a nuestro hogar y ahora morimos fácilmente.

La voz de Ulapunguna retumbaba en la cámara abovedada del recinto, parecía salir de todos lados, grave y musical. Los prohombres del lugar escuchaban embelesados al anciano, como seducidos por su voz milenaria y misteriosa. Ya no les parecía tan fútil.

– El hombre blanco ha hecho mucho daño al “espíritu de la Tierra”. Cada vez que encienden sus grandes animales de hierro, el cuerpo de Api tiembla y su grito se oye en toda la selva. Los Meakambut lloramos cada vez que esto sucede.

Los Meakambut no quieren pelearse con el hombre blanco, los Meakambut quieren paz. Pero los Meakambut quieren vivir.

– Y cómo van a vivir si no permiten que el desarrollo llegue a ustedes – lo interrumpió el ejecutivo – van a seguir cazando y comiéndose lo poco que queda en la selva?

Un murmullo se esparció como un virus en el amplio salón.

– Nuestro pueblo no puede asentarse en un solo lugar porque la comida es cada vez más escasa. Casi no hay cerdos que cazar, ni ríos donde pescar – respondió en su defensa Ulapunguna.

Al directivo empresarial le brillaron los ojos, mientras miraba de soslayo al primer ministro.

– Pero precisamente eso es lo que queremos, ayudarlos. Tenemos los recursos necesarios para que su pueblo no pase hambre y vivan en mejores condiciones.

El autoritario tono de voz del representante del consorcio minero parecía ahora más humano y hasta compasivo.

– Nosotros entendemos que ustedes son un pueblo bueno y que debemos proteger. Ustedes son un pueblo trabajador que necesita el apoyo de la clase superior como nosotros. Además ustedes son parte esencial para la cultura de Papúa Nueva Guinea. Y eso lo valoramos. Pero para cubrir los costos de la inversión que hemos hecho en este país – mirando fijamente al primer ministro – tenemos que seguir extrayendo minerales de las minas. Y eso incluye su bosque. Diga pues, cuál es la necesidad de su pueblo, lo que sea, por más grande que lo considere, nosotros se lo concederemos.

El murmullo cesó. El traductor terminó de traducir la última frase del hombre de saco y corbata con lágrimas en los ojos.

El anciano de la tribu escuchó atentamente y luego permaneció en silencio, un silencio similar al que hubo antes de que nacieran los primeros pueblos de la grieta abierta por Api.

Ulapunguna mantuvo su cabeza hacia el suelo en posición reflexiva. Los prohombres del gobierno se miraban entre sí. Un ligero murmullo iba aumentado como la fiebre que diezmaba el pueblo de Meakambut. El ejecutivo sonreía al primer ministro. El etnógrafo inglés, a su vez, lo fulminaba con una mirada.

Finalmente, Ulapunguna levantó la cabeza, miró a su alrededor, como tratando de encontrar a Api entre los presentes, y llenándose de orgullo habló.

– “Nosotros, el pueblo de Meakambut, dejaremos de cazar y de movernos siempre y de vivir en las cuevas de las montañas, si el gobierno nos da una clínica de salud y una escuela y dos palas y dos hachas, de modo que podamos construir casas”.

El ejecutivo del consorcio minero sonrió satisfecho mientras animaba al primer ministro a contestar la petición. El primer ministro, al principio un poco confundido, luego conminado por la mirada amenazante del alto funcionario extranjero, pronunció dos palabras casi inaudibles a uno de los más nobles hijos de su pueblo.

– Considérelo hecho.

El etnógrafo inglés no se dio cuenta de lo que había traducido hasta escuchar la última palabra del primer ministro. Entonces se llevó las manos a la boca y lloró. Los había sentenciado.

Corre huella antes que te borres!

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Corre huella
antes que te borres

Corre y hunde
tus sueños en la arena

Antes que
las tibias olas del tiempo te deshagan

No desesperes pero muévete

Porque cada día que pasa

Tu pisada se hace más ligera

No dudes de tu grandeza

Aunque no lo creas, eres distinta a todas las
demás

Sueña, despierta y vuelve a
soñar

Pero no dejes de grabar tu
marca indeleble

Si así lo haces,
cuando desaparezcas, todavía te seguirán

Tómate un café si quieres

Un baño de sol al atardecer

Con una buena huella amiga a tu lado

Y no olvides la botella de vino

Incluso puedes quedarte a dormir un lunes y
no ir al trabajo

Invita a tu
jefe

Cultiva el
desapego

Pero si acaso ambicionas
un convertible, mejor alquílalo

Ríe, llora, baila y de vez en cuando grita un
buen coño a los tres vientos

Medita, mira dentro de ti mismo

Ahí es donde reside la verdadera paz

Pero nunca olvides que eres una huella, una
hermosa y privilegiada

Si no,
mira detrás de ti

Corre huella
antes que te borres

Corre y hunde
tus sueños en la arena

Antes que
las tibias olas del tiempo te deshagan

Entonces

IMG_2256Entonces, “para que no pudiera decir sus últimas palabras, lo mataron en el acto pegándole un tiro […]”. Recuerdas ese cuento de Cortázar. Claro que tienes que recordarlo. Tú fuiste el que apretó el gatillo. Recuerdas su cara de terror, sus ojos revirados hacia la Santísima pidiendo perdón y clamando por una nueva oportunidad; sus manos esposadas, ensangrentadas, resbalando clamorosamente por tu brazo frío y apático de verdugo; su boca de tilapia abierta de par en par dejando escapar temerosamente su último halo de vida, su último hilo de baba que no reparaba en el más mínimo intento de dignidad cuando caía por sus labios morados de miedo y de frío. Pero a ti no te importaba. Por tus venas no corría sangre como las de ellos. Tus venas estaban vacías, en una oquedad absoluta y universal que no admitía fluidos de ningún tipo, sólo el vacío. Por eso tus subalternos decían aquello de que si te pinchaban no botabas ni una sola gota de sangre. Y tú lo sabías. Por eso gozabas cuando torturabas a alguno de esos infelices y veías su sangre brotar a cántaros de sus heridas abiertas. “Buen trabajo” te decías. Porque eso sí, aparte de todo era un trabajo y tenía que hacerse bien. ¿Qué le ibas a hacer? A ti nadie te tenía que explicar cómo y cuándo se tenían que hacer las cosas. Las órdenes llegaban a ti por la indirecta causalidad de las cosas, por un simple “y todavía está vivo”. De todas las asignaciones militares que te correspondían ésta era tu preferida. La de cazar y aniquilar lentamente al enemigo. Y tú lo sabías. Por eso eras tan bueno en este trabajo.

 Entonces, cuando le vieron la cara con la estrella en la boina se le encasquillaron los fusiles y nadie pudo disparar.

– ¡Vamos, disparen que es a un hombre de verdad que van a matar! – Dijo el guerrillero.

Recuerdas esa leyenda. Claro que la tienes que recordar. Fue entonces cuando tuviste que arrebatarle el Máuser a uno de los del pelotón para acribillarlo frente a la mirada trémula de tus hombres. Pero qué iban a saber ellos de matar a un hombre, mucho más a un héroe que ellos mismos admiraban y temían y era venerado en la mitad del continente. Ellos tenían demasiada sangre y no daban para eso. Pero admítelo, cuando lo viste tirado en el piso colando la tierra entre sus poros ametrallados por tus proyectiles le temiste más que nunca. ¿Verdad? No fueron pocas las noches que te desvelaron sus ojos negros, apuñalándote con su mirada de ballesta mientras te retaba a enfrentarte sólo con él en la oscuridad de tus pensamientos sórdidos. Fue en una de esas noche que lo hiciste inmortal.

Al amanecer era otra la historia. Tus venas vacantes te exigían sangre y entonces…

Entonces, a los trece días de que ellos abandonaran la embarcación y los caracoles en la playa dejaran de sonar bajo sus zapatos húmedos de sueños, tú comandaste el operativo para encontrarlos y te ocupaste personalmente de dar la orden de fusilamiento ahí en Nizaíto. Por fin tenías al coronel en tus manos, tu presea encontrada y merecida. Ahora que lo veías no tenía nada de héroe, era otro guardia más igual que tú. Pero había algo en él que te deleitaba, algo supremo; y sentías que el destino te había convertido irrevocablemente en un Judas y que también serías parte de la historia; siempre te habías identificado con este personaje bíblico. Sin embargo eran otros tiempos, por eso tenías que dejar que otro hiciera el trabajo sucio para dedicarte por completo a contemplar el trabajo, arrebatado, en estado de éxtasis por el olor a sangre, el sabor de la pólvora penetrando la carne y las detonaciones de los fusiles, ahí sentado en palco, obnubilado por tu obra, viendo caer otro ídolo incuestionable, otro símbolo universal que te daría finalmente tu merecido lugar en la historia. Y eso que nunca fuiste partícipe de la delegación, porque eso te obligaba a confiar, y tanto tú como yo sabemos que no confías ni en tu madre.

Pero ese día te merecías otro de esos momentos sublimes.

Sin embargo no siempre ganaste. Cómo te molestaba eso de perder. ¡Qué vergüenza frente a los superiores cuando las cosas no salían paso por paso como las planeabas! (o como te lo ordenaban).

 Entonces aquel once de septiembre (no el de los gringos), mirabas desde la otra cara de la Moneda cómo era destruido por el fuego implacable de las bombas aéreas y los tanques de guerra el edificio de gobierno que albergaba a los malditos comunistas, en especial al de los lentes con la montura negra y cuadrada y el bozo tupido. Aquel orador innato que fascinaba a las multitudes. Cómo ansiabas acallar su voz.

Después que pasó el bombardeo, te filtraste entre los cuerpos y los escombros de la libertad que tanto odiabas para hacer lo que mejor sabías hacer, y fue entonces cuando lo viste. Estabas acostumbrado a ver las vísceras fuera de sus barrigas, y la carne abierta, y los órganos y miembros desparramados y divididos de su tronco, pero cuando lo viste te dio náuseas, cuando viste su masa cerebral untada en la pared y los lentes cuarteados encima del escritorio como testigos del hecho, burlándose de ti. A pesar de que podías comer ávidamente frente a los restos de tus enemigos sin remordimiento de estómago ni de conciencia, te sentiste asqueado. No lo reconociste de inmediato porque estaba sin cara, pero poco a poco se te fue materializando y entonces lo viste allende, ahí en un salón que respiraba independencia, sentado frente a ti con la ametralladora AK en sus manos. Aunque no tenía cara, lo viste sonreírte. Tenías ganas de vomitar. No te dejó terminar el trabajo. La muerte se te anticipó.

Habías perdido de nuevo y no te gustaba para nada. En días como esos te paseabas nervioso de un lado para otro con un cigarrillo en la boca y las gafas oscuras, más oscuras que nunca, abarcándote entero. Parecías un perro infectado de la rabia. Algunos pensaban que sentías miedo a tus superiores, pero tú nunca fuiste un cobarde. Nunca temiste a los hombres. Lo que opinaran los jefes era asunto de ellos. En realidad, tú miedo era diferente. Sentías miedo a fallar, a dejarte ganar por esos soñadores de la mierda. Pero sobre todo le tenías miedo a la causa.

 En esos días, tus gafas oscuras te delataban siempre. Eran parte de un atuendo histórico que comenzaba a verse anticuado y de mal gusto. A ti no te importaba. Cada vez que salías a trabajar te los ponías y te escondías falazmente debajo de ellos al igual que los superhéroes de los comics lo hacen con sus trajes de hule cuando salen a salvar gente. En el caso tuyo, a matarlas. Y tú creyendo que nadie te conocería. Pensabas estúpidamente que tu mimetización era un escondite perfecto para escurrirte entre todos y encontrar a esos soñadores de la mierda. ¿Cómo no podías darte cuenta de que el disfraz ya no engañaba, que nadie se lo tragaba, que se estaba convirtiendo en una ofensa a las nuevas corrientes de moda? Parece que tu sed de sangre no te permitía ver la realidad que te circundaba. ¿O sería tu incredulidad respecto a la transformación? Nunca fuiste partidario de los movimientos reformadores y del nuevo pensar. Siempre fuiste conservador en ese sentido, tradicionalista por defecto; y así permaneciste toda tu vida.

 Entonces las apresaron cuando venían de visitar a sus esposos de la fortaleza, las llevaron a aquella carretera en la montaña y allá en la cumbre tú diste las órdenes de detener el jeep. Uno de tus secuaces vio el terror en los ojos de la más pequeña y te recomendó que las separaran para que no presenciaran la muerte de las otras, como cuando se va a matar a un chivo. Aceptaste la recomendación de mala gana. Te irritaba la flojera de esos pendejos que no daban ni para matar a tres indefensas mujeres, pero al mismo tiempo sabías que tu aptitud fría y perversa podía intimidar aún más a tus hombres, haciendo que se negaran a llevar a cabo sus órdenes y hasta desertaran; entonces, por el bien de la misión, les ordenaste a dos de tus compañeros que se hicieran cargo de dos de las hermanas por separado, mientras tú te ocupabas de la menor. Por supuesto, mientras más inerme te tocaran las víctimas, mejor. No porque tuvieras miedo a la lucha, porque he dicho anteriormente que no eres cobarde, sino por el hecho de oler el miedo en tus víctimas, de ver el terror reflejado en sus ojos, de oír sus súplicas. Por eso escogiste a la más joven.

Me parece ver cómo levantaste una y otra vez el mazo para desfigurar su bello y heroico rostro. Fueron unos golpes secos y limpios. Hubieras querido que su cuerpo endeble resistiera un poco más para alargar tu gozo y verla debatirse entre tus manos viles y desalmadas. Pero el destino quiso lo contrario y murió justo después del segundo. Cuando terminaste con ella, la arrastraste hasta el vehículo y luego te ocupaste del infeliz que las acompañaba. El no significó nada para ti.

Cuando metieron sus cuerpos inertes de vuelta al vehículo, oíste los quejidos de una de las hermanas. Te decía: “Nunca moriremos”. El resto es historia.

 Han pasado muchos años y casi no recuerdas aquellos días gloriosos. Todavía sigues con tus gafas oscuras, con tu porte de esbirro anticuado. Tienes suerte porque ahora es cuando más te ha encubierto tu disfraz. Nadie te conoce cuando te sientas en el parque a lustrarte los zapatos. Tampoco cuando cruzas alguna calle de Bolivia de la mano de algún niño y sus ojos te miran ingenuos a través de los cristales oscuros buscando tu pasado. O cuando piropeas a la secretaria del médico y ella sonríe diciéndote: “Se ve que usted no era fácil”. Si ella supiera. Ni siquiera tu médico de Nizaíto, que te conoce desde hace más de veinte años, ha podido ver detrás de tus ojos moribundos, mientras te daba los primeros auxilios después de tu segundo infarto. El conoce tu corazón pero no tu alma. Cuando alguien te ve solo y apesadumbrado en el asilo, no te conoce. Nadie te conoce cuando haces tus caminatas matutinas en la Alameda. Como tampoco se dan cuenta de quién eras al verte tendido en el ataúd, “en paz con Dios”. Ni siquiera yo me di cuenta de quién eras cada vez que pasaba frente a tu casa de Puerto Plata y te veía sentado pacíficamente en la mecedora, en tu terraza, en tu brillante atuendo histórico, dando la impresión de haber vivido una vida digna y ejemplar.

Ahora, no importa en qué país latinoamericano estés, si estás en el campo o en la ciudad, si caminas o estás paralítico, si has muerto o estás por morir, si vives feliz junto a tu familia o solo y abandonado, ahora pasas más desapercibido que nunca detrás de esas inconfundibles gafas oscuras. El que entró a tu casa, aquel día en que podabas las flores de tu jardín, un pasatiempo al que te volcaste en tus años de vejez como para redimirte de tus pecados, él tampoco te conoció.

 “Entonces lo apuñaló varias veces en el pecho, y al salir con el poco efectivo que encontró y algunos objetos de valor lo remató con un viejo garrote que encontró parapetado en un rincón de la casa, como si fuera una pieza de museo, mientras oía que el anciano musitaba: “no puedo morir así. . .”

A ritmo de JAzZ.

Primera
Mención Premios Funglode 2012

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31 de diciembre. Encerrada en su apartamento, sola, triste y sometida. La ciudad a sus pies celebrando el Año Nuevo, en pleno, quórum total. Ella, abstraída, ajena a esa celebración sin sentido, organiza maquinalmente y sin premura algunos papeles del pequeño archivo acordeón. Un gato maúlla bajo la luna llena, caminando encrespado por su propia sombra, mientras sus huellas, humedecidas por la tenue lluvia de invierno, quedan dibujadas en el viejo cemento de la pared que divide los dos barrios.

Bum, Bum, Bum. Retumban los fuegos artificiales, la metralla estalla en la ciudad, las luces resplandecen en la oscuridad y la niebla y sus tremores se ocultan raudos detrás de la noche. Los ciudadanos se maravillan ante el espectáculo.

El olor ocre se ha esparcido por las calles pesado y frío, templado y seco otras veces, pero siempre ocre. Algunos creen percibir en ese olor la marihuana de sus tabacos, el punto rojo que se desvanece en sus labios. Una ceniza en los zafacones despierta a los mendigos y les recuerda que es el día, el día para la recolección de las sobras. Otros creen que el olor proviene de la mierda en las cloacas. Nada de eso, es solo olor ocre. Ella prepara su quinto vodka tonic. Sus sentidos no parecen responder a ningún estímulo de este mundo. Fluye. Fluye en la soledad de sus pensamientos sórdidos, en su vodka tonic, en el hielo que se deshace sobre el vidrio martillado del vaso barato. Saborea un trago, lo engulle con avidez y piensa en el vacío, ese vacío que ha experimentado incesantemente desde su niñez. Ese que se manifiesta incierto delante de ella en la quinta planta de su apartamento. Otro gato se acerca inocentemente a los predios del primer gato, sus huellas, secas por el largo sueño debajo del zaguán del edificio, parecen flotar en la noche mientras la niebla se deja apuñalar por sus pelos puntiagudos, ásperos, enervados por su miedo a los fuegos artificiales y los gritos de los ciudadanos que se escuchan millas a la redonda. Un disco de Diana Krall se escucha de fondo. Ella lo escucha rítmica, apasionada, montada en los acordes del piano de cola y la voz en el concierto de Montreal. Aspira de nuevo otra patada del tabaco de marihuana. Se desvanece entre los acordes sostenidos por la celestial música negra en voz de blancos. Blanca. Diana Krall es blanca pero lo hace muy bien, piensa. La cola del primer gato se eleva por encima de la pared, de la frontera que lo separa del otro mundo, del otro barrio, danzando en el viento, dibujando una compleja partitura de movimientos que parecen enredarse con las notas de Diana o con los explosivos tambores de los fuegos artificiales, o con el olor ocre, el olor ocre que circunda el balcón de ella.

Sus brazos descoloridos por los meses de encierro se agarran con tristeza de la barandilla del balcón. Sus ojos abatidosse pierden en la nada. Un golpe de brisa le alborota su cabello castaño oscuro moviéndolo como en una escena de Matrix, como si no quisiera crecer, ni ser cortado, ni lavado, ni secado, ni peinado, como si no quisiera ser acariciado, ni vivir. El gato ha visto el otro gato, la pared suda bajo sus patas acolchadas que antes la acariciaban, sus garras se clavan ahora en la espalda de piedra y cemento mientras calculan el próximo movimiento. El segundo gato se tongonea sobre sus caderas cadenciosas, distraído, ajeno a las demostraciones del primer gato, quiere ser cortejado. Es una hembra.

Decenas de orugas y flores estallan en el cielo oscuro y ocre. El olor a pólvora de los fuegos artificiales lo inunda todo, se mete por las narices de los ciudadanos que bailan por el nuevo año, las mechas se queman en fracciones de segundos, los mismos que se descuentan en la cuenta regresiva del reloj que marca las once y cincuenta y cinco, el final de otro año. Bum, Bum, Bum.

El olor ocre se ha vuelto dulce. Ella acerca una silla a la barandilla del balcón de sus sueños, sube tambaleante en ella, el trago de vodka y agua tónica se agita en sus manos, el tabaco consumido, tararea la letra de la pieza que interpreta Diana Krall, danza con el viento, con las luces de los fuegos artificiales, con el olor ocre. Se sueña Diana Krall. El segundo gato se acerca sin miedo al primero, sus pelos peinados, en su sitio, nada de enervamientos innecesarios, el otro la huele, huele su propia inexperiencia, su estupidez, se ruboriza y reconoce el olor a sexo, a ocre, en la gata que se tongonea a su alrededor ronroneando suavemente en su agudo oído. Diana Krall ensimismada en su piano interpretando un blues, su cabello cae suavemente sobre su frente amplia, su ceño fruncido, sus labios humedecidos por la saliva, o la savia del éxito.

Ella bebe de un solo trago su quinto vodka, lanza al vacío el vaso y el vidrio barato corta el viento frío, pone un pie en la barandilla del balcón, luego otro y se para por completo en el borde del cemento pulido que divide la pared de su pasado y de su presente. No hay futuro. La gata rodea al gato y le cruza su cola serpentina por la cara, él pega su cuerpo febril al de ella, ella se empotra en su regazo, ronroneando un jazz de Diana Krall, lo huele, se aleja. El gato la persigue y le cierra el paso, da vueltas a su alrededor, los fuegos artificiales detonan al máximo en lo que parece ser la última manifestación de egoísmo de los hombres, su última guerra, el olor a marihuana es de ocre, los mendigos se hacen mierda en sus pantalones, todo es de oscuro.

Ella grita un nombre al vacío desde el borde del balcón de su apartamento, los ciudadanos celebran un nuevo año, ella salta, los gatos copulan, ella cree escuchar en el aire una respuesta, la música de la ciudad, los fuegos artificiales, el olor ocre, pero el asfalto le recuerda que no puede escuchar, oler, que de hecho nunca ha podido porque siempre ha estado muerta.

Los ciudadanos observan la masa deforme desparramada por el suelo de cemento ahora teñido de rojo. Los gatos maúllan de placer.

“Diablo me voy contigo”

El cuerpo colgado de Prebisterio Arias fue encontrado por su hermana cuando se levantó en la mañana a barrer el patio. Nadie entendió por qué lo hizo. No en su caso, siendo un hombre tan tranquilo y moderado.

La vida de Prebisterio Arias era como la del cualquier viejo pobre de ochenta y un años en un país como el de nosotros. Se había dejado de su mujer hacía más de veinte años, sus ocho hijos, todos de un matrimonio, eran ya hombres y mujeres y se la buscaban más o menos bien, no eran modelos de la sociedad, pero a excepción del chiquito, que había caído preso un par de veces por robos menores, eran trabajadores y de vez en cuando le dejaban caer sus chelitos. Prebisterio Arias era conocido por su seriedad y honestidad, nunca hizo lo mal hecho y nunca dejó de pagar una deuda. De hecho, el préstamo de los cincuenta metros donde construyó el rancho que habitaba, que fue el último que hizo en su vida, lo acababa de pagar hacía una semana. Ahí vivía sólo, en un tugurio hecho de cuantas cosas se pueda uno imaginar, desde latas de aceite Crisol, cartón, pleibú, hasta tablas de palma y dos o tres hojas de sin de medio uso que se había granjeado en sus buceadas por los barrios aledaños y que utilizó para mal tapar el techo. Por supuesto, el piso era de tierra y no tenía energía eléctrica. La reducida propiedad estaba situada en un arrabal en la parte sur de la ciudad, una colmena humana llena de cientos de cuchitriles que se hacinaban en torno a una enmarañada red de callejones por donde correteaban los carajitos con el binbin afuera, o donde la policía correteaba semanalmente a los pequeños traficantes de los puntos de droga. Parecía que en ese lugar todo el mundo estaba corriendo, con una prisa eterna, todos indefectiblemente involucrados en una especie de premura vacía, como si hubieran hecho algo malo, o como si le debieran a alguien. Todos menos Prebisterio Arias, que era el hombre más parsimonioso y sereno del barrio. Cuando entré por primera vez a ese patético laberinto de miseria, el día que fui a cubrir la noticia de su suicidio, más que a un barrio, me pareció estar entrando por un callejón al infierno del Jardín de las Delicias de El Bosco.

Prebisterio Arias vivió los últimos años de su vida repasando conucos y vendiendo botellas vacías. “Ello no hay tay na, y ete mundo otro lo hereda”, contestaba a los evangélicos cuando iban a su casa a pregonar que Cristo venía. Él no era lo que se llama un hombre creyente ni de la iglesia, pero todos lo conocían por su generosidad y benevolencia desinteresada. Siempre compartió lo poco que tenía. Los plátanos que tenía sembrado en el minúsculo patio alimentaban frecuentemente la barriga llena de lombrices de los hijos de los vecinos. Casi siempre llegaba con una fundita llena de mentas de guardias para repartírselas a todos esos muchachitos. Él decía que en la niñez estaba el futuro del país, que si no hacíamos algo por esa juventud tan dolida, “nos vamos a ir a la misma mierda, y más con esta partida de delincuentes que tenemos en el poder”. Quizás por eso estaba como estaba en los últimos días. Después que el presidente ganó la reelección, Prebisterio cambió. No volvió a ser el mismo. “El diablo será el garitero” le dijo a su hermana dos días antes de ahorcarse. Su propia hermana dijo que lo desconocía, que no era él, que nunca lo había visto tan desganado y pesimista. Que era verdad que de joven había sido uno de los cabezas calientes de la guerra del sesenta y cinco, pero que ya eso había quedado atrás, que él era un hombre tranquilo y conforme, que “no mataba ni una mosca”. Eso me dijo ella cuando la entrevisté para el artículo en el periódico. Pero lo que ella no sabía era lo de su enfermedad. Aunque había notado que la salud de su hermano se había deteriorado mucho en los últimos meses, nunca pudo imaginarse lo grave de la situación.

Quince días antes de suicidarse, Prebisterio había acudido con unos problemas de digestión donde un médico amigo que conocía desde los tiempos de la revolución. Después de muchos viajes, de decenas de análisis y pruebas que su antiguo compañero de luchas pagó complacido con su propio dinero, se le diagnosticó cáncer terminal en el páncreas. No se lo dijo a nadie. Por eso era que su hermana lo veía tan contrariado. Y no era para menos.

Yo no lo culpo por haberse quitado la vida de esa manera. Ochenta y un años pasando calamidades y ahora esto. Personalmente considero a Prebisterio Arias un valiente, un héroe, no por el hecho de suicidarse, si no por haber aguantado tanta penuria, tanta desesperanza por tantos años. Hasta yo en su lugar hubiera tomado esa determinación. Quizás esa hubiese sido la única forma de responder a la miseria en que hemos vivido muchos de nosotros por tanto tiempo, a la impotencia de ver cómo los malditos políticos se roban tu país, cómo los ricos se adueñan hasta de tu alma, cómo te vas muriendo en vida. Cuando vi a Prebisterio Arias colgado de la soga de nylon color azul, amarrada penosamente a una varilla que salía de la única pared de blocks que había podido levantar en el tugurio donde vivía, cuando lo vi con la cara amoratada, su frágil cuello estrangulado, la lengua gravitando fuera de su boca en una espantosa mueca que parecía una burla final, y sus descarnados puños cerrados para siempre, no lo entendí. En ese momento no comprendí cómo un ser humano podía llegar a tal grado de angustia y desesperación, qué tanta aflicción podía embargar el alma de un infeliz como él para llevarle a quitarse la vida. Cómo un hombre de esa edad, con tantos años vividos, con la madurez a que debe llegar después de vivir ochenta y un años, podía matarse así, sin más. Sobre todo un hombre como él, al que todos querían y respetaban en el barrio. Ese día que lo ví colgando como un trapo viejo de la soga de nylon color azul, lo creí un insensato.

Pero ahora pienso diferente. Ahora sí lo entiendo. Y más que eso, lo apoyo.

Te comprendo Prebisterio Arias. A tí te la pusieron difícil siempre y finalmente decidiste tomar el camino más fácil.

Por lo menos una sola vez en tu vida.

Pero, ¿por qué la nota Prebisterio? ¿porqué escribiste la nota con ese mensaje? Eso todavía no lo comprendo. Por más vueltas que le doy no le encuentro sentido a esas últimas palabras tuyas.

“Diablo me voy contigo”.

Dime Prebisterio, ¿por qué escribiste eso si acabas de salir del mismísimo infierno? 

Jazz y sal ahogados en un atardecer

Ensalada César con anchoas en mi tenedor

La yola de mis sueños tambaleándose sobre el bulevar carmesí

Mientras la loma Isabel se desnuda sobre el horizonte.

Ya no necesito reparar mi brújula oxidada

Fiebre de desolación

Mi habitación luce amarilla como la fiebre

Tiene escalofríos, tirita y delira rodeada de fantasmas y espejos

Sus paredes se cuartearon por la seca deshidratación

Nos hemos vuelto uno, mi habitación y yo, luego de esta lacerante fiebre de indiferencia

La puerta cerrada, no pasa nada ni nadie, por su angosta garganta inflamada

El suelo está inerte y pálido y amarillo, como mi piel

Nos estamos pisando constantemente para poder justificar el síntoma de la desafección

Ahora la comprendo, a mi habitación, siempre tan callada, fría y distante

Como anticipando el sufrimiento, esta fría fiebre de abulia

Los enseres petrificados sudando el mal

La amarilla luz de la mesita de noche tan apagada como mis ojos febriles

Aquella ventana, pedazo de verde, azul y salitre

Exhalando un vaho a cansancio, un fétido aliento a no hay amor

En el armario cuelga una famélica percha de alambre salado

Y en sus gavetas una solitaria pastilla de alcanfor usurpa el lugar de la fina lencería

Quién nos habrá contagiado este mal ocre?

La cama está empapada, pero no de ansias, de un sudor frío y apático, de hiel

Toda mi habitación duele, hasta su aire

Esta enfermedad no es nueva, ya la habíamos padecido mi habitación y yo

Pero no creo que esta vez salgamos vivos de esta fiebre de desolación

“I can see clearly now the rain is gone…”

Aquella tarde todo parecía normal en la calle 6 del ensache. El olor de los víveres en los calderos, lo hombres jugando dominó, los muchachos jugando al apara batea o maroteando en los patios ajenos, algún que otro perro cayéndole atrás a los motoconchos. Pero el viejo que vendía guineos en la esquina no se imaginaba la jugada que los tígueres del barrio le tenían preparada. Esa tardecita mandó como siempre a uno de los carajitos al colmado a buscarle un pachuché bien cargado de tabaco para fumárselo con la caída del sol. A esas horas del día a él no le importaba si le iba bien o no, si vendía todos los guineos o se quedaba con toda la mercancía, siempre terminaba fumándose su tabaco, tranquilo, observándolo todo desde el sillín de su triciclo, como un gurú urbano, contemplando el devenir de la cosas. Ese era su momento del día, el único instante de su penosa vida donde podía abstraerse de todo y sentirse libre. Cuando encendía el cigarro no pensaba en nada, no argumentaba, no lamentaba, no deseaba que la vida fuera distinta, solo existía. Pero ese día las cosas serían diferentes.

Cuando José encendió el cigarro no notó nada raro. En un principio. Lo que sí pasó por su mente era que el colmadero había cambiado de suplidor porque el tabaco se sentía de más calidad, más puro, más…más bueno de fumar. Los muchachos se habían agrupado en la esquina del frente, fisgoneando la escena, estudiando cada movimiento del viejo que ahora parecía haber entrado en su acostumbrado estado contemplativo. Los muchachos cuchicheaban entre si. El viejo los miraba de vuelta sin imaginar porqué lo escudriñaban de esa manera. Esos muchachos nunca se fijan en mí, qué coño será lo que miran hoy, a un viejo como yo, si a ellos lo que les interesa es su reguetón, la bailadera y toda esa mierda que tiene locos a los jóvenes de ahora. Coño pero que tabaco que está bueno!

Uno de los muchachos cruzó la calle mientras los otros lo animaban muertos de risa a llegar hasta el viejo. Déme un guineo José. Y dígame ¿cómo se siente? ¿Todo bien?

Porqué este muchacho del diablo quiere saber que cómo me siento? Como siempre, jodío.

El muchacho regreso al grupo y comentó algo que dejó a los demás incrédulos.

Este día está como bonito, a pesar del maldito calor que hace, es una bendición de Dios. Me dan ganas como de bailar, como cuando saqué a bailar a Rosa en las patronales de San Pedro allá por los años cincuenta, ese día fue cuando me le declaré. Juro que si me pusieran ese merengue de Joseíto me pararía ahora mismo a bailarlo, aunque Rosa se me haya ido. Que en paz descanses mi amor. Hasta ese reguetón me atrevería a bailarlo, después de todo no se oye tan mal, como que tiene su chulería. Me gustaría demostrarle a esos pariguayos cómo es que se baila, como es que se menea un hombre de verdad, y más en un día como este, con este atardecer tan hermoso, con los colores que tiene el sol detrás de esas nubes, nunca había visto un espectáculo de colores como este, es mágico, parece de mentira, como si los hubiera pintado Dios. La verdad que ‘ta bueno el reguetón este, a cualquiera se le quita hasta el dolor de rodilla con ese remeneo, quién habrá inventado esa vaina, coño que tabaco que está bueno, sabe a gloria, como todo en este mundo, nosotros porque vivimos empañados de la verdadera realidad, pero este mundito es una bendición, que si la política, que si la crisis, que si los delincuentes, que si los guineos se venden, que si los malditos cuartos, todo eso es pura mierda, sino mira a esos muchachos gozándose la vida, y a propósito, de qué será que se ríen, parece que han entendido como yo que la vida es una chulería, que hay que bailársela, sea un regetón del Daddy Yankee ese o un merengue de Joseíto Mateo, hay que gozársela hasta el final, pero de qué diablos es que esos tígueres del carajo se están riendo, que es lo que me miran, será por lo bien que estoy bailando en este día tan hermoso, con esos colores del sol, nunca había visto colores tan radiantes como los de hoy, es como si salieran de un cuento de hadas, y yo tan ligero, como si estuviera flotando, y esos colores, esos colores…

Yo estuve ahí ese día, yo lo vi, al viejo bailando el regetón, con su cigarro en la boca, y a los muchachos destornillados de la risa mientras lo veían gozándose al mundo, tripiándose la vida, si importar si se habían vendido los guineos, o si la vida estaba dura, o si la crisis, o si el diablo y su hermano, fumándose un cigarro cargado de marihuana que esos tiguerasos le prepararon cuando el carajito fue a comparlo al colmado, eso no lo sabía el viejo, no sabía que lo que tenía en la boca era tremendo tabaco de marihuana, como esos que se daban los rastas, un pachuché de todo el size, pero se nota que lo disfrutaba, que estaba gozando la vida por primera vez, sin tapujos, sin miedos y sin rencores. Me atrevo a decir que el viejo de los guineos de la esquina, fue plenamente feliz ese atardecer donde el sol le sonreía por primera vez en mucho tiempo.

Cada vez que veo la foto que le hice, justo antes de comenzar el bacilón en el barrio con la nota que se dio el viejo José, cuando el cigarro cargado de marihuana apenas comenzaba a surtir efecto, no puedo dejar de recordar la famosa canción de Jimmy Cliff. Y es que en realidad, mientras el viejo brincaba de felicidad y se desencajaba los huesos tratando de llevar el ritmo de aquél regetón, yo veía a José cantando en un perfecto inglés jamaiquino “I can see clearly now the rain is gone…”, como todo un rasta man.

By the way, gracias a la arrebatadora experiencia del viejo José, me enteré días después que el verdadero compositor de esa increíble canción no había sido Bob Marley, como pensaba. Pero lo importante aquí es que nos la gozamos toditos ese día. 

Una foto, una historia.

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Ella caminaba ausente y fría, como la brisa de invierno. Sus delgados brazos colgando como dos plomadas a ambos lados de sus pechos amoratados. El labio inferior todavía destilando espesas gotas de sangre, como hechas de ocre barro.
Los adeptos que salían de la misa del domingo cruzaban al otro lado de la acera para evitarla. La escrutaban de arriba a abajo mientras criticaban sus harapos rotos y sucios. Ella, mientras, continuaba seca y vacía como un pozo sin deseos, sus ojos fijos en la cruz de la iglesia, preguntándole al Dios de ellos, ¿porqué? Como si Él la escuchara.

El presidente más pequeño de la historia de USA

En esta entrega comparto con ustedes un cañonazo de artículo del maestro José Saramago, en torno a la mentira que rodea, rodeó y rodeará (verbo que encaja perfectamente tratándose de un Ranger) a Geroge W. Bush, una mentira que, como bien señala el maestro, “circula impunemente por todas partes”, y “se ha erigido en una especie de otra verdad”.  Es precisamente por esta frase que publico el artículo en mi blog, quizás con el falso anhelo de que a través de ella, de la mentira, podamos llegar a la verdad de uno de los males más grandes de la humanidad: la política de los grandes imperios.

Articulos literarios.