“Cálidas Nalgas” de Charles Bukowsky

Este Viernes por la noche
las muchachas mejicanas en el carnaval católico
parecen muy buenas
sus maridos andan en los bares
y las muchachas mejicanas lucen jóvenes
nariz aguileña con tremendos ojazos
cálidas nalgas en apretados bluyines
han sido agarradas de algún modo
sus maridos andan cansados de esos culos calientes
y las muchachas mejicanas caminan con sus hijos
existe una tristeza real en sus ojazos
como si recordaran noches cuando sus bien parecidos hombres
les dijeron tantas cosas bellas
cosas bellas que ellas nunca escucharán de nuevo
y bajo la luna y en los relampagueos de las
luces del carnaval
lo veo todo y me paro silencioso y lo lamento por ellas
ellas me ven observando
-el viejo chivo nos está mirando
está mirando a nuestros ojos;
ellas sonríen una a otra, hablan, salen juntas,
ríen, me miran por encima de sus hombros.
camino hacia una caseta
“ponga una moneda de diez en el número once y gane un pastel
de chocolate con 13 coloreadas colombinas en la cima”
suficiente por demás para un ex-católico
y un admirador de los calientes y jóvenes y
no usados ya más
aflijidos culos de las mejicanas.

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Debajo del cayo de arena

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Hoy nadé con un cardumen de sirenas en el medio del atlántico, una de ellas me tomó de la mano y me sumergió en un banco de corales alrededor de un cayo de arena perdido en el azul. Allá bailaron una danza submarina y rozaron sus colas voluptuosas por mi cara mientras cantaban en el mismo lenguaje que Homero escuchó siglos atrás. Hice el amor con decenas de ellas, me dormí sobre sus pechos desnudos y luego nos abismamos aún más en la profundidades de su mundo de escamas. Me enamoré de todas. Y ellas de mí. Pero sólo una me obsequió con una de las perlas que se deslizaba por sus mejillas. Sus ojos lagrimosos me rogaban que me quedara y yo acepté; de todas formas el viento sopla tan suavemente en estas tierras como en las de arriba.

MTB I

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Hoy pasé por el cementerio de un solitario pueblo en mi bicicleta y un muerto me pidió una bola, le hice señas de que no podía llevarlo, que iba monte arriba. Se quedó con el dedo pulgar extendido hacia el cielo mientras yo seguía pedaleando en mi mountain bike, y justo al entrar en el trillo, pensé, ¿Quién llevará a quién?

Pérdida Irreparable

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Ahí yace el cuerpo despedazado. Nadie conoce la hora de su fatal caída, aunque la gente del barrio supone que fue a horas de la madrugada, justo en el momento en que llegó de improviso aquél ventarrón. Decenas de curiosos atestiguan el hecho incrédulos, acongojados, impotentes ante la pérdida. ¿Por qué él? Un pilar de nuestra comunidad. Aquél en el que todos reposaban sus angustias y sus momentos de dicha, como yo, la noche solitaria en que le confié mi amor por Amanda. Cuánta falta vas a hacer. Tú que dabas de comer sin cobrar, que dabas cobijo al que lo necesitaba, sobre todo en esos días en que el calor inclemente azotaba sin piedad. Que pena. Ahora estás ahí tirado, tu cuerpo desmembrado en la acera. Se habrá caído o lo habrán tirado, preguntan estos mirones que nunca te conocieron tan bien como yo. Prefiero pensar que te caíste sólo. A fin de cuentas eras el Almendro más viejo del barrio.

Mi pregunta es: ¿A dónde irán ahora tus raíces?

Las Musas de hoy

Mi escritorio

Desde tiempos inmemoriales, Las Musas han venido acariciando suavemente con sus dedos de diosa las neuronas de nuestros cerebros, creando una sinapsis perfecta,  una catarsis, un estro que nos domina y nos hace crear grandes obras.  El amancebamiento entre las Musas y el pensamiento creativo es histórico, una especie de contubernio donde ambas partes se necesitan irremediablemente y son dependientes el uno del otro, como la flor y la abeja o La Viuda Negra y su micro amante o el desierto y la lluvia.

Para nosotros los escritores, Las Musas son imperiosamente vitales. No ha existido uno que no haya copulado con una de ellas antes, durante o después de mojar el papel con la tinta de esta lujuria adictiva. No importa si somos hombres o mujeres, si somos pobres o ricos, bellos o feos, ellas acuden a nosotros solicitas para saciar nuestro deseo de pro-crear, sin discriminación, open minded. Pero cuidado, Las Musas son caprichosas. Nuestros deseos no siempre son correspondidos. Tenemos que cautivarlas y enamorarlas, rendirlas tributo, un sacrificio por cada idea, verso, argumento, imagen, nota musical o señal de creatividad que aflore a nuestras mentes “frágiles y  endebles”.

Ya lo hicieron los grandes como Homero cuando las invocaba en la Odisea, “Cuéntame, Musa, la historia del hombre de muchos senderos, que, después de destruir la sacra ciudad de Troya, anduvo peregrinando larguísimo tiempo”. O quizás Virgilio en la Eneida, “Cuéntame, Musa, las causas; ofendido qué numen o dolida por qué la reina de los dioses a sufrir tantas penas empujó a un hombre de insigne piedad, a hacer frente a tanta fatiga. ¿Tan grande es la ira del corazón de los dioses?” O Dante en su Divina Comedia,  “¡Oh musas, oh altos genios, ayudadme! ¡Oh memoria que apunta lo que vi, ahora se verá tu auténtica nobleza!” O Shakespeare en el prólogo de Enrique V, “Quién me diera una musa de fuego que os transporte al cielo más brillante de la imaginación; príncipes por actores, un reino por teatro, y reyes que contemplen esta escena pomposa”.

El idilio es incuestionable. Las hijas de Zeus y Mnemósine son la luz que ilumina nuestras conciencias, ya sea en la forma de una dulce Ninfa, o en la de una poderosa Nereida, en el voluptuoso cuerpo de una Náyade o en la ocre hermosura de una Oréades. A lo largo de la historia, muchos han sido bendecidos con su magia, coronados con una eterna aureola sobre el hemisferio izquierdo de su músculo pensante. A pesar de eso, otros no han tenido esa suerte, y ellas, las Musas, pérfidas y traviesas cuando son tocadas por la música de los Sátiros, luego de embelesarlos con su amor, los abandonan en un limbo infinito de despecho. Es en este mundo que habitan los que huyen del talento natural. También están esos que por más sacrificios que hicieron en honor a ellas, nunca se merecieron su afecto.

Así lo hemos aprendido de nuestros grandes maestros.  A ellas les rezamos en la soledad del parto intelectual los escritores de ahora, aunque invocándolas con otros nombres y utilizando diferentes artilugios. Porque ellas, las Musas de hoy, son más funcionales y menos románticas. Inmortales al fin, han tenido que adaptarse a los tiempos modernos.

Hoy, por ejemplo, muchos las llaman inspiración. Hoy no se hacen libaciones con agua, leche o miel, sino con vodka, ron, vino o en su defecto marihuana. Las Musas de hoy se han transmutado. No se parecen en nada a las dulces Ninfas o a las poderosas Nereidas. Los escritores de hoy las encuentran más fácilmente observando un bello atardecer o escuchando el dulce arrullo de las olas en una playa escondida del Caribe. El voluptuoso cuerpo de una Náyade la pueden ver en el cuerpo de la modelo desnuda, y la ocre hermosura de una Oréades en una cabaña del bosque. Las Musas de hoy se convierten en cualquier cosa para encantar a sus fieles y obsequiarlos con su divinidad. De manera que, estas diosas de la inspiración pueden ser desde un disco de Pink Floyd hasta un estudio lleno de libros. Particularmente conozco algunos escritores de esta época que las han encontrado convertidas en un café de una ciudad colonial, en una fiesta rave o en una simple cama. Así como los escritores de ahora se han volcado hacia lo personal y lo urbano, así las Musas de ahora se han adaptado a los cambios sociales. Si buscamos bien, las podemos encontrar cocinando, en la oficina y hasta haciendo el amor.

Particularmente yo, las amo a todas. Y por esa razón, quizás, no me han abandonado nunca. Las encuentro en todos lados, representadas en cualquier cosa. La última vez que vi a una de ellas llegó a mí en forma de iphone. De hecho, sus hermanas  Mac y yo somos inseparables. Pero también las he conocido en las piernas de mi primera novia, en medio de un bosque, flotando en un río, en una parada de autobús, conduciendo por horas en una carretera vacía, en el balcón de un apartamento en la ciudad capital, en un niño pobre limpiando mis zapatos, en medio de la soledad, a las cuatro de la madrugada, con cuatro o cinco tragos de vodka, montando en mi bici, y aunque no lo crean, en mi escritorio.

Las Musas de ahora son más fáciles de encontrar que las de antes. De hecho son media putas. Si quieren comprobarlo, compren una botella de buen vino, vayan a una playa solitaria y luego de varias copas dedíquense a contemplar con detenimiento el movimiento del mar. Les prometo que van a ver a alguna danzando desnuda encima de las olas. Si no la ven, son de esos que no merecen su amor.

Caso No.144

ladron

Primer Lugar Concurso de Cuentos Radio Santa María

– ¿En qué podemos servirle? Le preguntó el policía de turno.

Ella lo miró todavía temblando, tratando de disimular su nerviosismo y le contestó trémula:

– Quiero hacer una denuncia.

– No hay problema – le respondió el escribiente mecánicamente, con ese tono de revólver treinta y ocho enmohecido que ha perdido la cuenta de cuantos ha matado y no repara a quien tiene en la mira – para estamos aquí en la policía, para servirle… y mucho más a mujeres lindas como usted.

Ella vaciló y casi se marcha pero se envalentonó y devolviendo la mirada desafiante del policía le dijo:

– Si pero yo quiero que sea otro que me atienda por favor.

– Bueeeno, ahí si me la puso difícil, yo creo que usted se equivocó de institución. Esto no es un hotel, esto es un cuartel de la policía y el único que puede tomarle la orden soy yo.

– Yo quiero hablar con el jefe de usted – replicó ella mostrando determinación pero sintiendo como se resquebrajaba su fina coraza de cristal.

– El comandante quiere usted decir; él está en su hora de almuerzo.

– Pero son las cuatro de la tarde.

– Ah, es que el comandante es un hombre muy ocupado y come a deshoras.

– Buenos días señora ¿qué es lo que pasa sargento?

– Si señor, respetuosamente señor, es que…mire teniente la señora vino a poner una denuncia pero quiere que la atienda otro y yo le dije que esto no es un hotel que…

– Sargento Ramírez, usted sabe que estamos para servir, váyame a buscar un café a la esquina que yo la atiendo, y que venga caliente …

– Respetuosamente señor, usted sabe que soy responsable de lo que se escriba en ese cuaderno, todavía no ha llegado el otro escribiente y…

– Le estoy diciendo que me busque un café que yo atiendo a la señora, necesita que le diga algo más o ¿quiere que hable con el coronel para esta pendejá?

– No señor, lo que usted diga señor, ahora mismo le traigo el café (coño siempre le he caído mal a este teniente hijo de puta…pero así son estos santurrones de la mierda, nunca entran en ’na, como si el sueldito este dé pa’algo.) ­– y mientras se marchaba descargó la mirada de revolver en los ojos de la mujer, como quien dice, nos vemos ahorita.

– Vamos a ver señora, ¿cuál es su nombre?

11 de Noviembre del 2009, la señora urania castellanos, cedula 001– 03457685– 9, recidente en el setor de la sona unibersitaria, calle doctol piñeiro No. 16, apartamento 3– b, se presento a este destacamento para poner la siguiente denuncia. Segun ella, a las siete de la noche, iva caminando por la calle felix maria del monte, desde el centro de la cultura de ver una espocicion colectiva de pintura y iva caminando hacia la bolíbar para coger un carro público que la llevara a su casa. Según la señora castellanos iva pensando en los cuadros de la espocicion y en particular en uno de ellos que se diferenciaba de los demas por ser el unico retrasto de la espocicion. Ademas le llamo la atension por que aunque era un retrasto este no tenia cara…

– Sra., excúseme, yo sé que esta nerviosa, pero tiene que narrar sólo los hechos. Para tomarle la denuncia tiene que contarme solo los hechos ocurridos.

– Pero eso es lo que estoy haciendo, siga escribiendo para que entienda lo que me pasó.

– Bueno. Siga entonces.

Iva ella pensando en las muchas caras que podia tener la pintura, en que definitivamente era un retrasto femenino, en que podia ser tanto de una mujer joven como el de una mujer de edad, o el de una niña, que incluso podia ser el retrasto de ella misma. Mientras iva caminando, dice ella, penso que el retrasto podia ser el retrasto de su madre, o el de su abuela, o incluso el de su hija y no sabia porque sentia esto, porqué podia ver el rostro de una mujer en este retrasto sin cara, y penso que el artista estaba pintando a todas las mujeres, a todas las mujeres del pais, del mundo, incluso a la parte femenina de el mismo, (porque el pintor era un hombre) y le paresio un cuadro increíble…

– Señora, perdóneme pero tiene que ser mas precisa, esto no es un cuento de Juan Bo, es una denuncia policíaca.

– Bueno y que usted quiere, todo esto es parte de lo que pasó. Pero siga escribiendo que ahora es que viene lo bueno.

Depues de caminar un par de cuadras pensando incansablemente en el retrasto de aquella mujer de innumerable rostros, persibio la presencia de alguien detrás de ella. Cuando miro hacia atra no vio a nadie. Entonces se dio cuenta de que era casi de noche y que estaba caminando sola en medio de un lugar desconocido. Y según ella se sintio sola. Quiso estar acompañada de los muchos rostros conocidos que estaban plasmados en aquel retrasto sin cara pero por mas esfuerso que iso para traerlos a su mente no aparecieron. Entonces segun la señora castellanos se sintio mas sola que nunca. La señora castellanos siguio caminando hacia la mencionada calle y entonces escucho unos pasos detrás de ella. Ella se biro para ver si veia a alguien pero no vio a nadie, solo escuchaba los pasos. Dice ella que acelero el paso y que de la misma manera los pasos que la seguian aceleraron el ritmo. Doblo una esquina para ver que ocurria y dice ella que los pasos desaparecieron. Penso de nuevo en el retrasto y se le antojo que el pintor la habia pintado a ella, pero cómo, si ni siquiera la conocia. Los pasos aparecieron de nuevo y ahora paresian estar mas cerca. Ella se viro y pudo distinguir una silueta entre los difuminados claroscuros de las jabillas que insistian en cubrir la luna nueva. Ahora estaba segura de que alguien la seguia. El cuadro se le esfumo de la mente. Ella acelero. Los pasos paresian estar justo detrás de ella casi tocando sus talones pero cuando miro hacia atrá, dice ella, que inesplicablementes vio la misma silueta a la misma distancia, como si no hubiera avansado. Quisas es mi mente, pensó la señora Castellanos. Una cuadra antes de la mensionada bolibar se dio cuenta de que solo se oian los pasos de su perseguidor, de que sus propios pasos habian desaparecido. Dice la señora castellanos que sentia que algo iva a suceder y que estaba mas sola que nunca. Comenso a correr pero casi no avansaba, dice ella que era como en un sueño, ella se quedaba sembrada en el mismo lugar mientras el perseguidor se acercaba cada vez mas rapido…

– Señora, lo mismo otra vez. O me narra sólo los hechos o no sigo escribiendo.

– Está bien, está bien,

Y dice ella que antes de llegar a la mencionada calle, en una zona donde los arboles cubren casi por completo la penumbra de la noche, la silueta desaparecio de nuevo. Cuando volvio la vista hacia delante, alibiada porque el sospechoso habia desaparecido, sintio un jalon grandisimo que la tumbo al suelo. Cuando se repuso de la caida vio a un hombre que corria en la direccion de la misma calle mencionada con su cartera en la mano. Intento caerle atras pero el hombre corria mucho y no pudo alcanzarlo. Lo unico que pudo ver del sospechoso era que era blanco, como esos jabaos de constanza, con pelo corto y que llebaba una camisa amarilla. Se levanto todavía media confusa y siguió caminando sin rumbo, recordo que habia un destacamento cerca (que era este) y decidio poner la denuncia.

– ¿Y que mas señora castellanos?

– Seguí caminando por la avenida Bolivar pensando en mil cosas a la vez; en el dolor que tenía en el brazo derecho, en que no tenía dinero para regresar a mi casa, aunque por suerte tenía poco efectivo en la cartera, en que tenía que llamar cuanto antes para cancelar la tarjeta de crédito, en los documentos, la cédula nueva, el carnet del seguro… ¡la libreta de ahorros! tenía que llamar al banco para avisar lo del robo, la foto de mi hijo, el rimel que acababa de comprar, en el jabao de la camisa amarilla, que aunque no le había visto la cara sentía que podía identificarlo . Estaba pensando en todo esto y me volvió a la mente el retrato de la exposición y todas las mujeres que había en esa cara sin cara.

y dice ella que el retrasto volvio a aparecer en su mente, y que por primera ves veia un rostro en él: era el de ella. Siguio caminando runbo al mencionado destacamento para poner la denuncia. entro por la puerta todavia un poco mareada por la violencia con que el ladrón la jalo, o quisas por la impresión, ella no sabe, y cuando se dirigio al escribiente que estaba de turno y vio que era un jabao con camisa amarilla…

Los Meakambut

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El primer ministro de Papúa Nueva Guinea recibió los representantes de los dos grupos. Uno era el enviado del gran consorcio internacional de mineros. El otro, un anciano en taparrabos, con plumas amarillas en la cabeza y florecitas silvestres incrustadas en su arremolinada barba, representante de la última tribu nómada en el mundo, Los Meakambut.

 El primer ministro da la palabra al ejecutivo del consorcio minero.

 – Nuestra industria es la más grande y productiva del país. La inversión de nuestra corporación asciende a miles de millones de dólares, haciendo de esta la mayor inversión extranjera en los últimos cincuenta años. Hemos elevado el producto interno bruto a más de un treinta y ocho por ciento, y los ingresos por concepto de importaciones han aumentado en un cincuenta y cinco por ciento. La economía de Papúa Nueva Guinea ha crecido en total un 13.5 por ciento luego de nuestra gestión en el mercado minero. Por tanto:

1- Solicitamos frenar las protestas de la tribu Meakambut, salvajes al fin que lo único que han hecho es acabar con los animales y los recursos de la selva en sus viajes nómadas.

2- Solicitamos la disminución de los impuestos a las compañías mineras del dieciséis por ciento al dos por ciento anual.

3- Solicitamos que se acepte la firma de contrato para la extracción del cobre y el oro dentro de las demarcaciones de lo que hoy se denomina “Territorio Meakambut”.

 El aplauso dominó todo el salón del palacio de gobierno. Las sonrisas de la mayoría de los delegados y miembros del gabinete, incluyendo la del primer ministro cerraron con broche de oro la intervención del alto ejecutivo. Luego de algunos saludos, aplausos y palmadas en la espalda, el primer ministro señaló al indígena. Ulapunguna, el representante de los Meakambut no reía. Impertérrito, el anciano se mantenía de pié, luego de escuchar con humildad la ponencia del ejecutivo de boca del traductor. Las miradas de saco y corbata se posaron en el hombre del taparrabos. Su anacrónica figura provocó un silencio sepulcral en el salón del palacio.

 Ulapunguna comenzó a hablar en un lenguaje que parecía la misma voz de la selva, una mezcla de sonidos guturales que salían armoniosamente de su boca, acompañados de suaves gestos de sus manos callosas y curtidas. El traductor, un etnógrafo inglés que vivió con la tribu por diez años, y publicó un documental de la vida de los Meakambut, interpretó al anciano.

– En el principio, Api, “el espíritu de la Tierra” llegó al bosque donde habitamos y encontró ríos y peces y cerdos y grandes árboles altos de Sagú. Pero no habían hombres. Entonces Api pensó que ese sería un buen lugar para los hombres. Abrió una grieta en el techo de la cueva Kopao y de ella salieron muchos pueblos de hombres. El último de ellos fue mi pueblo, los Meakambut. Desde entonces este ha sido nuestro hogar. El hombre blanco ha traído grandes animales de hierro para perforar las entrañas de Api. Ha talado los grandes árboles de Sagú y ha envenenadolos ríos. El hombre blanco ha traído las enfermedades a nuestro hogar y ahora morimos fácilmente.

La voz de Ulapunguna retumbaba en la cámara abovedada del recinto, parecía salir de todos lados, grave y musical. Los prohombres del lugar escuchaban embelesados al anciano, como seducidos por su voz milenaria y misteriosa. Ya no les parecía tan fútil.

– El hombre blanco ha hecho mucho daño al “espíritu de la Tierra”. Cada vez que encienden sus grandes animales de hierro, el cuerpo de Api tiembla y su grito se oye en toda la selva. Los Meakambut lloramos cada vez que esto sucede.

Los Meakambut no quieren pelearse con el hombre blanco, los Meakambut quieren paz. Pero los Meakambut quieren vivir.

– Y cómo van a vivir si no permiten que el desarrollo llegue a ustedes – lo interrumpió el ejecutivo – van a seguir cazando y comiéndose lo poco que queda en la selva?

Un murmullo se esparció como un virus en el amplio salón.

– Nuestro pueblo no puede asentarse en un solo lugar porque la comida es cada vez más escasa. Casi no hay cerdos que cazar, ni ríos donde pescar – respondió en su defensa Ulapunguna.

Al directivo empresarial le brillaron los ojos, mientras miraba de soslayo al primer ministro.

– Pero precisamente eso es lo que queremos, ayudarlos. Tenemos los recursos necesarios para que su pueblo no pase hambre y vivan en mejores condiciones.

El autoritario tono de voz del representante del consorcio minero parecía ahora más humano y hasta compasivo.

– Nosotros entendemos que ustedes son un pueblo bueno y que debemos proteger. Ustedes son un pueblo trabajador que necesita el apoyo de la clase superior como nosotros. Además ustedes son parte esencial para la cultura de Papúa Nueva Guinea. Y eso lo valoramos. Pero para cubrir los costos de la inversión que hemos hecho en este país – mirando fijamente al primer ministro – tenemos que seguir extrayendo minerales de las minas. Y eso incluye su bosque. Diga pues, cuál es la necesidad de su pueblo, lo que sea, por más grande que lo considere, nosotros se lo concederemos.

El murmullo cesó. El traductor terminó de traducir la última frase del hombre de saco y corbata con lágrimas en los ojos.

El anciano de la tribu escuchó atentamente y luego permaneció en silencio, un silencio similar al que hubo antes de que nacieran los primeros pueblos de la grieta abierta por Api.

Ulapunguna mantuvo su cabeza hacia el suelo en posición reflexiva. Los prohombres del gobierno se miraban entre sí. Un ligero murmullo iba aumentado como la fiebre que diezmaba el pueblo de Meakambut. El ejecutivo sonreía al primer ministro. El etnógrafo inglés, a su vez, lo fulminaba con una mirada.

Finalmente, Ulapunguna levantó la cabeza, miró a su alrededor, como tratando de encontrar a Api entre los presentes, y llenándose de orgullo habló.

– “Nosotros, el pueblo de Meakambut, dejaremos de cazar y de movernos siempre y de vivir en las cuevas de las montañas, si el gobierno nos da una clínica de salud y una escuela y dos palas y dos hachas, de modo que podamos construir casas”.

El ejecutivo del consorcio minero sonrió satisfecho mientras animaba al primer ministro a contestar la petición. El primer ministro, al principio un poco confundido, luego conminado por la mirada amenazante del alto funcionario extranjero, pronunció dos palabras casi inaudibles a uno de los más nobles hijos de su pueblo.

– Considérelo hecho.

El etnógrafo inglés no se dio cuenta de lo que había traducido hasta escuchar la última palabra del primer ministro. Entonces se llevó las manos a la boca y lloró. Los había sentenciado.