“Cálidas Nalgas” de Charles Bukowsky

Este Viernes por la noche
las muchachas mejicanas en el carnaval católico
parecen muy buenas
sus maridos andan en los bares
y las muchachas mejicanas lucen jóvenes
nariz aguileña con tremendos ojazos
cálidas nalgas en apretados bluyines
han sido agarradas de algún modo
sus maridos andan cansados de esos culos calientes
y las muchachas mejicanas caminan con sus hijos
existe una tristeza real en sus ojazos
como si recordaran noches cuando sus bien parecidos hombres
les dijeron tantas cosas bellas
cosas bellas que ellas nunca escucharán de nuevo
y bajo la luna y en los relampagueos de las
luces del carnaval
lo veo todo y me paro silencioso y lo lamento por ellas
ellas me ven observando
-el viejo chivo nos está mirando
está mirando a nuestros ojos;
ellas sonríen una a otra, hablan, salen juntas,
ríen, me miran por encima de sus hombros.
camino hacia una caseta
“ponga una moneda de diez en el número once y gane un pastel
de chocolate con 13 coloreadas colombinas en la cima”
suficiente por demás para un ex-católico
y un admirador de los calientes y jóvenes y
no usados ya más
aflijidos culos de las mejicanas.

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La lluvia me moja hasta el alma – le dijo el poeta a su mujer.

A mi también me moja – contestó ella con la mirada perdida.

El mosquito (porqué puse la foto de una araña en la entrada? porque la del mosquito es disgusting.)

Las dos de la mañana, no puedo dormir, estoy tratando de leer un libro de Roberto Bolaños, 2666 para ser exacto, la parte que corresponde a los asesinatos en serie de mujeres obreras de las zonas francas de Santa Teresa, en el estado de Sonora. Sus páginas me mantienen cautivado, absorto, asqueado y al mismo tiempo excitado, cientos de mujeres aparecen apuñaladas, desmembradas, ahorcadas, violadas, en medio de un mar de sangre que parece inundar el reseco desierto de Sonora. Digo que estoy tratando de leer, porque el zumbido de un mosquito que tiene la noche entera rondado cada centímetro de mi cuerpo insomne, me saca de concentración a cada instante, subiéndome la sangre a la cabeza (su objetivo) y chupándome hasta la saciedad como un maldito vampiro de la saga de Crepúsculo; bajo estas condiciones no puedo leer y mucho menos soñar con soñar. Me decido entonces a acabar con el insecto, cierro cuidadosamente el voluminoso tomo 2666, entrecierro los ojos, me quedo quieto como una estatua de ketchup congelado, bombeando toda la sangre que puedo con mi corazón homicida, escuchando, sintiendo el más mínimo movimiento de mi enemigo alado, esperando que se pose sobre mi piel bullente de plasma, así duro unos cuantos minutos, el sudor corre por mi frente, por la falta de sueño me siento un poco mareado, pero no importa, estoy decidido a soportar estoicamente lo que fuere necesario para acabar con ese invertebrado, hasta que por fin escucho el sonido límpido y puro de sus alitas, revoloteando en el pabellón de mi oído izquierdo, lo dejo tranquilo, mi corazón bombea más rápido, sí más sangre me digo, acércate más maldito, luego lo veo, va volando con reticencia justo delante de mi nariz, mis ojos lo siguen como dos lunas llenas ensangrentadas y lo observo bajar con cautela haciendo estúpidos cortes en el aire hasta una de mis piernas, me preparo, él se posa suavemente, apenas perceptible en mi muslo y yo lo dejo, comienza a chupar y veo cómo su abdomen se infla poco a poco y cambia de color gris inmundo a rojo sangre, de mi sangre, y siento la picazón pero no importa, lo tengo todo planeado, matemáticamente calculado, cuando no puede más saca su ponzoña de mi piel taladrada y despega lentamente, pesadamente, con el abdomen repleto de mi sangre, felizmente harto, lo que yo esperaba, entonces aprieto el tomo de Roberto Bolaños fuertemente en mi mano derecha y desde el espaldar del sillón bajo mi brazo violentamente asestándole un golpe mortal. Cuando retiro cuidadosamente el tomo de mi pierna, lentamente, embebido por un morbo y una curiosidad, una perversidad insospechada ante la posibilidad del crimen, vislumbro sólo una minúscula mancha de sangre en mi piel erizada pero no veo su exiguo cuerpo de invertebrado por ninguna parte, entonces como por inercia miro el libro y ahí estaba, arrastrándose por la portada, el abdomen destrozado dejando una estela de sangre en el precioso cartón satinado. A pesar de estar prácticamente desecho, sus pequeñas vísceras desparramas detrás de él, seguía por instinto remolcando con sus patas delanteras la mitad de su cuerpo mientras el hilo de sangre dibujaba curiosamente algo que parecía un signo. Estaba disfrutando extasiado el regicidio vampiresco, me sentía pleno, de hecho comenzaba a identificarme con el asesino en serie de la novela de Bolaño, aunque el mío fuera un crimen en miniatura, el minicrimen de un simple insecto. Me sentía libidinosamente realizado. Entonces el mosquito se detuvo, había muerto, y pude notar con incredulidad que la estela de sangre mezclada con sus intestinos había dibujado un perfecto signo de interrogación, justo al final del nombre del autor, en la portada del libro donde yacía asesinado.

No time to write?

Viendo esta fotografía que hice unos días atrás en mi oficina (by the way, no está hecha con una cámara SLR ni con nada parecido, la hice con mi Iphone 4s y el nuevo lente OlloClip con angular, una maravilla, de hecho ya no soy photographer, sino, Iphoneographer… pero bueno, eso es tema para otra entrada), volví a reflexionar sobre un tema muy recurrente en los escritores que como yo, no son escritores a tiempo completo. Ese tema es precisamente, la falta de tiempo para escribir. Es raro encontrar un escritor, ya sea novel o consagrado, que no haya experimentado frustración en ese sentido, que no haya maldecido el trabajo o al jefe, a la universidad o a los profesores, o en general al esquema de vida preconcebido al que se le obliga a pertenecer y cumplir como una máquina programada para eso. Sólo tenemos que hacer algo de memoria para recordar una, dos, decenas de discusiones con nuestros amigos escritores, en grupos literarios, en puestas en circulación de libros (casi siempre de escritores reconocidos), en charlas (sobre todo cuando los conferencistas son escritores a tiempo completo), discusiones que más bien podrían encasillarse dentro de lo que llamaremos “infelices sueños de escritores que no pueden escribir a tiempo completo”. Por supuesto, lector empedernido al fin, no tuve que investigar mucho para dar con un libro que trata precisamente este incómodo tema. Alguien como yo, o como tú, que estás interesad@ por este asunto y que para colmo estás sacando del poco tiempo que te queda para leer esta entrada, cosa que agradezco infinitamente, se dignó en sacar los trapos al sol y escribir un tomo que aunque trata muchos otros temas, tiene dedicado todo un capítulo al objeto de mi reflexión. Se trata de “The five-minute writer” de Margret Geraghty. Aunque el libro en cuestión no ha merecido todavía el privilegio de pertenecer a mi colección personal de estudio o consulta recurrente, se podría decir que plantea muchos elementos interesantes, herramientas, y sugerencias que ayudarían a cualquier escritor, sobre todo a los aspirantes a robarles el tiempo al tiempo para escribir. Sin más, aquí les va un segmento de ese capítulo en cuestión: “¿No time to write?” Lean, desmenucen, critiquen y saquen sus propias conclusiones. En mi caso, he hecho lo propio, aprovechándolo para…para sacar tiempo y escribir esta entrada, por ejemplo.

“A student in my writer’s workshop recently complained that although she desperately wanted to write, she always found herself doing something else instead. ‘It’s finding the time,’ she said. ‘There just doesn’t seem to be enough of it.’

This is a common problem. It’s also a block. Successful writers are not usually people with time to fill. Successful writers are people whose need to write is greater than – or at least as great as – their need to do other things. Scott Turow was an attorney in a big-city law firm when he decided his urge to be a writer was too great to ignore. He wrote his first published novel, Presumed Innocent, as he commuted to his office every morning on the 7.39 a.m. Chicago and North Western train.

Consequently, when aspiring writers use lack of time as an excuse, it often suggests that there’s another deeper reason underlying their problem. This may be something of which the writers themselves may be unaware.

If you have this problem, try asking yourself what you have to gain from not writing. Everything we do in life has a pay-off on some level. This even applies to destructive or self-defeating behaviour. Take, for example, a woman – we’ll call her Brenda – who blames her husband and family for curtailing her ambitions. If only she hadn’t married a dominating man and had five children, she’d have been able to pursue her dream of becoming a marketing executive. It might be reasonable to ask here why, if Brenda was so keen to be a career woman, she married a man who told her what to do. All becomes clear when the children grow up, and a friend persuades Brenda to look for a job where she can work her way up. Unfortunately, Brenda now discovers she’s agoraphobic and can’t leave the house.

This exposes the root of Brenda’s problem. Contrary to her protestations, marriage and children actually protected her from getting into situations with which she couldn’t cope. Once that ‘restriction’ was removed, she was forced to invent another. Now, apply this to writing. Some people may be ‘too busy’ because what they really enjoy about writing is the idea of it. Thus, not writing relieves them of the need to face reality. Others may simply be afraid of failure. This is a reasonable fear. Dreams are precious and none of us want to have our dreams destroyed. If we can preserve the dream, fondly imagining that we, too, could be Stephen King or J. K. Rowling (if only we had the time) that’s the pay-off.

For my student, the underlying reason for not writing – which she discovered by doing the exercise which follows – was her feeling of guilt at doing something for her own enjoyment. In her childhood, she’d been taught that she must finish her work before indulging in pleasure. As a result, she had what practitioners in transactional analysis call an ‘until’ script:

‘After I retire, then I’ll be able to travel’.
‘OK, I’ll come out for a drink, but first I have to finish the washing-up.’ “